sábado, 16 de marzo de 2013

El gourmet perfecto I



Recordó a la tarotista por pura casualidad, casi una semana después. Iba a echar a lavar la ropa cuando esa tarjeta que tan descuidadamente se había echado al bolsillo cayó al suelo. Se la quedó mirando fijamente. Mapi seguía teniendo pesadillas del mismo estilo varias veces por semana y aun no había encontrado una solución. Tomaba somníferos, pero estos solo solucionaban temporalmente el problema. Dormía a gusto cuatro o cinco horas y volvía a empezar con esas malditas pesadillas.
Siempre eran mujeres, mujeres jóvenes pidiendo ayuda. El psicólogo que la llevaba actualmente le había insinuado si era posible que hubiera sufrido abusos sexuales durante la infancia, incluso la hipnotizó a ver qué salía con nulos resultados. Seguía siendo un caso sin resolver, un conejillo de indias extremadamente raro. Impulsivamente, tomó la tarjeta entre los dedos y marcó el número.

- Tarotista Esperanza del Sur, ¿digame? –le respondió una voz al tercer toque.

- Hola, buenos días. Verá, me llamo Mapi, estuve hace unos meses en su consulta, no sé si se acordará de mí –dijo, con voz entrecortada.

- ¿Mapi? ¿Podría darme su nombre y apellidos por favor? –Oyó de fondo una especie de teclado y se imaginó a una diligente recepcionista buscando sus datos como si no hubiera un mañana. La imagen mental de la recepcionista en una lucha desesperada contra el teclado y las bases de datos, tipo heroína de Hollywood, la hizo sonreír.

- Maria Pilar Beltrán Montañés.

- Ah, sí, ya recuerdo quién es usted. Alta, morena, ¿verdad? 

- Sí, la misma. ¿Podría darme una cita con la señora Esperanza, por favor? –Se preguntó cómo recordaban tan bien su físico. O tenían pocos clientes o había causado un gran impacto. Fuera como fuese, se sintió incómoda, espiada. En ese momento la invadió la extraña sensación de tener unos ojos pegados en la nuca y se volvió de repente, asustada. Tras ella solo encontró un pasillo donde, como era de esperar, no había nada. Suspiró. Invadida por la desesperación, se paso la mano por el cabello. Todo ese asunto la estaba enloqueciendo. 

- Tengo un hueco mañana a las tres de la tarde, ¿le parece bien? –contestó la recepcionista, casi de inmediato. Mapi calculó. Salía sobre las dos de la tarde e iba a ir muy justa de tiempo. No obstante, quería dejar ese tema zanjado cuanto antes.
- Igual llego sobre las tres y diez o y cuarto, ¿habría algún problema? –preguntó, esperanzada. Una parte de sí misma esperaba que le dijeran que sí, que había problema, que esos diez minutos eran vitales en su consulta.

- No, ninguno –le respondió la recepcionista-. Hasta mañana y que tenga un buen día, señorita Mapi.

- Lo mismo –Colgó. Las manos le sudaban y temblaban. Toda ella sudaba y temblaba. Se dejó caer sobre el sofá. Tenía la impresión de llevar semanas sin dormir. Puso un poco la tele tratando de despejarse y se tranquilizó un poco, pero no logró quitarse del todo ese nerviosismo que la invadía.

La primera alucinación sucedió el día que iba a ir a la consulta de tarot, poco después de levantarse. Tenía una humeante taza de café en un lado de la encimera y un generoso montón de albóndigas friéndose en la sartén. Oyó que sonaba el teléfono, apartó la sartén del fuego y fue a cogerlo.

Levantó el auricular y escuchó solo estática. Preguntó varias veces quién llamaba, todas sin respuesta, y estaba a punto de colgar cuando vio algo por el rabillo del ojo que hizo que se diera la vuelta de inmediato.

Ahí, encima de la mesa, justo en la mitad, había una enorme tarántula negra. Mapi siempre había tenido un pánico atroz a las arañas y se quedó paralizada. Ésta comenzó a avanzar poco a poco por la mesa, sus peludas patas haciendo un sonido apagado sobre el hule. Tap tap, tap tap. Desesperada, pensó que ese sonido sustituiría a las peticiones de ayuda en sus pesadillas. Lentamente, como si estuviera disfrutando, la araña se acercó hasta el borde de la mesa, levantó sus dos patas delanteras e hizo una especie de saludo, o tal vez una amenaza, según como se viera.

Sobresaltada, Mapi soltó un grito, cogió una enorme agenda de piel que tenía desde que era niña y se la lanzó. A pesar de lo que le temblaban las manos, dio en el blanco. La araña salió disparada hacia atrás, la agenda botó sobre ella y quedó a un lado, la tapa manchada de un asqueroso líquido blanco.
Sin soltar el teléfono, avanzó dos pasos. La araña estaba indudablemente muerta, aplastada contra el hule. Pensó que tendría que recogerla y un escalofrío recorrió su cuerpo. 

- Recuerda que una tarántula puede parecer inofensiva pero es una asesina mortal –la voz que escuchó al otro lado del teléfono sonó fría, distante. Era la voz de la mujer de sus pesadillas. La de la mujer joven que siempre le pedía ayuda. Y de repente Mapi, sin saber por qué, supo que esa mujer estaba muerta. 

Sin poder evitarlo soltó un grito. Un alarido de terror que rebotó por las esquinas desiertas de su casa hasta perderse en las paredes. Eso que pasaba no podía ser verdad. La gente no oía a los muertos. Eso solo ocurría en las películas.

- Esto es real, Mapi. Ten cuidado. Tal vez la persona más inofensiva es el peor de los asesinos.

El sonido de la línea interrumpida pareció despertar al mundo. Mapi percibió el sonido lejano del tráfico, que hasta ahora no se oía y se quedó mirando el teléfono, atraída por un morbo extraño. Asqueada volvió la cabeza a la mesa. Le iba a tocar recoger la araña muerta aunque no tenía ni idea de cómo lo iba a hacer. Dirigió la mirada a la agenda y comprobó con estupor que la mancha ya no estaba. Y la tarántula tampoco.


Diez minutos después una gran y vieja agenda marrón apareció entre la basura, de donde un mendigo se la llevó creyendo poder sacar unos euros por ella.

2 comentarios:

  1. Emoción, intriga, dolor de barriga...jajaja
    A ver que le dicen en la consulta...
    Besos y salud

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  2. Dolor de barriga? Jajajaja, tomo nota.
    Besos

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