jueves, 15 de septiembre de 2011

Diario de una asesina en serie

"Miedo a ser feliz, miedo a tenerla junto a mí, sentir todo su ser, besar toda su piel..."

La canción de Mónica Naranjo resonaba en la estancia de su habitación mientras planeaba su próximo golpe. En la mesa, frente a sus narices, varias fichas entre las que debía elegir quién sería el siguiente. Dudaba entre Alfredo, asesino confeso de tres asesinatos sin rastro alguno de arrepentimiento por ello, y Juan Antonio, un chulito de origen andaluz que había realizado un timo piramidal y se había dedicado a violar a todas las chicas de su barrio, entre ellas varias menores. Su forma de pensar le instaba a ir a por el segundo. Le ponía más torturar a un pederasta y violador que a un asesino de tres al cuarto. Al fin y al cabo, ella misma era una asesina del tres al cuarto. Pero una asesina controlada, de esas que gusta sentirse diferente por considerar que realiza un favor a la sociedad y no unos horrendos crímenes tan malos o peores que los que cometían sus potenciales víctimas. Y es que, a veces, cuando le daba el bajón, se cuestionaba si no sería también un monstruo. Una psicópata incapaz de controlar su profunda necesidad de asesinar. Y se preguntaba qué pasaría de no tener criminales de los que hacerse cargo. ¿Sería capaz de matar a alguien inocente, podría controlarse o se suicidaría antes de romper la frágil barrera que en teoría la separaba del resto de los de su calaña?

Todo esto cruzaba por su mente, la palma de su mano acariciando de forma ausente el rostro bañado de soberbia de Juan Antonio. Defintivamente se había decidido: él sería su próxima víctima. Y antes de empezar con la juerga, le afeitaría ese horrendo bigote. Porque los bigotes o te visten la cara o te la descuadran. Y a él le sentaba como una patada en el culo. Le haría ese pequeño favor estético, para que al menos muriera con un poquito más de porte. Pero solo le concedería el porte justo y necesario, eso estaba claro. Cerró el sobre y volvió a preguntarse hasta qué punto se parecía a Juan Antonio, o a Alfredo, o a Carlos, su primer asesinado. Últimamente se cuestionaba su forma de ser con demasiada frecuencia. Preveía próximos problemas por eso.

- Menos mal que a nosotras no nos terminó pasando lo mismo
- ¡E-EH! - Jajaja, ¿te he asustado, cariño? Vaya, lo siento. No pensé que estarías tan ensimismada. ¿En qué andas para estar tan concentrada?
- N- ada, nada -Miró a Patricia fugazmente y escondió corriendo el sobre en el primer cajón de su mesa de despacho. Desde que vivía con ella le había puesto una cerradura de seguridad y vivía un poco más tranquila. Tuvo que hacerlo, porque cada vez que salía de casa se imaginaba a Patricia, su amor, descubriendo su terrible secreto, y se imaginaba los finales más descabellados, desde que la denunciaba -cosa que le resultaba hasta cierto punto lógica- hasta que se suicidaba porque no podía con ello. O incluso que la ayudaba. El pensamiento de si sería una psicópata sin remedio, como todos aquellos a los que había arrebatado lenta y dolorosamente la vida, volvió a rondar fugazmente su mente, junto con otra inquietante pregunta, ¿son los psicópatas capaces de amar? No había, no tenía respuesta.
- ¡Que te estoy hablando, mujer ausente!
- Lo siento. Un tema de trabajo me hace comerme demasiado la cabeza, pero la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar de ello. ¿Qué me decías cuando entraste?
- Que menos mal que no nos ha pasado lo que a la de la canción.
- Sí, fuimos chicas listas - Respondió al tiempo que se levantaba y la abrazaba fuertemente - Porque la verdad, no se qué habría sido de mí sin ti.
- Pues que vivirías más tranquila. Pero como ya es tarde para arrepentirte, te jodes -Siempre le había encantado esa faceta de Patricia. Su forma de salirse por la tangente cuando le daba vergüenza reconocer hasta que punto eran profundos sus sentimientos.
- Eso es amor - Le dijo, tratando de seguirle el juego.
- Puro y transparente.

Salieron juntas, cogidas por la cintura, pero a pesar de tener a Patri tan sumamente cerca, no podía dejar de preguntarse hasta qué punto era una psicópata y por qué. Suponía que le esperaba una larga, larguísima noche.

viernes, 5 de agosto de 2011

El noticiaro de lo absurdo

Un hombre ha muerto y otro ha resultado gravemente herido en un trágico accidente ocurrido esta mañana en un campo sevillano. Al parecer, los jóvenes, que responden a las iniciales de A.M, de 28 años y de J.S. de 26 se encontraban podando un árbol cuando recordaron que la teoría de la ley de la gravedad de Newton comenzó porque a éste le cayó una manzana en la cabeza.
Pensando que con ellos podría pasar lo mismo e intentando tener una buena idea que los hiciera millonarios, el joven A.M. subió escalando a la parte más alta del árbol para después tirarse sobre su compañero J.S. que murió en el acto.
El accidente se ha visto rodeado de gran polémica cuando "pro-Newton" y "anti-Newton" han convocado sendas manifestaciones a las puertas del hospital. Y es que unos y otros defienden teorías, evidentemente, contrapuestas. Entre abucheos de los primeros -que abogan por la estupidez de los jóvenes para explicar el desgraciado accidente- la madre del joven fallecido, deshecha en lágrimas, ha exigido ante los medios de comunicación la abolición de la teoría de la gravedad y una indemnización de un millón de euros por parte del centro educativo I.E.S Adolfo Bécker por la "indecendia del profesorado", que no se conforman con haber enseñado la teoría a su hijo y al amigo de éste, sino que siguen envenenando a las generaciones venideras con la misma teoría. "Esta misma mañana he hablado con el hijo adolescente de mi vecina" -nos ha contado, con manifiesta indignación- "Y justo se la acababan de enseñar. Ahi la llevaba, bien apuntada en su cuaderno. ¿Cuántos van a tener que morir para que supriman ya esa maldita teoría? Hay que tomar medidas urgentes. Y hay que tomarlas YA".
Por su parte, el actual director del instituto, acérrimo defensor de Newton, se ha negado a hacer declaraciones, pero corren rumores de que algunos de los profesores de los jóvenes comentan, entre bambalinas, que ya olían que éstos acabarían envueltos en algo así. Una profesora en concreto, que lleva en el centro más de veinte años y que se ha negado a que pongamos sus iniciales para preservar su anonimato, ha declarado: Ésto ya se veía venir. No he visto chicos más cazurros en mi vida. Eran vagos e ignorantes y se vanagloriaban de ello. Es injusto que Newton lo pague. La madre debería hacer examen de conciencia y pensar las veces que defendió a su niño cuando los profesores le advertíamos de lo que hacía y del nulo futuro que iba a tener de seguir así. La cultura no debería pagar los trastos rotos de un par de descerebrados.
Por su parte, la consejería de Educación y cultura del actual gobierno ha prometido tomar cartas en el asunto y adoptar las medidas necesarias para que semejante desgracia no vuelva a ocurrir.

lunes, 18 de abril de 2011

¿Será que los locos atraen a los locos?

No es la primera vez que me pasa algo así, pero no deja de chocarme. Algunas personas se pasan la vida en la calle y jamás de los jamases les pasan cosas así. Claro que, de este modo tan absurdo, siempre tengo algo que contar... Por lo que supongo que es una suerte.

Creo que ya conté, hace tiempo, que un día yendo por la calle con la cabeza metida dentro de un libro comencé a oir pitidos de coches. Cuando levanté la cabeza me vi en medio de una manifestación de enfermeras que, con el uniforme puesto llevaban un cartel tipo "pita si quieres que me suban el sueldo".

También conté la vez que salí de casa y un tipo cincuentón con look de Jesucristo Superstar trasnochado me gritó al oído "¡¡¡¡¡¡DEMONIO!!!!!!", creo que porque llevaba una camiseta del grupo "Mago de oz", pero vete tú a saber.

Las dos últimas me han pasado en el hospital, sitio que, lamentablemente, me está tocando frecuentar bastante.

Situación 1:

Estaba formalmente esperando a que llegara el ascensor de las narices a la planta baja cuando, para mi sorpresa, se abre uno a los pocos segundos. Baja petado y me quedo esperando a que salga la gente, que hay que tener cierto sentido común. En éstas, aparece una vieja que parece muy muy torpe, se planta en medio del río de gente que está saliendo y, para mi sorpresa... ¡Endereza a muletazos a diestro y siniestro! Se mete dentro, da a la planta menos uno, entro yo... Y se sale del ascensor.

 

Situación 2:

Estaba en la cafetería tomándome un cafelito con mi hermano cuando, de repente, aparece una tía a la que cuesta menos saltarla que rodearla.

"¿Sabes? Hay que comer con cuidado y como se debe, que luego te engordas y pasa lo que pasa" -Mi hermano, con una sonrisilla perpleja, le sigue la corriente asintiendo de vez en cuando. Yo también considero prudente seguirle el rollo, a ver si va a esconder algún cinturón de dinamita bajo el michelín y salimos todos volando- "Es que hay que comer con moderación. Que si te pones mucha cantidad, ¡hala! Pasa lo que pasa. Y el sobrepeso es muy malo para la salud -A saber por qué me miraba a mí cuando decía ésto, supongo que el hecho de que me haya engordado en los últimos tiempos y asome algo de barriga por encima de la cinturilla del pantalón es puuuuuuuura coincidencia-.

Feliz tras soltarnos la perorata, se fue sin despedirse.

Cada día la gente está peor de la pelota...

martes, 12 de abril de 2011

Cosas que pueden pasarte en un solo día

Que esté venga a llover, cruces corriendo un semáforo con cronómetro para no tener que esperar un minuto enterito hasta que el muñecajo verde vuelva a hacer acto de presencia y te dé un tirón en el muslo tan fuerte que, al volver a casa a las diez de la noche, subas las escaleras peor que un ochentón colocado.

Que quieras bajar a merendar a la cafetería de abajo y des con el peor ascensor de toda la historia, empiece a subir y bajar como un loco, sin ton ni son, se pare en tres pisos distintos sin abrir las puertas y, cuando ya contabas con tener que llamar a los técnicos para que te saquen de ahi, se abra en el segundo piso y se quede todo el mundo mirando con cara de pánfilo hasta que un tipo de metro ochenta se te adelante cuando estás a punto de decir "Yo me largo" y provoque una estampida tipo "Jumanji".

Que vayas a ponerte un pantalón y te des cuenta que, de tanto usarlo para llevar la bici, se te ha desgastado solo por un lado y solo se te ve un carrillo del culo -A ésto se le llama crear tendencias-.

Que cuando al fin te den vía libre para volver a tu hogar, dulce hogar, empiece a llover desde el momento en el que sales hasta el momento en el que entras por la puerta de tu casa.

Bueno, podría haberme caído una teja en la cabeza, tocarme un conductor de ambulancia borracho que me llevara a toda leche por media Zaragoza y terminar cayendo los dos, ambulancia y conductor, Puente de piedra abajo directitos al Ebro.

Sí, podría haber sido peor.

viernes, 1 de abril de 2011

Extracto del noticiario "¡Vivan las mentiras!"

Tras el acuerdo de ir a 110 por hora para ahorrar combustible, Zapaceja ha decidido ir más allá: a partir de ahora se dará ayudas a todo aquel que cambie el coche por la bicicleta. Pero no una eléctrica, no -que sino la electricidad se va a poner por las nubes y va a haber otra crisis energética- sino la de toda la vida, con sus pedales y sus marchitas.

La ayuda será de 100 euros y se aplicará a todo el que se presente en la tienda de bicicletas y firme una retirada del carné de conducir por un año, para garantizar así que no toca el coche.

Una semana después...

El plan renove ha resultado todo un éxito. La mayoría de los españoles se han lanzado como locos a por las bicicletas y a día de hoy apenas se ven coches particulares por las carreteras.
Claro que como la mayoría de la gente se ha tirado a por bicicletas marca topbike, ya que valen sesenta euros y con los cien de ayuda ganaban cuarenta, ahora el servicio de urgencias está colapsado.
A uno se le salió el manillar.Al otro se le fue volando -o rodando, mejor dicho- la rueda delantera. A un tercero le fallaron los frenos y se dejó los dientes contra un árbol...
Vamos, que no hay coches ni bicicletas en la carretera porque casi todos los usuarios están en urgencias. La media de espera ha pasado de siete horas, a cuarenta y ocho y los médicos, colapsados, amenazan con huelga general.

Pero no se puede discutir: el plan renove para bicicletas ha resultado un exitazo.

sábado, 26 de marzo de 2011

Entre la marginalidad

La ex-prostituta miraba a su amiga con cierta avidez. Ésta, una cuarentona muy aviejada por la mala vida y las cogorzas, había cobrado ese día y se había pillado la melopea padre. Apenas se tenía en pie, pero le quedaban fuerzas para sacar la cartera y permitir ver a los presentes los cien golosos euros que ésta contenía.
La camarera del bar, extranjera pero no tonta, se ofreció a guardarsela hasta que estuviera en mejores condiciones. Pero la cuarentona estaba feliz, abotargada por el alcohol, y se negó a dársela en los tres ofrecimientos.
Siguió bebiendo y convidando a su amiga, que solo quería café aunque casi seguro que podría aguantar los lingotazos casi con más soltura que su *mecenas.
Solo estaban ellas dos en el bar, la una feliz con el bolsillo lleno, la otra pensando seguramente en la falta de pasta que le acontecía, en el alquiler, en que tenía la leche justa para ese día y en que necesitaba urgentemente un cigarrillo que no se podía permitir.
Al final, cuando fue a echar mano a la cartera, ya no estaba. Como habían estado también en el otro bar, la amiga le dijo que iria a preguntar, si acaso alguno sabía algo -probablemente pensando que la otra iba tan ciega que no caería en la cuenta de lo extraño de su conducta-.
Volvió con la cartera con todos los papeles -dni, carné de conducir, tarjetas de crédito...- pero vacía.
Los cien euros habían volado.
Pronto se le pasó la felicidad alcohólica y le entró la depresión propia de ese tipo de bebidas. Llorando sin parar, pensaba en lo tonta que había sido por confiar en alguien con semejante curriculum, a quien se le veían claramente las intenciones.
Mientras, su amiga seguramente se estaría riendo en alguna de las calles adyacentes. Al fin y al cabo, cien euros no se ganan todos los días. Y menos, de forma tan decansada.
Y como en caso de que alguien dijera algo después de que se hubiera largado, era su palabra contra la del otro, había cometido el crimen perfecto.

*Sé que la palabra mecenas se ajusta solo a quien patrocina artes o letras, pero me apetecía hacer ese juego de palabras.

domingo, 20 de marzo de 2011

Entre tres la tenían y ella meaba (y aun se reía la condenada)

Quien me ha seguido desde el blog anterior sabe que de la mayoría de mis excursiones deportivas -me refiero a cuando salía a andar para hacer algo de deporte pero, ¿a que dicho así suena más cool? Si es que me estoy volviendo molona, ainsss- ha salido alguna historieta para no dormir -o para reirte de tu propia estupidez-.
La última ha sido con la bicicleta. Y es que está visto que no importa qué tipo de deporte haga porque siempre termino siendo la protagonista de alguna cosa -y generalmente ese tipo de cosa que siempre produce el mismo sentimiento: tierra, trágame-.

Andaba yo cerquita de casa, como jinete improvisada, pensando en que tendría que poner el asiento con la punta para arriba -qué mal suena- porque se me resbalaba el culo y tenía que andar recolocándome cada poco -ésto es lo que pasa cuando el asiento es pequeño y resbaladizo y tu culo gordo, orondo, mondo y lirondo- cuando se me ocurrió la genial idea de cambiar de marcha.

Clas. Cataclock.

Bajo de la bici -más bien salgo despedida, pero tengo la gracia suficiente para tirarme a un lado y hacer como que me bajo-, miro para abajo y... Ohhh, mierda, creo que antes no me sobraba tanta cadena...

Así que ahi me tenías, tirada en la mitad de un camino de tierra, con una cincuentona mirándome mientras intentaba colocar bien la maldita cadena de los ...

Pero nada, que no había forma. Que no encajaba ni a la de tres. En éstas, aparece otra cincuentona que saluda a la primera -ahhh, así que se van a andar juntas, deduzco con mi brillante cerebrito-, y cuyo perro decide que el olor de mi chándal le resulta interesante -normal, mi hermana tiene tres perros -desde entonces,a  veces pienso en ella como *"la loca de los perros"- y yo estoy en contacto con ellos todos los días, así que para la nariz de un perro, mis pantalones tienen que ser todo un festival canino-.

Gracias al perro y a mi reacción comprensiva, las dos señoras se interesan por mi problema. Pero nada, que ni las señoras tenían idea ni yo conseguía cuadrar la maldita cadena.

Al final, cuando he decidido irme para casa, he mirado para abajo y he pensado: mmm, diría que en mi última intentona la he colocado bien, no parece que sobre nada...

Y sin pensármelo dos veces, me he montado.

E iba bien.

Claro, que después de montarme me he dado cuenta de que:

a) Me había llenado las manos de grasa manipulando la cadena y...
b) Había posado las manos en el asiento de la bici para llevarla a patita hasta casa.

Menos mal que los pantalones eran oscuros...

*Pequeño homenaje a "los simpsons" y su famosa "loca de los gatos".

lunes, 14 de marzo de 2011

Lo que no me pase a mi...

Iba yo tranquilamente por la calle, con el perro de mi hermana -alias "el enano feliz"- en una mano y el cerebro puesto ya en el sofá de mi casa, donde pensaba intentar dormir algo antes de comer cuando, justo en el cruce que hay a pocos pasos de mi portal, veo a un tío que cae al suelo como un fardo.

Asustada, percibo por el rabillo del ojo que el dueño del bar que hace esquina ha salido y viene corriendo a intentar levantarlo mientras busco desesperadamente un sitio donde dejar atado al perro para ayudar. Finalmente, lo ato en los hierros de un portal e intento echar una mano. Pero el hombre no reacciona. Está consciente, habla, pero no suelta la mano del dueño del bar ni aunque lo mates. Finalmente aparece un coche, que aparca sobre la acera dando un frenazo de película y sale un tío corriendo de él que lo coge por detrás y lo levanta.

Recojo las gafas del hombre, el zapato -que se le ha salido- y mientras traen una silla.

Pregunto si hay que llamar a una ambulancia, pero nadie sabe realmente qué hacer. El tipo no se queja de dolores, ni siquiera se ha dado cuenta de que no tiene el zapato, y está feliz y contento mirando las avutardas.

El hombre del coche desaparece, no sé si se va o qué. El del bar se mete dentro, no sé si a llamar a una ambulancia. Entre tanto, yo empiezo a preguntarme si le habrá dado algo a la cabeza o será otra cosa, porque cada vez que le pregunto al tipo algo o le digo que no se levante -porque su obesión es que está bien y que quiere irse- me responde con un "gracias, cariño", sonriendo de oreja a oreja. Y me estoy empezando a mosquear bastante.

Aparece un chico joven que no sé de dónde ha salido. Y tras darse cuenta de sus continuos "gracias, cariño" y varias miradas entre los dos tipo "qué hacemos con éste" le hace la pregunta que me ronda a mí por la cabeza desde que no soltaba la mano del dueño del bar.

¿Pero a tí que te ha pasado?

Y el tipo, todo feliz, suelta:

Los vinos que llevo.


Dejadme, dejadme, que me voy al bar a tomarme un refresco.

Genial. Me voy a casa.


lunes, 7 de marzo de 2011

Los comerciales

Los comerciales son esa especie a parte que, por más que les dices que no quieres su producto, insisten e insisten hasta hacerse pesados, insoportables, inaguantables. Se plantan frente a tu puerta, o te llaman por teléfono y se dedican a joderte la siesta, la comida o la cena -porque sí, señores sí, siempre llaman a una de esas horas en las que levantarte del sillón te supone cagarte en todo lo cagable- y encima hacen oídos sordos a tus continuas peticiones para que te borren de sus listas.

Hace un tiempo, uno estuvo toda la santa semana llamando a las cuatro de la tarde. Normalmente respondía yo y tenía la santa paciencia de reiterarle, día tras día, que hiciera el favor de borrarme, que no iba a cambiar de compañía, que me dejara en paz de una puñetera vez. Sin embargo, aquel día la suerte dejó de sonreirle. Fue a mi madre a quien despertó. Y mi madre tiene muy mala leche recién despertada -para que os hagáis una idea, Chuck Norris huyó del país cuando se dio cuenta que había despertado a mi madre con una patada voladora-.
Lo mandó a tomar por culo y se quedó tan ancha. Pero ayyy, había dado con una especie nueva y rara: el comercialis ofendidus.
Llamó cinco veces seguidas. Sí, sí, aunque parezca increíble, ni más ni menos que cinco llamaditas sin dar ni dos segundos de sosiego. Las cuatro primeras para reiterarle a mi madre que le había faltado al respeto. Y mi madre respondía y le colgaba. A la quinta, preveyendo que mi madre esta vez pensaba decirle algo más que el consabido "vete a tomar por el culo" le cogí yo el teléfono. Le dije que me estaba hartando, que me borrara de una vez, que mi madre no iba a ponerse más y que como volviera a llamar, lo denunciaba. A pesar de que reiteró una y otra vez que no estaba autorizado para borrarme, llevan más de un mes sin llamar. Dudo que haya ganado la batalla. Solo me están dando un descanso. Supongo que para que se me pase el cabreo.

Hace bien poco llegaron a mi casa dos tipos trajeados y engominados a más no poder. El objetivo: el mismo. Dame la factura, que te mostraré lo que vas a ahorrar, preséntame al titular del producto y verás qué bien.

Con cara de póker -los tipos así, tan zalameros, que se piensan que pueden engañarme, joroban bastante mi orgullo, no sé exactamente por qué- les dije, educadamente, que los titulares no estaban -y era verdad-, que no sabía cuando iban a estar -también era verdad- pero que no iban a cambiar de compañía -otra verdad más-.

Mientras cerraba la puerta, uno de los tipos me deseó, con mucha sorna, que tuviera mucha suerte en la vida.

Me quedé con las ganas de soltarle: ¡cuida cuida, no te pille alguno el huevo con la puerta!
Pero es que, aunque no lo parezca, servidora, a veces, hasta tiene sentido común.


viernes, 25 de febrero de 2011

Locura transitoria

Siempre le había gustado el deporte. Había practicado prácticamente de todo: correr, escalar, nadar, patinar... Pero lo que realmente había conquistado su corazón era la bicicleta. Desde que se la compró, el resto de los deportes quedaron relegados a un segundo plano. Montada sobre las dos ruedas de su ciclo se sentía libre, invencible, inmortal. Solía aprovechar los nuevos carriles bici realizados a raíz de la expo 2008 de su ciudad, Zaragoza, y terminaba dando vueltas por los caminos de tierra construidos junto a la rivera del Ebro. El sonido del agua provocaba en ella un efecto sedante. Sin embargo, en aquellos días lo que menos sentía era tranquilidad. Y por supuesto, la felicidad se había convertido en una palabra sin ningún sentido en su vida. Estaba triste, muy triste, y por más que trataba de liberar endorfinas a través del deporte, poco o nada conseguía.

Aquel soleado viernes, sobre las cinco de la tarde, se encontraba sentada en un banco, justo frente al Ebro, viendo como las aguas hacían ondas por la fuerza de la corriente. A pesar de ser víspera de fin de semana, no había nadie. Estaba allí, a solas con la naturaleza, y se sentía serena. Observó una bandada de gaviotas cruzando el cielo, justo por el centro de las aguas, y las envidió por poder volar. En aquel momento, le habría gustado observar todo a vista de pájaro. Seguro que las vistas obtenidas habrían resultado un recuerdo inolvidable. Pero era humana y no tenía forma de volar, al menos, no de esa forma. Suspirando, volvió a centrarse en el fluir del agua.

La corriente le resultaba hipnótica, relajante. Por primera vez en mucho tiempo se sentía en paz, aunque no sabía explicar exactamente por qué. Diez minutos después suspiró, cogió la bici y se dispuso a volver. Pero a mitad de camino pensó en el panorama que le esperaba en su casa: unos padres desbordados, follones a mansalva, nerviosismo, frustración, problemas tras cada esquina. Y eso la impulsó a volver al mismo sitio. Ya tendría tiempo para regresar. Precisamente tiempo era lo que le sobraba.

Allí seguía todo igual que antes. El camino vacío. La rivera silenciosa. El agua con su continuo fluir. De repente, recordó la cita de *Bruce Lee: sé agua, amigo. Sí, el agua. Ser agua. Convertirse en agua. Formar parte de esa energía imparable que está en constante movimiento. El agua...
De repente, los ojos se le nublaron. Cogió la bici, sonriendo como un niño que acude a su fiesta el día de su cumpleaños, se montó y avanzó hacia el agua.
Se hundió lenta, silenciosamente, sin perder un solo segundo la sonrisa.
Y nunca más volvió a emerger.
La buscaron durante meses, pero su cadáver no surgió. Muchos piensan que se enganchó en el fondo. Mas otros, más soñadores, afirman sin temor que se convirtió en lo que más quería: en agua.

*Be water, my friend.

viernes, 14 de enero de 2011

La bicicleta y Hormiga Atómica

Antes de comenzar os diré que lo que narro es un poco absurdo y difícil de creer, pero es verdad. Y si aún diciendo ésto no os lo creéis, espero que al menos paséis un buen rato.

Hoy, tras un año de erosión continuada amoroso convencimiento a mis padres, por fin lo he conseguido: tengo una bicicleta.

Subirla y bajarla por las escaleras va a suponerme un esfuerzo extra, pero pienso hacerlo muy a gusto porque echaba mucho de menos esa extraña libertad que siento cuando voy sobre los pedales.

El caso es que, como mujer prevenida vale por dos, decidí comprarme también un casco -si acaso rompo las piedras al caerme, que se rompan solo un poco-. Y en éstas que a mi madre no se le ha ocurrido mejor idea que decirme que le pidiera a mi hermano algún casco de la moto que ya no usara.

Tras las risas iniciales, ha surgido una historia que nunca me canso de escuchar.

Me llevo bastante edad con mis hermanos. Para cuando yo empezaba a andar ellos ya habían terminado, de largo, el instituto. Así que la mayoría de sus historietas escolares no las conozco. Pero ésta... ésta se hizo mítica.

Resulta que tenían una profesora, no sé si buena o mala, ni si apreciada u odiada, que iba al colegio en un seiscientos. Hasta ahi, era todo normal. Pero.... (y aqui viene la parte increíble de la historia) ... Es que le daba tanto miedo el 600, que iba dentro del coche con un casco de motorista encasquetado.La imagen debía valer oro puro (me río con solo imaginarlo) y gracias a esta curiosidad le pusieron el mote de "la Hormiga Atómica".

Un buen día no tuvieron mejor idea que explotar su miedo. Le ataron unas latas al tubo de escape y cuando arrancó y éso empezó a hacer ruido... En fin, que os podéis imaginar el ataque de histeria que le entró a la pobre mujer.

No sé como terminó la historia. Si se dio cuenta "in situ" y quitó las latas o fue hasta su casa, cagadita de miedo, hasta que aparcó y, al bajar, cayó en la jugarreta.

Solo sé que en mi casa recordamos a la Hormiga Atómica con bastante jocosidad.

sábado, 1 de enero de 2011

El portero (Relato de año nuevo)

Todas las mañanas del frío invierno, el pobre portero del edificio "Rodríguez Álvarez" pasa entre las siete y las siete y media por un tramo de calle oscuro como la boca de un lobo y más desierto que el Sahara.

No es ni joven ni mayor. Supera la treintena  pero no pasa la cuarentena. No tiene demasiadas arrugas pero su cara tampoco es el culito de un bebé. Es un tipo normal al que le toca trabajar en lo que sale, como a todos, y al que no le gusta mezclar soledad, calle y noche.

Como tiene más miedo que alma, guarda escondido un palo de escoba en su portería. Cuando le toca recorrer ese corto tramo de la calle, que va desde la puerta de los garajes hasta la puerta de entrada al patio privado del edificio, coge y lo sujeta fuertemente con la mano diestra, blandiéndolo ante sí como un espadachín loco.

Ya se había llevado varios buenos sustos. En una ocasión un coche que salía del garaje lo sorprendió con el rugido del motor e hizo que usara el palo a modo de jabalina. Por suerte, la extraña arma rebotó contra el techo del coche y ni siquiera lo rayó, aunque el sorprendido conductor lo llamó de todo menos bonito y casi le cuesta el despido y una denuncia.

En otra, unos adolescentes bebidos se escondieron detrás de una de las columnas del garaje y le salieron al paso gritando y agitando los brazos. En esa ocasión, no acertó por la histeria que le entró y, si no se llevaron una buena hostia, fue de puro de milagro.

Vamos, que el pobre portero comenzaba a rodar de boca en boca, y casi todos los jovenzanos del barrio le terminaban jugando alguna tarde o temprano. Pero el portero no aprendía. Y todas las mañanas recorría aterrado, palo en mano, ese corto tramo.

Aquel 1 de enero, Rosalita no podía dormir. Conocía la existencia del asustadizo portero y se apostó en la ventana a observarle pasar. Efectivamente, a las siete y cuarto hizo su aparición estelar. Iba con un mono azul de trabajo. Se había rapado el pelo y seguía con el mismo palo de siempre, mirando hacia todos los lados con ojos de cordero espantado.

En ese instante, Rosalita recordó que tenía a mano el silbato que venía en la bolsa de cotillón de ese año. Lo cogió, abrió la ventana, dejó la cortina echada para poder esconderse detrás y...


- ¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!

El pobre portero dio un salto de un metro, por lo menos. El palo salió volando por ahi. Si alguien hubiera estado cerca, habría visto las diminutas gotitas de sudor que regaron su frente. De repente, ante la aterrorizada mirada de Rosalita, el pobre portero, objeto de todos los chistes del barrio, se llevó la mano al pecho.

Cayó fulminado de un ataque al corazón. El follón que se montó después fue tremendo. Ambulancias. Policías. Periodistas. Como todos sabían lo asustadizo que era el pobre hombre, nadie indagó demasiado. Dieron por supuesto que se asustó por alguna tontería y la mala suerte hizo el resto. No cayeron en investigar si alguno se había pasado un poco de rosca al intentar gastarle alguna barrabasada. Dieron una vueltecita al edificio, preguntaron a tres o cuatro vecinos al azar, determinaron la causa de la muerte y fiesta. De ahi al tanatorio y tras el velatorio, la fecha del entierro. Punto final.

Pero para alguien, todavía no ha terminado la historia. Porque desde entonces, en todos los lugares a los que se ha trasladado a vivir Rosalita, el uno de enero, a las siete y cuarto de la mañana, suena un extraño silbato.

Muchos lo confundirán con el claxon de un coche. Los que estén más alejados, pensarán que es el pitido de un tren o algún fiestero pasado de copas con el matasuegras aún intacto. Pero Rosalita... Rosalita, al oírlo, sabrá que no. Que es el portero que la llama, clamando venganza.