viernes, 25 de febrero de 2011

Locura transitoria

Siempre le había gustado el deporte. Había practicado prácticamente de todo: correr, escalar, nadar, patinar... Pero lo que realmente había conquistado su corazón era la bicicleta. Desde que se la compró, el resto de los deportes quedaron relegados a un segundo plano. Montada sobre las dos ruedas de su ciclo se sentía libre, invencible, inmortal. Solía aprovechar los nuevos carriles bici realizados a raíz de la expo 2008 de su ciudad, Zaragoza, y terminaba dando vueltas por los caminos de tierra construidos junto a la rivera del Ebro. El sonido del agua provocaba en ella un efecto sedante. Sin embargo, en aquellos días lo que menos sentía era tranquilidad. Y por supuesto, la felicidad se había convertido en una palabra sin ningún sentido en su vida. Estaba triste, muy triste, y por más que trataba de liberar endorfinas a través del deporte, poco o nada conseguía.

Aquel soleado viernes, sobre las cinco de la tarde, se encontraba sentada en un banco, justo frente al Ebro, viendo como las aguas hacían ondas por la fuerza de la corriente. A pesar de ser víspera de fin de semana, no había nadie. Estaba allí, a solas con la naturaleza, y se sentía serena. Observó una bandada de gaviotas cruzando el cielo, justo por el centro de las aguas, y las envidió por poder volar. En aquel momento, le habría gustado observar todo a vista de pájaro. Seguro que las vistas obtenidas habrían resultado un recuerdo inolvidable. Pero era humana y no tenía forma de volar, al menos, no de esa forma. Suspirando, volvió a centrarse en el fluir del agua.

La corriente le resultaba hipnótica, relajante. Por primera vez en mucho tiempo se sentía en paz, aunque no sabía explicar exactamente por qué. Diez minutos después suspiró, cogió la bici y se dispuso a volver. Pero a mitad de camino pensó en el panorama que le esperaba en su casa: unos padres desbordados, follones a mansalva, nerviosismo, frustración, problemas tras cada esquina. Y eso la impulsó a volver al mismo sitio. Ya tendría tiempo para regresar. Precisamente tiempo era lo que le sobraba.

Allí seguía todo igual que antes. El camino vacío. La rivera silenciosa. El agua con su continuo fluir. De repente, recordó la cita de *Bruce Lee: sé agua, amigo. Sí, el agua. Ser agua. Convertirse en agua. Formar parte de esa energía imparable que está en constante movimiento. El agua...
De repente, los ojos se le nublaron. Cogió la bici, sonriendo como un niño que acude a su fiesta el día de su cumpleaños, se montó y avanzó hacia el agua.
Se hundió lenta, silenciosamente, sin perder un solo segundo la sonrisa.
Y nunca más volvió a emerger.
La buscaron durante meses, pero su cadáver no surgió. Muchos piensan que se enganchó en el fondo. Mas otros, más soñadores, afirman sin temor que se convirtió en lo que más quería: en agua.

*Be water, my friend.

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