miércoles, 20 de marzo de 2013

El gourmet perfecto II



La consulta olía fuertemente a incienso y se sentía mareada. Al otro lado de la mesa, una menuda mujer de unos cincuenta años la observaba, escudada tras la baraja.


-Hola Mapi, te estaba esperando –le dijo, apenas se hubo sentado-. Has tardado mucho en volver. ¿Cómo van las pesadillas?

-Peor –Sopesó por un segundo contarle lo de las alucinaciones, pero el asunto ya le parecía lo suficientemente extraño, increíble y absurdo de por sí como para encima añadirle más leña–. Ahora ni siquiera los somníferos me garantizan una noche entera. Llevo semanas sin saber lo que es dormir ocho horas seguidas.

Esperanza se la quedó mirando, la baraja pasando ociosamente de su zurda a su diestra. De improviso, dejó la baraja un lado y le cogió la mano.

-Creo que contigo será mejor el contacto –dijo -, y apoyando la diestra en el dorso, comenzó a acariciarle la palma con el índice de su zurda-. Preveo un gran peligro. Esa chica de tus sueños… No es nada malo, pero es mejor que no le hagas caso. Hay un hombre. Un hombre fornido, de bellos rasgos, seductor nato. No te acerques a él. Ese hombre es la muerte.

Asustada, Mapi trató de retirar la mano, pero la tarotista se la sujetó con una fuerza sobrehumana. 

–Hazme caso, Mapi. Huye mientras puedas. Abandona esta ciudad y las pesadillas dejaran de perseguirte. Y ten mucho cuidado: si dejas que las alucinaciones te visiten durante demasiado tiempo, acabarán contigo. Vete. Esta consulta no te la voy a cobrar.

Aturdida, Mapi dejó veinte euros en el bote que había a la entrada, en el que rezaba la voluntad, y salió escopetada de allí. Sin embargo, aunque a una parte de sí misma le gustaba creer, cara a la galería, que la mujer de la consulta estaba loca, su instinto más profundo le indicaba que debía hacerle caso. Más confundida aun que antes, no cayó en la cuenta de que no le había dicho lo de las alucinaciones hasta por la noche, mientras esperaba que el agua rompiera a hervir para prepararse una tila bien cargada. Y se quedó tan impresionada, que se le cayó el vaso que sujetaba de las manos y se hizo añicos contra el suelo, triste pantomima de la transformación que estaba sufriendo su vida.

Esa noche ni siquiera los somníferos le funcionaron. Morfeo, mostrándole su cara más cruel, ni tan siquiera le legó una hora de sueño reparador.

Pasaron los días y la cosa fue a peor. Tan solo dos días después de la consulta tuvo la segunda alucinación: creyó que un hombre con un delantal ensangrentado la estaba persiguiendo por la estación. Le entró tal psicosis que se lanzó llorando a los brazos del primer policía que encontró. 

Llamaron a una ambulancia y la trasladaron al hospital con un ataque de ansiedad de órdago. Seis horas después, con un buen colocón de lozarepam, la dejaron salir no sin antes recomendarle encarecidamente que visitara a su psicólogo antes de tres días. Y aunque Mapi estaba convencida de que iba a ser una solemne pérdida de tiempo, se sujetó prudentemente la lengua. Lo último que necesitaba era a un psicólogo del hospital mosqueado porque una paciente con supuestos brotes psicóticos se negaba a visitar a su psicoterapeuta.

Haciendo caso del consejo del médico de urgencias, no fuera que estuvieran siguiendo su caso con especial interés, visitó al psicólogo. Éste sopesó que podría ser estrés y le recomendó unas técnicas de relajación. Tres días después, practicando una de esas técnicas volvió a tener otra de esas alucinaciones.

La chica de sus pesadillas le hacía señas desde la puerta de su dormitorio. Y aunque no quería, como poseída por una fuerza extracorpórea, Mapi la siguió. La llevó por le pasillo hasta la cocina, que de repente se transformó en el oscuro sótano de sus pesadillas. De tres enormes ganchos de carnicero colgaban tres cuerpos inertes. Se giraron lentamente. El primero era la chica que la había llevado hasta allí. El tercero era una chica de unos veinte años, rubia, cuya cara mostraba un helado rictus de terror. El del centro era ella.



-Ten cuidado con ese hombre, Mapi. Ten mucho cuidado –La chica desapareció y un delantal ensangrentado ocupó su lugar. Diez segundos después el delantal también desapareció. Y Mapi, que ya comenzaba a no extrañarse por nada, fue directa a por la caja de los somníferos y se tragó tres de un golpe. Ni siquiera llegó a la cama: cayó inconsciente en la puerta del dormitorio, dónde despertó seis horas después con un fuerte dolor de cabeza y un gran chichón en la frente. No fue a revisárselo al hospital. No creyó que fueran a solucionarle nada.

El tiempo seguía pasando. Conforme pasaban las semanas, las pesadillas cada vez mostraban más y las alucinaciones ya no eran tan espaciadas como antes. Estaba empezando a tener varias por día. Mapi  se sentía destrozada física y mentalmente. Ya no tomaba somníferos porque no le hacían nada. No visitaba al psicólogo porque no le aportaba soluciones. No salía, no se divertía. Su vida consistía en ir del trabajo a casa y de casa al mercado a por comida. Últimamente estaba comiendo un montón de carne que el carnicero vendía ya rebozada: un día pechugas empanadas, otro albóndigas, otro hamburguesas… Era lo que le resultaba más rápido y fácil de cocinar. Además, un extraño antojo la dominaba. Solo le apetecía carne. Y solo carne de allí.

Meses después, un miércoles por la tarde (día que sabía llevaría grabado a fuego hasta el mismísimo día de su muerte), volvió a ver a la chica. Se le apareció en la televisión. Ahora está un periodista poniendo verde a fulanito y ahora una chica ensangrentada que te enseña los muñones de sus brazos y cae súbitamente fulminada por un hacha que le ha cortado las piernas al ras. 

Mapi ni siquiera se impresionó. Apagó la televisión y decidió salir a la calle. Había descubierto por pura casualidad que en la calle le sucedían menos episodios de este tipo y, como ya sabía que no eran reales, los controlaba mejor. Cuando notaba que le iba a dar, se sentaba en un banco o se quedaba mirando con fingido interés un escaparate hasta que se le pasaba. Y así iba sobreviviendo, día tras día, mes tras mes.

Ya en la escalera recordó que necesitaba reponer comida y decidió darse una vuelta por el mercado. Pasó por la verdulería y saludó a la verdulera, una chica majísima de unos treinta años que ya llevaba diez trabajando en ese puesto y se conocía a medio barrio. También se quedó mirando un rato la pollería, donde el nuevo aprendiz estaba recibiendo una bronca de la dueña por cortar mal un pollo y dejarlo destrozado. Y por la charcutería, donde las charcuteras, ociosas, charlaban de lo mal que iba el negocio.

Llegó a la carnicería esperando ver al chico que normalmente le servía, un chaval que no llevaba mucho tiempo pero se había hecho con una buena clientela a base de buen género a precio de saldo. Se encontró el puesto vacío y estaba a punto de volver a la pollería a por unas salchichas cuando la chica de sus pesadillas apareció súbitamente frente a ella.

Logró contener el grito sin saber cómo. Le estaba agarrando fuertemente el brazo y tiraba de ella hacia una puerta abierta, situada a la izquierda del puesto y medio disimulada por una fuente. Mapi intentó resistirse, pero la chica tiraba con tal fuerza de ella que comenzaba a hacerle daño. Finalmente, pensando que era una batalla perdida, cedió y se dirigió con paso lento hacia la puerta.

Allí dentro hacía frío y estaba oscuro. Una solitaria bombilla repleta de polvo iluminaba el largo pasillo. La chica caminó hasta el final de éste y se perdió en una de las puertas de la izquierda. Mapi la siguió, posó la mano en el pomo de la puerta y repentinamente un fuerte brazo le aprisionó el cuello. Notó como le colocaban un pañuelo tapándole la nariz y la boca. Trató de liberarse en vano y finalmente cayó inconsciente, cuan muñeca de trapo, frente a esa chica fallecida que nocesaba de gritarle, desesperada: -¡Huye Mapi!¡Huye mientras puedas!

Despertó y notó un ligero dolor en la espalda. Soltó un sordo quejido y abrió poco a poco los ojos. El mundo estaba del revés. Se agitó y el ligero dolor se transformó en una sinfonía de sufrimiento. Intentó quedarse quieta y vio, atónita, como el hombre que protagonizaba todas sus pesadillas estaba ahí, parado frente a ella. El mismo delantal ensangrentado, el pecho firme y plano, la barbilla con el hoyuelo y unos fríos ojos que la escrutaban desde la oscuridad reinante. Dio una luz y Mapi lo reconoció al instante: era el carnicero. Ese simpático chico que regentaba el puesto desde hacía un año y le vendía esas deliciosas carnes empanadas. Y las albóndigas. Y las hamburguesas. Sintió que se iba a desmayar y luchó contra ello. Si tenía alguna oportunidad de salir viva de allí, iba a necesitar estar cien por cien consciente de todo lo que ocurriera a partir de ahora, por duro que fuera.

Sabía perfectamente qué estaba pasando: estaba colgada de uno de esos ganchos de carnicero. Esos que veía en sus continuas pesadillas. El de la alucinación de su cocina. No quiso girar la cabeza pero estaba segura que los cuerpos que tenía a los lados eran exactamente los mismos. Ahora la comprensión iluminaba su mente. No eran alucinaciones: eran premoniciones. Y las pesadillas no eran manifestaciones inconscientes ni peticiones de ayuda, sino advertencias. Lamentó no haber hecho caso a la tarotista. Si hubiera huído, habría evitado esto. Lo que no entendía era por qué ella era la elegida. Ella y solo ella.

-Bienvenida a mi refugio –Le saludó. Su voz era grave y viril-. Te preguntarás que estás haciendo aquí. Vas a ser la protagonista de mi siguiente obra –Sonrió y la ausencia de sentimientos que traslució la dejó helada. 

Ya no albergaba dudas. Si no lograba escapar, no saldría viva de allí-. Pero primero será mejor que te explique todo. 

Verás –Se acercó a ella y le tapó la boca con cinta aislante-, desde que trabajo en este negocio, mi obsesión siempre ha sido conseguir el producto perfecto. La ambrosía. Una carne tan barata y sabrosa que nadie se resista a comérsela. Experimenté durante años con todo tipo de animales. Incluso los crié y maté yo mismo. Sin embargo, no conseguí un sabor significativo –Se paró y sacudió meditabundo la cabeza, como tratando de olvidar un litro de tragos amargos tomados a pequeños y torturantes sorbos-. Y entonces llegó ella. Tan menuda. Tan bella. Tan brutal. Olía tan bien… -El rostro se le iluminó con el recuerdo. Parecía un niño abriendo los regalos de navidad y Mapi no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la columna vertebral – Fue en diciembre. La asesiné. La despiecé y la hice asada. Su sabor era exquisito –chasqueó con deleite la lengua-. Probé a dárselo a algunos clientes a modo de test y regresaron en seguida pidiendo más. La calidad vende –Volvió a mostrar esa sonrisa carente de vida-. Pero yo sabía que faltaba algo. Un no sé qué. Conseguí una chica y un chico. Pronto descubrí que los chicos no sirven –Negó con la cabeza, tal que si lo lamentara de verdad –; y es una pena. Son un mercado potencial. Podría haber contratado un montón de aprendices que dejaran súbitamente el negocio al terminar los estudios –se encogió de hombros-. Mala suerte. Pero las chicas… las chicas sois una explosión de sabor. Vuestra carne es tierna, dulce, cálida. Entre los veinte y los treinta años tenéis la edad propicia para el consumo humano. Solo tuve que afinar el proceso –Soltó una carcajada-. Me volví loco tratando de encontrar el mejor método, ¿sábes? –dijo, riéndose–. Hasta que lo descubrí. Solo tengo que degollaros, dejar que vuestra última gota de sangre se derrame y vuestros cuerpos queden tiernos y vacíos, listos para mi arte. Es una lástima que vuestra sangre no sirva para morcillas -se quejó-, pero no se puede tener todo en esta vida, ¿verdad? –Volvió a sonreírle mostrando esa mirada vacua y Mapi volvió a estremecerse -¿A que te gustaron las albóndigas y las hamburguesas que te vendí? –Esta vez comenzó a reírse a mandíbula batiente –Y ahora, te saborearán a ti. Lástima que tú no podrás saborearte.

Apenas sintió el cuchillo cuando le sajó al yugular. La agonía no duró mucho. Tres días después, el carnicero tenía una oferta especial: si comprabas tres kilos de carne te regalaban uno.

A las cinco de la tarde de ese día, tuvo que cerrar. Se quedó sin existencias. Sin embargo, ya había echado el ojo a una nueva clienta. Se llamaba Sophie y estaba en la edad justa. Ah, iba a estar tan sabrosa…

martes, 19 de marzo de 2013

Garbage

Garbage es una banda de rock alternativo formada por la cantante escocesa Shirley Manson y los productores estadounidenses Buth Vig, Steve Marker y Duke Erikson.

Esta canción  se llama Crush y fue lanzada internacionalmente como una cara B del sencillo Vow y en el Reino Unido como cara B del segundo sencillo Subhuman.

Personalmente, la encontré en la introducción de la serie Británica Hex y me conquistó aun sin saber que pertenecía a Garbage, banda que de por sí ya me gustaba anteriormente.

Aqui os la dejo para que le echéis un oído.




Y feliz día del padre a todos.

sábado, 16 de marzo de 2013

El gourmet perfecto I



Recordó a la tarotista por pura casualidad, casi una semana después. Iba a echar a lavar la ropa cuando esa tarjeta que tan descuidadamente se había echado al bolsillo cayó al suelo. Se la quedó mirando fijamente. Mapi seguía teniendo pesadillas del mismo estilo varias veces por semana y aun no había encontrado una solución. Tomaba somníferos, pero estos solo solucionaban temporalmente el problema. Dormía a gusto cuatro o cinco horas y volvía a empezar con esas malditas pesadillas.
Siempre eran mujeres, mujeres jóvenes pidiendo ayuda. El psicólogo que la llevaba actualmente le había insinuado si era posible que hubiera sufrido abusos sexuales durante la infancia, incluso la hipnotizó a ver qué salía con nulos resultados. Seguía siendo un caso sin resolver, un conejillo de indias extremadamente raro. Impulsivamente, tomó la tarjeta entre los dedos y marcó el número.

- Tarotista Esperanza del Sur, ¿digame? –le respondió una voz al tercer toque.

- Hola, buenos días. Verá, me llamo Mapi, estuve hace unos meses en su consulta, no sé si se acordará de mí –dijo, con voz entrecortada.

- ¿Mapi? ¿Podría darme su nombre y apellidos por favor? –Oyó de fondo una especie de teclado y se imaginó a una diligente recepcionista buscando sus datos como si no hubiera un mañana. La imagen mental de la recepcionista en una lucha desesperada contra el teclado y las bases de datos, tipo heroína de Hollywood, la hizo sonreír.

- Maria Pilar Beltrán Montañés.

- Ah, sí, ya recuerdo quién es usted. Alta, morena, ¿verdad? 

- Sí, la misma. ¿Podría darme una cita con la señora Esperanza, por favor? –Se preguntó cómo recordaban tan bien su físico. O tenían pocos clientes o había causado un gran impacto. Fuera como fuese, se sintió incómoda, espiada. En ese momento la invadió la extraña sensación de tener unos ojos pegados en la nuca y se volvió de repente, asustada. Tras ella solo encontró un pasillo donde, como era de esperar, no había nada. Suspiró. Invadida por la desesperación, se paso la mano por el cabello. Todo ese asunto la estaba enloqueciendo. 

- Tengo un hueco mañana a las tres de la tarde, ¿le parece bien? –contestó la recepcionista, casi de inmediato. Mapi calculó. Salía sobre las dos de la tarde e iba a ir muy justa de tiempo. No obstante, quería dejar ese tema zanjado cuanto antes.
- Igual llego sobre las tres y diez o y cuarto, ¿habría algún problema? –preguntó, esperanzada. Una parte de sí misma esperaba que le dijeran que sí, que había problema, que esos diez minutos eran vitales en su consulta.

- No, ninguno –le respondió la recepcionista-. Hasta mañana y que tenga un buen día, señorita Mapi.

- Lo mismo –Colgó. Las manos le sudaban y temblaban. Toda ella sudaba y temblaba. Se dejó caer sobre el sofá. Tenía la impresión de llevar semanas sin dormir. Puso un poco la tele tratando de despejarse y se tranquilizó un poco, pero no logró quitarse del todo ese nerviosismo que la invadía.

La primera alucinación sucedió el día que iba a ir a la consulta de tarot, poco después de levantarse. Tenía una humeante taza de café en un lado de la encimera y un generoso montón de albóndigas friéndose en la sartén. Oyó que sonaba el teléfono, apartó la sartén del fuego y fue a cogerlo.

Levantó el auricular y escuchó solo estática. Preguntó varias veces quién llamaba, todas sin respuesta, y estaba a punto de colgar cuando vio algo por el rabillo del ojo que hizo que se diera la vuelta de inmediato.

Ahí, encima de la mesa, justo en la mitad, había una enorme tarántula negra. Mapi siempre había tenido un pánico atroz a las arañas y se quedó paralizada. Ésta comenzó a avanzar poco a poco por la mesa, sus peludas patas haciendo un sonido apagado sobre el hule. Tap tap, tap tap. Desesperada, pensó que ese sonido sustituiría a las peticiones de ayuda en sus pesadillas. Lentamente, como si estuviera disfrutando, la araña se acercó hasta el borde de la mesa, levantó sus dos patas delanteras e hizo una especie de saludo, o tal vez una amenaza, según como se viera.

Sobresaltada, Mapi soltó un grito, cogió una enorme agenda de piel que tenía desde que era niña y se la lanzó. A pesar de lo que le temblaban las manos, dio en el blanco. La araña salió disparada hacia atrás, la agenda botó sobre ella y quedó a un lado, la tapa manchada de un asqueroso líquido blanco.
Sin soltar el teléfono, avanzó dos pasos. La araña estaba indudablemente muerta, aplastada contra el hule. Pensó que tendría que recogerla y un escalofrío recorrió su cuerpo. 

- Recuerda que una tarántula puede parecer inofensiva pero es una asesina mortal –la voz que escuchó al otro lado del teléfono sonó fría, distante. Era la voz de la mujer de sus pesadillas. La de la mujer joven que siempre le pedía ayuda. Y de repente Mapi, sin saber por qué, supo que esa mujer estaba muerta. 

Sin poder evitarlo soltó un grito. Un alarido de terror que rebotó por las esquinas desiertas de su casa hasta perderse en las paredes. Eso que pasaba no podía ser verdad. La gente no oía a los muertos. Eso solo ocurría en las películas.

- Esto es real, Mapi. Ten cuidado. Tal vez la persona más inofensiva es el peor de los asesinos.

El sonido de la línea interrumpida pareció despertar al mundo. Mapi percibió el sonido lejano del tráfico, que hasta ahora no se oía y se quedó mirando el teléfono, atraída por un morbo extraño. Asqueada volvió la cabeza a la mesa. Le iba a tocar recoger la araña muerta aunque no tenía ni idea de cómo lo iba a hacer. Dirigió la mirada a la agenda y comprobó con estupor que la mancha ya no estaba. Y la tarántula tampoco.


Diez minutos después una gran y vieja agenda marrón apareció entre la basura, de donde un mendigo se la llevó creyendo poder sacar unos euros por ella.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El gourmet perfecto

Antes de dejar que os metáis de lleno en este nuevo texto, os comento que este relato lo voy a colgar en varias partes. Considero que un post demasiado largo da pereza casi hasta mirarlo y creo que mi post anterior ha sido demasiado largo. Personalmente, prefiero dividir mis escritos en varias partes con la intención de hacerlo más a ameno. Por supuesto, en estos temas, la última palabra la tenéis vosotros. Un saludo y gracias.



- Ayúdanos –susurró una voz femenina-. Por favor, Mapi, ayúdanos.

Mapi miró a su alrededor. Estaba muy oscuro, tenía frío y no sabía cómo había llegado hasta allí. Extendió los brazos a los lados, rozó con la punta de los dedos la pared izquierda y se pegó a ella.

- Ayúdanos –la voz ahora sollozaba-. Sácanos de aquí, por favor, por favor

La voz provenía del fondo y decidió avanzar usando como guía la pared. Iba arrastrando lentamente los pies, por si encontraba un escalón, pero el suelo estaba liso. Finalmente chocó contra algo que le pareció una puerta y buscó al tentón el pomo.

 
La puerta se abrió de golpe y salió una peluda mano que intentó arrastrar a Mapi dentro de esa sala. Aterrorizada, gritó y se echó a correr.

- ¡Huye, huye antes de que te mate, Mapi! 

Oía los tenues ecos de sus pasos rebotando contra las paredes. Finalmente resbaló en un charco y cayó cuan larga era. Palpó con cuidado el suelo. El líquido sobre el que había caído era viscoso y denso. Se levantó, asqueada. Comenzaba a ver algo mejor aunque seguía estando muy oscuro. El dueño de la mano no parecía haberla seguido y suspiró aliviada.

Volvió a buscar al tentón la pared y decidió retroceder. Debía salir de allí y avisar a las autoridades. La chica de esa sala estaba secuestrada y corría peligro, Mapi estaba convencida.

Comenzó a notar más claridad. Poco a poco comenzó a discernir mejor su entorno y se miró la mano. Ahogó un grito. Estaba cubierta de sangre a medio coagular. Su ropa también estaba repleta de sangre seca. Tuvo varias arcadas y las  controló como pudo. Miró nerviosa a sus espaldas, pero el camino seguía vacío. Se apresuró, caminando con pasos cortos y rápidos hacia la claridad del final del pasillo, pero cuando ya casi podía rozar la puerta de salida con la punta de los dedos, algo le tocó el hombro.
Mapi gritó aterrorizada. Otra cosa le tocó la cabeza, y otra su pie. Estaban cayendo cosas del techo. Miró al suelo y empalideció: estaba cubierto te extremidades amputadas. Manos, pies, brazos, piernas, incluso cabezas caían por doquier.

Un alarido de auténtico pavor escapó de sus cuerdas vocales. En ese momento, la misma mano peluda de antes le sujetó con firmeza el brazo y la obligó a volverse.

No quiero verlo, no quiero verlo, no quiero verlo pensó Mapi, desesperada. 


Fijó la mirada en el tórax del hombre que estaba frente a ella. Llevaba un delantal cubierto de sangre y fijó la mirada en él. No podía, no quería verle la cara. Sin embargo, el hombre extendió la otra mano, colocó un calloso dedo en su barbilla y le levantó el rostro poco a poco.

Ahora veía la parte media del tórax. Ahora el pecho plano. Ahora la nuez de Adán. Y ahora…
Mapi despertó de golpe, empapada en sudor. Se frotó los ojos, todavía medio dormida y los notó humedecidos. Había estado llorando mientras dormía. Se preguntó de dónde saldría un sueño tan perverso y decidió que prefería no saberlo. A saber qué cosas inconscientes guardaba para crear semejante esperpento.

Cuando notó que las piernas le habían dejado de temblar, se levantó y se puso una taza de cola-cao bien caliente. Eso la reconfortó, trago a trago fue soltando los últimos flecos del sueño y comenzó a sentirse un poco mejor.



 
Llevaba mucho tiempo sufriendo ese tipo de pesadillas y ya no sabía qué hacer para evitarlas. Ni siquiera los médicos, psicólogos y psiquiatras le habían podido dar un motivo o una posible solución. Recordó a esa tarotista que le había dicho que se avecinaba un gran peligro y suspiró. Pensaba que era una timadora del tres al cuarto, de esas que colocan sus consultorías y teléfonos casi en cada esquina, pero empezaba a plantearse seriamente el hacerle una visita.
Fue hacía el pasillo, metió la mano en el jarrón donde guardaba las tarjetas de contacto que le daban y sacó la de la adivina. Le dio varias vueltas entre los dedos, la mirada perdida, preguntándose por qué la guardaría.

Se encogió de hombros. La voy a llamar, se dijo, no creo que pierda nada por intentarlo. Se echó la tarjeta al bolsillo y se olvidó del tema.

lunes, 11 de marzo de 2013

El niño


Armand se despertó asustado. La luz estaba encendida y la televisión soltaba la retahíla habitual de incoherentes anuncios. Un día más se había quedado dormido en el salón, viendo la tele. Miró el reloj: las cuatro de la madrugada. Calculaba que había dormido unas tres horas. Se sentía fresco y renovado. Sabía que no se sentiría cansado hasta las siete o las ocho, cuando ya tuviera que irse a trabajar. Llevaba años así. Se estiró y se puso el chándal. Después de años de insomnio una noche, harto ya de la mierda que emitía la televisión, decidió salir a dar una vuelta. Descubrió un parque cerca de su casa, el parque Castillo Palomar, y se dio cuenta que le relajaba darse una vueltecita por allí.

Al principio le dio respeto. Había muchos mendigos durmiendo entre los matorrales, a tramos estaba muy oscuro y tenía miedo de que alguien le atracara. Sin embargo, el relax que le producía fue ganando al miedo que le daba y hasta ahora no había sufrido ningún percance. Ese extraño paseíto nocturno se había transformado en algo habitual y, si no lo hacía, lo echaba de menos. Bajó las escaleras tarareando en voz baja torció en la esquina del bar Torete (que ya estaba cerrado), cruzó un par de calles y ahí estaba, su amado parque con sus farolas, sus pinos, y sus dos caminos asfaltados.

Entró y tomó el camino de siempre, el que iba por arriba y luego daba la vuelta por debajo y te dejaba justo en la puerta donde entraste, pero Armand nunca hacía ese recorrido. Ése era el fácil.

Armand seguía recto hasta que el asfalto terminaba y se convertía en un camino de tierra habitualmente embarrado por culpa de los aspersores. Luego bajaba a través del césped hasta lo que parecía la imitación de un teatro romano con sus bancos de piedra y sus pasillos con grandes escalones para bajar, así como un mini-escenario al final del todo, coronando el centro, con forma de aleta de tiburón. Normalmente bajaba esos escalones de piedra uno a uno y con sumo cuidado, rezando para no tropezarse en la oscuridad y aparecer desnucado a la mañana siguiente, torcía a la derecha y se sentaba en un banco de madera, frente a unos columpios que en ocasiones chirriaban levemente a causa de la suave brisa nocturna. Solía quedarse una media hora, sentado, mirando los columpios y los toboganes, simplemente disfrutando de la naturaleza. Luego retrocedía hasta el teatro y tomaba otro pequeño sendero de tierra que le llevaba hasta otra salida, que estaba justo frente a un inmenso hotel con un concesionario de coches al lado. De ahí salía a la avenida y un cuarto de hora después volvía a su casa, relajado y feliz.

Pero esa noche, al llegar al banco encontró algo extraño. Esa noche no estaba solo: había un niño en el columpio. Se frotó los ojos un par de veces, preguntándose si podía ser verdad, pero no desapareció. Estaba en el columpio, solo, mirándose los pies mientras se balanceaba suavemente. Incluso oía el chirrido de las cadenas, como confirmando la visión.
Dio un par de pasos más. No era normal que un niño estuviera ahí solo a esas horas. 

-¡Eh! –le gritó- ¿Te has perdido? El niño giró la cabeza y salió corriendo. Armand le siguió. 
 
-¡No quiero hacerte daño, solo quiero ayudarte! –le gritó. Pero no le sirvió de nada. El niño siguió corriendo como alma que lleva el diablo. Finalmente trepó a un árbol y se quedó sentado en una de las ramas altas, mirándole con temor.

-¡Vete! -gritó- ¡Déjame solo!

-No voy a hacerte daño –contestó Armand-. Solo quiero saber si te pasa algo. ¿Estás bien?

El niño se le quedó mirando con desconfianza. Al final debió decidir que Armand no le parecía una figura especialmente amenazadora, bajó del árbol y extendió la mano con solemnidad.

-Me llamó Julián y vivo aquí –le dijo-. No me he escapado, ni estoy perdido, ni tengo problemas. Pero no podía dormir y me aburría.

Armand le estrechó la mano. Le parecía una situación muy extraña. Pensó fugazmente en llamar a la policía, pero con la crisis muchas familias se habían visto abocadas a la calle. Además el niño tenía buen aspecto. Estaba limpio y aseado, parecía en su peso ideal y no se le veía ningún moretón ni nada que evidenciara que lo maltratasen. Sin saber bien qué decir, se le quedó mirando como un bobo hasta que el niño rompió el silencio.

-Y usted, ¿qué hace aquí a estas horas? –le preguntó-.  No parece un mendigo.

-No podía dormir y bajé a dar un paseo –contestó, encogiéndose de hombros- ¿Quieres volver al columpio? A mí me gusta sentarme en ese banco que está justo en frente.

El niño sonrió, asintió y le agarró la mano con su diminuta manita. Armand se sobresaltó un poco al notar la extrema frialdad de la mano del niño, pero no le dio más importancia. Caminaron despacio hasta los columpios y Julián se subió en el que estaba. 

-Me gusta este sitio porque es tranquilo –le dijo-. Me siento en paz. Y a ti, ¿por qué te gusta? –le preguntó el niño, clavando sus límpidos ojos azules en los marrón claro de Armand.

-No sé -le contestó. Y era verdad. Jamás se había planteado por qué iba hasta allí y solo hasta allí. Había columpios y bancos por todos los sitios del parque. Ahora que se paraba a pensarlo, era realmente extraño. – Supongo que porque me gusta –le respondió con simpleza-. Me atrae de alguna manera especial. Pero no tengo una razón específica.

El niño sonrió y Armand se quedó un poco aturdido. Aunque el crío aparentaba unos seis años, esa sonrisa le pareció de una persona más adulta, como si el cerebro de un cuarentón se hubiera quedado encerrado en el cuerpo de aquel chiquillo. Desechó la idea. Se estaba volviendo un paranoico.
Siguieron en silencio la media hora que estuvo allí, Julián balanceándose y Armand mirándole perplejo. Habría seguido allí más rato, solo por comprobar hacia dónde se iba el niño, pero tenía que irse a trabajar y necesitaba una ducha y un café. Se despidió con algo de pesar pero, justo antes de irse, se le ocurrió algo.

-¿Cómo dijiste que te llamabas? –le preguntó.

- Julián –le contestó el niño –Me llamo Julián.

-¿Y de apellido? –En aquel momento le parecía importante saberlo, no sabía por qué.

-Artiga. Julián Artiga.

-Encantado, señor Artiga –le dijo, para intentar hacerle sonreír un poco–. Suelo venir aquí casi todas las noches a la misma hora. Si vuelves a estar despierto y aburrido, ya sabes.
-Vale –le contestó el niño mientras le decía adiós con la manita. 

Cuando ya había recorrido medio camino de vuelta, Armand se volvió hacia los columpios. Se quedó atónito: el lugar estaba desierto.

Armand siguió yendo al parque todas las noches, pero no volvió a ver al niño hasta que, ocho días después, se lo encontró exactamente igual que el primer día, sentado en el mismo columpio.

-Hola Armand –le saludó -, ¿cómo estás?

-Bien, ¿y tú? Ya hacía días que no te veía.

Julián se encogió de hombros, una especie de ya ves. Armand se fijó que llevaba un moretón en un lado de la cara.

¿Y eso?- le preguntó, señalándolo- ¿Qué te ha pasado?

-Me caí. Estaba en uno de los muros de ahí arriba –Señaló con la manita a la parte de arriba del parque, donde las murallas de un viejo castillo asomaban amenazadoras –Y me tropecé. Me di un buen golpe. Pero ya estoy bien.

-¿Fuiste al médico? –le preguntó, ligeramente alarmado. Caerse desde tanta altura no era precisamente moco de pavo.

-Sí sí, mis papás llamaron corriendo a una ambulancia –le respondió el chico –.Me miró un doctor y me mandaron de nuevo a casa.

Armand se relajó un poco, pero no del todo. Algo no le cuadraba. Ese niño tenía un aura extraña. Y ese moratón no auguraba nada bueno. Se le quedó mirando, impotente por no saber cómo actuar. El crío tampoco parecía muy por la labor de iniciar conversación alguna. Volvieron a quedarse en silencio hasta que Armand se fue. Y nuevamente, cuando se volvió a mirar los columpios, volvió a encontrarlos vacíos.

La siguiente noche que vio al niño, el moratón había empeorado. Le cubría media cara y tenía sangre seca en el pelo. Esta vez no anduvo con rodeos.

-Julián –le dijo-, te voy a llevar a un hospital. Tienen que mirarte eso, ¿me entiendes? Tienes una herida muy fea.

-No voy a ir a ningún hospital –le respondió con firmeza -. Allí no pueden hacerme nada.

-No digas tonterías. Te mirarán los médicos, te curarán y volverás a estar sano y fuerte en poco tiempo. Venga, no me obligues a cogerte en brazos.

El niño se le quedó mirando fijamente y Armand retrocedió dos pasos, asustado. Los ojos de Julián se habían vuelto rojos de repente y sonreía de una forma muy extraña.

-¿De verdad piensas que podrás cogerme y sacarme de aquí? –le preguntó amenazadoramente- ¿Por qué no lo intentas?

Armand comenzó a temblar. Estaba asustado, muy asustado. No sabía qué hacer. Le entraron tentaciones de dar media vuelta y salir corriendo. Julián avanzó un paso hacía él y él retrocedió otro. No quería acercarse a ese niño. No le parecía una persona “normal”.

-¿Ya no me das la mano? –le preguntó con sorna- ¿Ya no tienes deseos de cogerme en brazos? ¡Qué lástima! –exclamó- No te iba a hacer daño, ¿sabías? Solo te habrías quemado la mano. Pero tú solo. Sin que yo hiciera nada. ¿A que no sabes por qué?

-¿P-p-p-por qué? –le preguntó Armand. Había retrocedido varios pasos más sin darse cuenta. El moretón que el chico llevaba en la cabeza había cambiado. Ahora era una herida abierta por la que se le veía la masa gris de su cerebro latiendo. Su sonrisa estaba sangrienta y desfigurada, su voz enronquecida.

-Porque estoy muerto –le contestó-. Morí aquí. Y soy el dueño de este lugar. Solo quise… darte la bienvenida.

Armand se quedó paralizado. No podía moverse. Ese cerebro suyo latiendo uniformemente era hipnótico. La sonrisa sangrienta. La cara desfigurada. El lacio pelo rubio colgando del lado derecho, sucio de tierra.

-Y ahora, si no quieres morir, ¡corre!

Armand salió de su parálisis y echó a correr. Volvió la cabeza un par de veces. La primera vio al niño ahí parado, bajo una farola, con su espeluznante sonrisa, un ojo más salido que el otro, diciéndole adiós con la mano. La segunda vez, el sitio estaba vacío.

Frenó de golpe, esperando encontrarse al niño frente a él, pero no había nadie. Estaba solo. En ese momento oyó un disparo y volvió a correr. Salió sin resuello del parque y llegó a casa medio ahogado. Le dolía el pecho y la barriga, las piernas le ardían. Creyó que moriría de un infarto.
Una ducha y un par de cafés después, se sentía un poco mejor. Evaluó lo sucedido. Me he vuelto loco, se dijo, la falta de sueño finalmente ha terminado con las pocas neuronas sanas que me quedaban. Estoy tarumba, eso es lo que ha pasado. Pensó si debía ir a un psiquiatra y ya estaba encendiendo el portátil para encontrar alguno con buena fama en su ciudad cuando se le ocurrió algo.

Abrió el buscador. Julián Artiga, tecleó. Vio un montón de resultados positivos de toda clase de gente y decidió afinar un poco la búsqueda. Julián Artiga, parque Castillo Palomar. El primer enlace que vio tenía la foto del niño que había estado viendo esos días y lo abrió, la mano temblándole levemente.

ANIVERSARIO DEL TRÁGICO ACCIDENTE DEL PARQUE CASTILLO PALOMAR
Hoy se cumplen 100 años de la muerte del niño Julián Artiga. Al parecer, en un descuido de sus padres, se coló en las ruinas del antiguo castillo que allí se asentaba y cayó desde una altura de tres pisos, muriendo en el acto.
Los destrozados padres denunciaron al dueño del terreno, Paul Mc Gauss, exigiéndole que cercara eso para que no volviera a pasar. Al parecer, Mc Gauss, fuertemente afectado por el incidente, llegó a un acuerdo extrajudicial por el cual no solo les concedía una más que generosa indemnización, sino que se comprometía a derribar los restos del castillo y limpiar el terreno para evitar que algo así volviera a suceder.
Un año después, con el terreno ya limpio y atormentado por los remordimientos, Mc Gauss decidió construir un parque.
-No puedo devolverle la vida al pobre Julián –contó un afectado Mc Gauss a la prensa -, pero si conseguir que otros niños recuerden este sitio como una fuente de felicidad y no de peligro y drama.
99 años después, el parque Castillo Palomar sigue siendo una gran fuente de entretenimiento para los niños del barrio y una placa conmemorativa recuerda la tremenda desgracia que allí aconteció.

Armand miró la placa con unos ojos como platos. Estaba en el suelo del escenario con aleta de tiburón. Era como si Julián le hubiera estado atrayendo hasta allí a propósito. Pero, ¿por qué?
Estuvo varios meses preguntándoselo. Se convirtió en su tormento y obsesión. Intentó volver al parque varias veces y tuvo que volverse, aterrorizado. Seguía recordando la sonrisa sanguinolenta y el cerebro. Ese maldito cerebro latiendo entre los bordes blancuzcos de su cráneo destrozado. Tenía continuas pesadillas y ya no lograba dormir ni tan siquiera dos horas seguidas. Estaba física y mentalmente destrozado.

Un buen día, al regresar del trabajo, encontró una hoja de periódico pulcramente doblada metida en su buzón. Estuvo a punto de tirarla hasta que vio que tenía una frase en el borde exterior: de tu amigo Julián, rezaba, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Con manos temblorosas, desdobló la hoja. 


INCIDENTE EN EL CASTILLO PALOMAR
El jueves, sobre las cinco de la madrugada, ocurrió un desgraciado incidente en el interior del parque Castillo Palomar. Algunos mendigos llamaron alarmados a la policía, gritando que había disparos. Cuando los agentes se personaron en la zona se encontraron con S.G, una chica española de 22 años, muerta con tres balazos en el pecho y a un conocido camello de la zona, T. F, también español, malherido unos metros más allá.
Al parecer ambos quedaron allí para realizar una compra-venta de droga y S.G, poseída por el mono, a ver que no tenía dinero suficiente intentó atracar a T.F, quien al ver que no tenía escapatoria, respondió a los disparos.
T.F, malherido, trato de arrastrarse lejos del cadáver de S.G, con intención de huir, pero se desmayó a los pocos metros.
T.F se encuentra ingresado muy grave en el hospital. Si se recupera, será detenido y puesto a disposición judicial.

Al pie de la página, con la misma menuda letra que habían usado en el borde exterior,  ponía: duerme tranquilo. Solo te he protegido. Soy el dueño, pero no puedo evitar estas cosas.
Armand subió a su casa, con la hoja en la mano. La miro dos veces, la colocó en una fuente de cristal y la quemó en la fregadera. Tiró los restos por la ventana, echó la fuente directamente a la basura y se desmayó.

Lo encontraron vagando por las calles una semana después, medio desnudo, sucio y maloliente. Le examinaron en el hospital, donde dijeron que estaba en perfectas condiciones físicas y fue remitido a psiquiátrica. 

Actualmente se encuentra ingresado en el Sanatorio Virgen del Pilar donde, según los trabajadores, lo único inteligible que dice es: yo nunca conocí a Julián.