jueves, 15 de septiembre de 2011

Diario de una asesina en serie

"Miedo a ser feliz, miedo a tenerla junto a mí, sentir todo su ser, besar toda su piel..."

La canción de Mónica Naranjo resonaba en la estancia de su habitación mientras planeaba su próximo golpe. En la mesa, frente a sus narices, varias fichas entre las que debía elegir quién sería el siguiente. Dudaba entre Alfredo, asesino confeso de tres asesinatos sin rastro alguno de arrepentimiento por ello, y Juan Antonio, un chulito de origen andaluz que había realizado un timo piramidal y se había dedicado a violar a todas las chicas de su barrio, entre ellas varias menores. Su forma de pensar le instaba a ir a por el segundo. Le ponía más torturar a un pederasta y violador que a un asesino de tres al cuarto. Al fin y al cabo, ella misma era una asesina del tres al cuarto. Pero una asesina controlada, de esas que gusta sentirse diferente por considerar que realiza un favor a la sociedad y no unos horrendos crímenes tan malos o peores que los que cometían sus potenciales víctimas. Y es que, a veces, cuando le daba el bajón, se cuestionaba si no sería también un monstruo. Una psicópata incapaz de controlar su profunda necesidad de asesinar. Y se preguntaba qué pasaría de no tener criminales de los que hacerse cargo. ¿Sería capaz de matar a alguien inocente, podría controlarse o se suicidaría antes de romper la frágil barrera que en teoría la separaba del resto de los de su calaña?

Todo esto cruzaba por su mente, la palma de su mano acariciando de forma ausente el rostro bañado de soberbia de Juan Antonio. Defintivamente se había decidido: él sería su próxima víctima. Y antes de empezar con la juerga, le afeitaría ese horrendo bigote. Porque los bigotes o te visten la cara o te la descuadran. Y a él le sentaba como una patada en el culo. Le haría ese pequeño favor estético, para que al menos muriera con un poquito más de porte. Pero solo le concedería el porte justo y necesario, eso estaba claro. Cerró el sobre y volvió a preguntarse hasta qué punto se parecía a Juan Antonio, o a Alfredo, o a Carlos, su primer asesinado. Últimamente se cuestionaba su forma de ser con demasiada frecuencia. Preveía próximos problemas por eso.

- Menos mal que a nosotras no nos terminó pasando lo mismo
- ¡E-EH! - Jajaja, ¿te he asustado, cariño? Vaya, lo siento. No pensé que estarías tan ensimismada. ¿En qué andas para estar tan concentrada?
- N- ada, nada -Miró a Patricia fugazmente y escondió corriendo el sobre en el primer cajón de su mesa de despacho. Desde que vivía con ella le había puesto una cerradura de seguridad y vivía un poco más tranquila. Tuvo que hacerlo, porque cada vez que salía de casa se imaginaba a Patricia, su amor, descubriendo su terrible secreto, y se imaginaba los finales más descabellados, desde que la denunciaba -cosa que le resultaba hasta cierto punto lógica- hasta que se suicidaba porque no podía con ello. O incluso que la ayudaba. El pensamiento de si sería una psicópata sin remedio, como todos aquellos a los que había arrebatado lenta y dolorosamente la vida, volvió a rondar fugazmente su mente, junto con otra inquietante pregunta, ¿son los psicópatas capaces de amar? No había, no tenía respuesta.
- ¡Que te estoy hablando, mujer ausente!
- Lo siento. Un tema de trabajo me hace comerme demasiado la cabeza, pero la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar de ello. ¿Qué me decías cuando entraste?
- Que menos mal que no nos ha pasado lo que a la de la canción.
- Sí, fuimos chicas listas - Respondió al tiempo que se levantaba y la abrazaba fuertemente - Porque la verdad, no se qué habría sido de mí sin ti.
- Pues que vivirías más tranquila. Pero como ya es tarde para arrepentirte, te jodes -Siempre le había encantado esa faceta de Patricia. Su forma de salirse por la tangente cuando le daba vergüenza reconocer hasta que punto eran profundos sus sentimientos.
- Eso es amor - Le dijo, tratando de seguirle el juego.
- Puro y transparente.

Salieron juntas, cogidas por la cintura, pero a pesar de tener a Patri tan sumamente cerca, no podía dejar de preguntarse hasta qué punto era una psicópata y por qué. Suponía que le esperaba una larga, larguísima noche.