domingo, 20 de marzo de 2011

Entre tres la tenían y ella meaba (y aun se reía la condenada)

Quien me ha seguido desde el blog anterior sabe que de la mayoría de mis excursiones deportivas -me refiero a cuando salía a andar para hacer algo de deporte pero, ¿a que dicho así suena más cool? Si es que me estoy volviendo molona, ainsss- ha salido alguna historieta para no dormir -o para reirte de tu propia estupidez-.
La última ha sido con la bicicleta. Y es que está visto que no importa qué tipo de deporte haga porque siempre termino siendo la protagonista de alguna cosa -y generalmente ese tipo de cosa que siempre produce el mismo sentimiento: tierra, trágame-.

Andaba yo cerquita de casa, como jinete improvisada, pensando en que tendría que poner el asiento con la punta para arriba -qué mal suena- porque se me resbalaba el culo y tenía que andar recolocándome cada poco -ésto es lo que pasa cuando el asiento es pequeño y resbaladizo y tu culo gordo, orondo, mondo y lirondo- cuando se me ocurrió la genial idea de cambiar de marcha.

Clas. Cataclock.

Bajo de la bici -más bien salgo despedida, pero tengo la gracia suficiente para tirarme a un lado y hacer como que me bajo-, miro para abajo y... Ohhh, mierda, creo que antes no me sobraba tanta cadena...

Así que ahi me tenías, tirada en la mitad de un camino de tierra, con una cincuentona mirándome mientras intentaba colocar bien la maldita cadena de los ...

Pero nada, que no había forma. Que no encajaba ni a la de tres. En éstas, aparece otra cincuentona que saluda a la primera -ahhh, así que se van a andar juntas, deduzco con mi brillante cerebrito-, y cuyo perro decide que el olor de mi chándal le resulta interesante -normal, mi hermana tiene tres perros -desde entonces,a  veces pienso en ella como *"la loca de los perros"- y yo estoy en contacto con ellos todos los días, así que para la nariz de un perro, mis pantalones tienen que ser todo un festival canino-.

Gracias al perro y a mi reacción comprensiva, las dos señoras se interesan por mi problema. Pero nada, que ni las señoras tenían idea ni yo conseguía cuadrar la maldita cadena.

Al final, cuando he decidido irme para casa, he mirado para abajo y he pensado: mmm, diría que en mi última intentona la he colocado bien, no parece que sobre nada...

Y sin pensármelo dos veces, me he montado.

E iba bien.

Claro, que después de montarme me he dado cuenta de que:

a) Me había llenado las manos de grasa manipulando la cadena y...
b) Había posado las manos en el asiento de la bici para llevarla a patita hasta casa.

Menos mal que los pantalones eran oscuros...

*Pequeño homenaje a "los simpsons" y su famosa "loca de los gatos".

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