viernes, 8 de marzo de 2013

Clase 209



Rebeca salió del aula y bostezó. Entrar en la academia de escritores Arley había sido su sueño casi desde la infancia, pero algunas de las cosas que les obligaban a estudiar le parecían auténticos tostones. A veces dudaba de que hubiera tomado la decisión correcta.

El edificio Arley constaba de dos plantas; en la primera había una recepción y al lado un largo pasillo con varias aulas informáticas a la izquierda, varias aulas normales  -las típicas con su pizarrita y su tiza- a la derecha y un enorme salón de actos al final. De vez en cuando les hacían simular ruedas de prensa ahí y daba vértigo. A Rebeca aun le temblaban las piernas cada vez que recordaba la única vez que le tocó subir al estrado a presentar una supuesta obra.

Pero también tenía clases interesantes: a Rebeca le encantaba ir a literatura y escuchar los desvaríos de Amaranta Torralba, una profesora experta en la materia y loca como una cabra. Todavía recordaba el estupor generalizado cuando, al no salirle el nombre de Rafael Alberti lo definió como ese señor que vestía unas camisas hawaianas horrorosas y al que te encantaba escuchar leyendo sus obras hasta que comenzaba a hablar en serio y te daban ganas de mandarlo callar de una vez. Aquel día Rebeca creyó que moriría del ataque de risa que le dio. Y a juzgar por el estallido generalizado de carcajadas, no fue la única.

Y luego estaba la clase 209.



La clase 209 estaba en el segundo piso, junto a los lavabos, rodeada de departamentos de profesores. A ese sitio solo entraban los verdaderamente expertos, los supuestos vendedores de best-sellers. Solo admitían a dieciséis personas por trimestre y solo entraban los mejores. El resto tenía que conformarse con llegar a ser buenos, sí, pero no los mejores. Y con subir de vez en cuando con algún pretexto tonto y quedarse mirando, embobados, el pequeño trozo de cristal que había entre la puerta y el marco, a ver si así lograban captar algo.
Ni siquiera servía hacerse el tonto e intentar abrir la puerta con la excusa de “me equivoqué de sitio”. Una vez que entraban todos los alumnos, esas puertas se cerraban con llave hasta el fin de las clases. 

Y de allí no entraba ni salía nadie.

El profesor encargado de tan selecto alumnado era, ni más ni menos, que Alberto King, un consagrado escritor de terror. Y corría el rumor de que dar una clase con él era casi una garantía de éxito. Los alumnos que entraban allí eran los más envidiados de todo el edificio, aunque no tuvieran relación real con nadie. Para que no se filtrara nada, los aislaban, entraban dos horas antes que los demás y salían dos horas después. Almorzaban y comían dentro. Y se decía que nadie había sido capaz de contactar nunca con uno de los alumnos de allí, ni siquiera con los antiguos.
Se consagraban como escritores, pero juraban lealtad y silencio a lo allí aprendido. Dentro de la academia, eran un estado cerrado, una especie de Vaticano en un cónclave permanente.

Ni siquiera se podía llegar a contactar nunca con el profesor. A veces a Rebeca le venían a la mente los masones, aunque no sabía por qué.
Dos o tres veces por semana ella subía a mirar por el cristal. No le importaba no escuchar nada del interior, ni saber que nunca podría entrar allí: ver al profesor gesticulando frente a las dieciséis atentísimas cabezas le bastaba. A menudo soñaba con que un día se abría la puerta y la invitaban a entrar, pero sabía que eso no pasaría nunca.

Un día le comentó a Marcos, su mejor amigo allí dentro, su fascinación por esa clase.
-No sé por qué te ha dado por ahí, Rebeca –le dijo -A mí me parece una clase como otra cualquiera. Hasta el profesor me parece extremadamente anodino. Yo no tengo ninguna envidia a esos bichos raros. No van a saber lo que es vivir hasta que terminen el cursillo y para entonces tendrán la sesera tan quemada que estarán un año entero sin poder escribir. No quiero eso para mí.

Y si bien no logró el modo de rebatirle, Rebeca siguió obsesionada con esa clase.

Un miércoles por la mañana, decidió que iba a ser el día. Se arregló más de lo normal, se maquilló, incluso se puso un vestido y tacones. Apareció en la academia dos horas antes y entró. Las puertas se abrieron mansamente a su llegada y Rebeca se encogió un poco al dar el primer paso, esperando que alguien le echara un grito porque no debía estar ahí a esas horas. Pero no pasó nada. La recepción estaba vacía, los pasillos silenciosos. Era una especie de película de terror sobre un edificio fantasma donde hasta los pájaros se habían callado esperando el clímax final. 
 
Aparentando una seguridad que no tenía (si acaso se cruzaba con algún trabajador o volvía la recepcionista antes de que hubiera desaparecido de su vista) caminó hasta el ascensor, sus tacones resonando por todo el edificio. TAC, TAC TAC, TAC. El sonido del éxito. El sonido de la seguridad. El sonido de las campanas llamando a entierro.

Se estremeció involuntariamente y se preguntó si no estaría haciendo una locura. Justo en ese momento oyó el clinc apagado de las puertas del ascensor que se abrían, y el dulce canto de sirena la sedujo. Subió sin pensárselo dos veces.

Cuando al fin llegó frente a la 209 se encontró la puerta cerrada. Mierda –pensó –Tanto esfuerzo para nada. Iba a darse la vuelta y cayó en la cuenta de que ni siquiera había probado a abrir la puerta. Normalmente estaba cerrada con llave, sí, pero después de todas las molestias que se había tomado, probar a abrir la puerta era la mayor chorrada del mundo.

Extendió una mano temblorosa hasta el pomo de la puerta, lo giró y… la puerta se abrió suavemente, sin oponer ningún tipo de resistencia.

La abrió del todo y se encontró cara a cara con Alberto King, que la miró con gesto un tanto huraño.

-¿Qué hace usted aquí? –le preguntó abruptamente –¿Es que no ve que esta no es su clase?¡Lárguese!
Rebeca, impresionada, dio un paso atrás. Pero se había esforzado demasiado para dejarlo asi. 

-Señor King –le dijo con una fingida firmeza que en absoluto sentía –Yo sé que a lo mejor no he hecho los méritos necesarios, que tal vez no cumpla con el perfil habitual, pero quiero ser una de sus alumnas.

Alberto la miró arqueando ambas cejas. Parecía curioso. Acto seguido sonrío.

-Me gusta tu iniciativa. Entra. Estás admitida.

Rebeca se quedó unos segundos parada, la boca abierta en una O mayúscula. No podía ser. King la había aceptado. Y a la primera. Ni en sus más dulces sueños lo habría imaginado.

-¿Qué hace ahí parada como un pasmarote? –El tono abrupto había vuelto a tomar su voz -¡Entre de una vez antes de que me arrepienta de haberla admitido!

El grito la sacó de su parálisis y entró. King levantó la cabeza unos instantes, mirándola de reojo. 

-¿Es que no le han enseñado que se debe cerrar la puerta? –le preguntó –Estoy empezando a pensar que igual la he admitido con demasiada alegría. No suelo andar muy despejado por las mañanas…

-¡P-p-perdón! –atinó a responderle una azorada Rebeca. Y cerró la puerta.

En cuanto la puerta se hubo cerrado, la clase se llenó de gente. Rebeca comenzó a sentir miedo, un pavor animal, e intentó abrir la puerta para huir. Pero la puerta no se abría. Intentó golpear el cristal, romperlo. Y tampoco funcionó. Era como dar puñetazos al cemento.

De repente, notó unas manos en sus hombros y no pudo evitar soltar un grito.

-Ahora ya eres de los nuestros, Rebeca –le dijo un tenebroso King, con el rostro medio desfigurado por una diabólica sonrisa –Absorberé tu creatividad y seré mejor.  Y te quedarás aquí para conseguirme más creatividad. Tu imagen alentará a más alumnos a caer en mis redes –Se carcajeó como un auténtico lunático frente a su presa más sabrosa y la obligó a sentarse. 
 
Le dio un espejo, un papel y un lápiz.

 
-Ahora, descríbete.


Y aunque Rebeca no quería obedecer, lo hizo. Se describió a sí misma como la chica idealista que era, rubia y normalita con una gran sonrisa contagiosa.

Tres meses después Alberto King sacó un nuevo libro titulado Rebeca, una obra que trataba sobre una escritora fracasada que terminaba en las redes de un asesino en serie.

Nadie volvió a ver a Rebeca fuera de ese aula, ni siquiera Marcos. Una nueva chica sustituyó su plaza. No la volvieron a nombrar, Marcos la fue olvidando poco a poco.




Y King se quedó allí, en su aula 209, esperando una nueva fuente de la que alimentarse, vampiro de talentos ajenos, para seguir viviendo otro siglo más.


2 comentarios:

  1. Eso le pasó a Rebeca por curiosa...jajaja
    Besos y salud

    ResponderEliminar
  2. Jejeje, no sé, todos somos un poco Rebeca, no? Nos tiran a un mundo lleno de fauces y tenemos que saber cómo librarnos, y nos vamos a llevar veintemil mordiscos para al final sucumbir.

    Besos

    ResponderEliminar