domingo, 3 de marzo de 2013

Cosas de médicos

La chica subió las escaleras lenta, tranquilamente. Podría haber cogido el ascensor pero, a su juicio, le habría restado intensidad. Quería sentir absolutamente todo, cada escalón, cada soplo de aire, cada persona que se cruzase, cada punzada en la planta de los pies.

No tardó demasiado en llegar a la azotea.

-Adiós. Me gustaría haberte disfrutado un poco más -dijo con la voz rota por los sozollos.

Y se tiró.

Jimmy se despertó asustado y sudoroso. Esa pesadilla era recurrente. Llevaba años reviviendo el suicidio de Elvira y no lograba superarlo. Se levantó, miró con hastío el último botecito de pastillas que le había encasquetado su psiquiatra, lo cogió y se dirigió al wáter. No se salvó ni una. Acto seguido, y en un acto de rabiosa impulsividad, arrojó el bote por la ventana entre abierta. Su puntería fue asombrosa. El bote salió disparado hacia el aire matutino. Pocos segundos después oyó su seco golpe al golpear contra la acera. Así debió sonar Elvira, pensó y se echó a llorar desesperadamente.

Se puso un café. Ese día tenía guardia en el hospital y necesitaba tener las pilas cargadas. Se preguntó si le diría algo a su psiquiatra o a su psicólogo de las pastillas arrojadas y decidió que no. De todas formas se merecía ese tormento. Era su castigo a cumplir.

Caminó hasta el hospital y comenzó a rememorar la historia de Elvira.

Era una chica, hermosa a su manera, de unos treinta años. Alta, morena, ojos negros, bonita figura. Su sonrisa contagiaba a todo el mundo. En seguida se granjeó el afecto de todas las enfermeras. Hablaba muy suave y su tono de voz era una delicada nota musical en medio del ruidoso caos. Solía pasarse los días sentada, leyendo. Esperando que llegasen las pruebas. Esperando que le dijesen qué le pasaba de una vez.

Primero fue una radiografía sospechosa sacada por el doctor Ulises en la que aparecía una mancha en el pulmón. Poco después una broncoscopia realizada por su mujer, Isabella, lo confirmó.

Elvira tenía cáncer de pulmón. Según el matrimonio y un par de especialistas oncológicos que vieron las pruebas, terminal. De hecho estaban sorprendidos de que la paciente se encontrara tan bien. Esperaban que necesitara oxígeno o estuviera muerta de dolor. Pero ella seguía como siempre, sentada pacientemente en su cama con un libro de la biblioteca entre las manos.

Cuando se lo dijeron aparentó tomárselo bastante bien. Se les quedó mirando, preguntó con voz queda: "¿Cuánto me queda?", y ante el "no lo sabemos"se encogió de hombros y, sorprendentemente, sonrío.

Tres horas después subió a la azotea del hospital. Todavía no se sabe cómo consiguió subir hasta ahi sin que nadie la parase. Y una vez arriba... se tiró.

Cuando le hicieron la autopsia resultó que estaba más sana que una manzana. Sus ahogos y el dolor recurrente en el pecho eran, con toda seguridad, ataques de ansiedad. No tenía familia y el caso quedó ahi. Nadie supo como pudieron confundir dos pruebas de un paciente enfermo con dos de un paciente sano. Todos convinieron en que Jimmy había sido víctima de un desgraciado error burocrático. Pero aun así él se quedó destrozado. Ya no pudo volver a ser el mismo. Habían pasado tres años y seguía jodido. Probablemente pasarían diez más y seguiría jodido. Con toda seguridad cumpliría ochenta años y continuaría jodido.

Jimmy se frotó ausentemente el rabillo de los ojos. Se miró las yemas y vio la humedad ahi plasmada. Estaba llorando y ni siquiera se había dado cuenta. Dejó el fonendoscopio colgado de una percha, la bata cuidadosamente doblada encima de la mesa de la sala de descanso que, milagrosamente, estaba vacía, se sirvió un café que tomó a pequeños sorbos y subió lenta, deliberadamente las escaleras que llevaban a la azotea del hospital.

-Lo siento mucho, Elvira -dijo, la voz ahogada por el llanto -Lo siento de verás.

Y se tiró.

-Qué fácil ha sido, ¿no, Isabella? -Dijo Ulises con sorna.

-¿Quién iba a pensar que el blandengue este aguantaría tres años antes de quitarse de en medio? Algunas personas son una caja de sorpresas -Isabella, ahora que ya no estaba cara a la galería, sonó fría, gélida. No parecía afectada por la muerte de su colega.  Más bien era como si al fin se hubieran quitado de en medio a un perro pulgoso y rabioso que no hacía más que estorbar.

-Bueno, pero al fin lo ha hecho. Hemos ganado, Isabella -Ulises sonrió y la besó efusivamente. Ambos parecían inmensamente felices.

-Sí -dijo -Y su puesto al fin es mío.

Y su fuerte risotada resonó en tenues ecos por toda la planta del hospital, poniendo los pelos de punta a todo aquel que la escuchó.

2 comentarios:

  1. Aquí el titulo de mi entrada encaja perfectamente ¿Verdad?...jajaja
    Niña, me ha gustado mucho, esa es una narración mas negra que el carbón...y me gustan mucho.
    Gracias guapa.
    Besos y salud

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  2. Me alegra que te haya gustado. Un beso :)

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