lunes, 21 de mayo de 2012

Quintus Horatios Flaccus

En castellano lo conocemos como Horacio, y no, no es el de CSI. Fue un filósofo y poeta romano que bla bla bla, bla bla bla.

Esto no es una enciclopedia, si quieres saber su vida búscala -estudiar me vuelve borde, sí-.
Lo nombro porque a pesar de ser hijo de un liberto (esclavo que había obtenido su libertad bien comprándola, bien como favor personal por algo), Horacio se las ingenió para codearse con tres de los personajes más importantes de su época: Virgilio (que se podría decir que ha sido el mejor poeta romano que ha habido), Mecenas (de algún lado sale la palabra mecenazco... a usar la lógica se ha dicho, o la wikipedia, o una enciclopedia, ¡coño, buscaos la vida!) y Augusto, el primer emperador romano.

Y gracias a las obras de Horacio que han llegado a nuestro tiempo, se puede deducir que estaba muy orgulloso de su padre y de sus orígenes humildes. Lo cual me ha llevado a pensar en la cantidad de gente que usa a sus padres, abuelos, tatarabuelos para hacerse los importantes. O su trabajo. O sus relaciones. De hecho, no sería la primera vez que tienes una conversación un poco subida con alguien y te suelta algo tipo: ¡No sabes con quién te estás metiendo! ¡No sabes quién soy yo!

Y es que somos tan gilipollas que nos dejamos impresionar por eso y no por los hechos. La gente debiera ser valorada por lo que consigue a base de esfuerzo, talento, inteligencia y voluntad y no por de dónde viene o con quién está.

Ésto me lleva a una anécdota que me contó hace unos meses una amiga. Al parecer una persona fue a su casa a discutir con su madre sobre algún tema. La madre era la típica ama de casa y el tipo debía ser profesor o algo así. A la tercera frase que la madre le llamo por su nombre de pila, el tipo le dijo "Don, por favor, Don".

Y la madre se le quedó mirando fijamente y dijo "¡Don..... Don.... Don mierdas!".

Aysss, si es que al final nos perdemos las lecciones de las personas más sabias...