sábado, 1 de enero de 2011

El portero (Relato de año nuevo)

Todas las mañanas del frío invierno, el pobre portero del edificio "Rodríguez Álvarez" pasa entre las siete y las siete y media por un tramo de calle oscuro como la boca de un lobo y más desierto que el Sahara.

No es ni joven ni mayor. Supera la treintena  pero no pasa la cuarentena. No tiene demasiadas arrugas pero su cara tampoco es el culito de un bebé. Es un tipo normal al que le toca trabajar en lo que sale, como a todos, y al que no le gusta mezclar soledad, calle y noche.

Como tiene más miedo que alma, guarda escondido un palo de escoba en su portería. Cuando le toca recorrer ese corto tramo de la calle, que va desde la puerta de los garajes hasta la puerta de entrada al patio privado del edificio, coge y lo sujeta fuertemente con la mano diestra, blandiéndolo ante sí como un espadachín loco.

Ya se había llevado varios buenos sustos. En una ocasión un coche que salía del garaje lo sorprendió con el rugido del motor e hizo que usara el palo a modo de jabalina. Por suerte, la extraña arma rebotó contra el techo del coche y ni siquiera lo rayó, aunque el sorprendido conductor lo llamó de todo menos bonito y casi le cuesta el despido y una denuncia.

En otra, unos adolescentes bebidos se escondieron detrás de una de las columnas del garaje y le salieron al paso gritando y agitando los brazos. En esa ocasión, no acertó por la histeria que le entró y, si no se llevaron una buena hostia, fue de puro de milagro.

Vamos, que el pobre portero comenzaba a rodar de boca en boca, y casi todos los jovenzanos del barrio le terminaban jugando alguna tarde o temprano. Pero el portero no aprendía. Y todas las mañanas recorría aterrado, palo en mano, ese corto tramo.

Aquel 1 de enero, Rosalita no podía dormir. Conocía la existencia del asustadizo portero y se apostó en la ventana a observarle pasar. Efectivamente, a las siete y cuarto hizo su aparición estelar. Iba con un mono azul de trabajo. Se había rapado el pelo y seguía con el mismo palo de siempre, mirando hacia todos los lados con ojos de cordero espantado.

En ese instante, Rosalita recordó que tenía a mano el silbato que venía en la bolsa de cotillón de ese año. Lo cogió, abrió la ventana, dejó la cortina echada para poder esconderse detrás y...


- ¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!

El pobre portero dio un salto de un metro, por lo menos. El palo salió volando por ahi. Si alguien hubiera estado cerca, habría visto las diminutas gotitas de sudor que regaron su frente. De repente, ante la aterrorizada mirada de Rosalita, el pobre portero, objeto de todos los chistes del barrio, se llevó la mano al pecho.

Cayó fulminado de un ataque al corazón. El follón que se montó después fue tremendo. Ambulancias. Policías. Periodistas. Como todos sabían lo asustadizo que era el pobre hombre, nadie indagó demasiado. Dieron por supuesto que se asustó por alguna tontería y la mala suerte hizo el resto. No cayeron en investigar si alguno se había pasado un poco de rosca al intentar gastarle alguna barrabasada. Dieron una vueltecita al edificio, preguntaron a tres o cuatro vecinos al azar, determinaron la causa de la muerte y fiesta. De ahi al tanatorio y tras el velatorio, la fecha del entierro. Punto final.

Pero para alguien, todavía no ha terminado la historia. Porque desde entonces, en todos los lugares a los que se ha trasladado a vivir Rosalita, el uno de enero, a las siete y cuarto de la mañana, suena un extraño silbato.

Muchos lo confundirán con el claxon de un coche. Los que estén más alejados, pensarán que es el pitido de un tren o algún fiestero pasado de copas con el matasuegras aún intacto. Pero Rosalita... Rosalita, al oírlo, sabrá que no. Que es el portero que la llama, clamando venganza.

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