miércoles, 20 de marzo de 2013

El gourmet perfecto II



La consulta olía fuertemente a incienso y se sentía mareada. Al otro lado de la mesa, una menuda mujer de unos cincuenta años la observaba, escudada tras la baraja.


-Hola Mapi, te estaba esperando –le dijo, apenas se hubo sentado-. Has tardado mucho en volver. ¿Cómo van las pesadillas?

-Peor –Sopesó por un segundo contarle lo de las alucinaciones, pero el asunto ya le parecía lo suficientemente extraño, increíble y absurdo de por sí como para encima añadirle más leña–. Ahora ni siquiera los somníferos me garantizan una noche entera. Llevo semanas sin saber lo que es dormir ocho horas seguidas.

Esperanza se la quedó mirando, la baraja pasando ociosamente de su zurda a su diestra. De improviso, dejó la baraja un lado y le cogió la mano.

-Creo que contigo será mejor el contacto –dijo -, y apoyando la diestra en el dorso, comenzó a acariciarle la palma con el índice de su zurda-. Preveo un gran peligro. Esa chica de tus sueños… No es nada malo, pero es mejor que no le hagas caso. Hay un hombre. Un hombre fornido, de bellos rasgos, seductor nato. No te acerques a él. Ese hombre es la muerte.

Asustada, Mapi trató de retirar la mano, pero la tarotista se la sujetó con una fuerza sobrehumana. 

–Hazme caso, Mapi. Huye mientras puedas. Abandona esta ciudad y las pesadillas dejaran de perseguirte. Y ten mucho cuidado: si dejas que las alucinaciones te visiten durante demasiado tiempo, acabarán contigo. Vete. Esta consulta no te la voy a cobrar.

Aturdida, Mapi dejó veinte euros en el bote que había a la entrada, en el que rezaba la voluntad, y salió escopetada de allí. Sin embargo, aunque a una parte de sí misma le gustaba creer, cara a la galería, que la mujer de la consulta estaba loca, su instinto más profundo le indicaba que debía hacerle caso. Más confundida aun que antes, no cayó en la cuenta de que no le había dicho lo de las alucinaciones hasta por la noche, mientras esperaba que el agua rompiera a hervir para prepararse una tila bien cargada. Y se quedó tan impresionada, que se le cayó el vaso que sujetaba de las manos y se hizo añicos contra el suelo, triste pantomima de la transformación que estaba sufriendo su vida.

Esa noche ni siquiera los somníferos le funcionaron. Morfeo, mostrándole su cara más cruel, ni tan siquiera le legó una hora de sueño reparador.

Pasaron los días y la cosa fue a peor. Tan solo dos días después de la consulta tuvo la segunda alucinación: creyó que un hombre con un delantal ensangrentado la estaba persiguiendo por la estación. Le entró tal psicosis que se lanzó llorando a los brazos del primer policía que encontró. 

Llamaron a una ambulancia y la trasladaron al hospital con un ataque de ansiedad de órdago. Seis horas después, con un buen colocón de lozarepam, la dejaron salir no sin antes recomendarle encarecidamente que visitara a su psicólogo antes de tres días. Y aunque Mapi estaba convencida de que iba a ser una solemne pérdida de tiempo, se sujetó prudentemente la lengua. Lo último que necesitaba era a un psicólogo del hospital mosqueado porque una paciente con supuestos brotes psicóticos se negaba a visitar a su psicoterapeuta.

Haciendo caso del consejo del médico de urgencias, no fuera que estuvieran siguiendo su caso con especial interés, visitó al psicólogo. Éste sopesó que podría ser estrés y le recomendó unas técnicas de relajación. Tres días después, practicando una de esas técnicas volvió a tener otra de esas alucinaciones.

La chica de sus pesadillas le hacía señas desde la puerta de su dormitorio. Y aunque no quería, como poseída por una fuerza extracorpórea, Mapi la siguió. La llevó por le pasillo hasta la cocina, que de repente se transformó en el oscuro sótano de sus pesadillas. De tres enormes ganchos de carnicero colgaban tres cuerpos inertes. Se giraron lentamente. El primero era la chica que la había llevado hasta allí. El tercero era una chica de unos veinte años, rubia, cuya cara mostraba un helado rictus de terror. El del centro era ella.



-Ten cuidado con ese hombre, Mapi. Ten mucho cuidado –La chica desapareció y un delantal ensangrentado ocupó su lugar. Diez segundos después el delantal también desapareció. Y Mapi, que ya comenzaba a no extrañarse por nada, fue directa a por la caja de los somníferos y se tragó tres de un golpe. Ni siquiera llegó a la cama: cayó inconsciente en la puerta del dormitorio, dónde despertó seis horas después con un fuerte dolor de cabeza y un gran chichón en la frente. No fue a revisárselo al hospital. No creyó que fueran a solucionarle nada.

El tiempo seguía pasando. Conforme pasaban las semanas, las pesadillas cada vez mostraban más y las alucinaciones ya no eran tan espaciadas como antes. Estaba empezando a tener varias por día. Mapi  se sentía destrozada física y mentalmente. Ya no tomaba somníferos porque no le hacían nada. No visitaba al psicólogo porque no le aportaba soluciones. No salía, no se divertía. Su vida consistía en ir del trabajo a casa y de casa al mercado a por comida. Últimamente estaba comiendo un montón de carne que el carnicero vendía ya rebozada: un día pechugas empanadas, otro albóndigas, otro hamburguesas… Era lo que le resultaba más rápido y fácil de cocinar. Además, un extraño antojo la dominaba. Solo le apetecía carne. Y solo carne de allí.

Meses después, un miércoles por la tarde (día que sabía llevaría grabado a fuego hasta el mismísimo día de su muerte), volvió a ver a la chica. Se le apareció en la televisión. Ahora está un periodista poniendo verde a fulanito y ahora una chica ensangrentada que te enseña los muñones de sus brazos y cae súbitamente fulminada por un hacha que le ha cortado las piernas al ras. 

Mapi ni siquiera se impresionó. Apagó la televisión y decidió salir a la calle. Había descubierto por pura casualidad que en la calle le sucedían menos episodios de este tipo y, como ya sabía que no eran reales, los controlaba mejor. Cuando notaba que le iba a dar, se sentaba en un banco o se quedaba mirando con fingido interés un escaparate hasta que se le pasaba. Y así iba sobreviviendo, día tras día, mes tras mes.

Ya en la escalera recordó que necesitaba reponer comida y decidió darse una vuelta por el mercado. Pasó por la verdulería y saludó a la verdulera, una chica majísima de unos treinta años que ya llevaba diez trabajando en ese puesto y se conocía a medio barrio. También se quedó mirando un rato la pollería, donde el nuevo aprendiz estaba recibiendo una bronca de la dueña por cortar mal un pollo y dejarlo destrozado. Y por la charcutería, donde las charcuteras, ociosas, charlaban de lo mal que iba el negocio.

Llegó a la carnicería esperando ver al chico que normalmente le servía, un chaval que no llevaba mucho tiempo pero se había hecho con una buena clientela a base de buen género a precio de saldo. Se encontró el puesto vacío y estaba a punto de volver a la pollería a por unas salchichas cuando la chica de sus pesadillas apareció súbitamente frente a ella.

Logró contener el grito sin saber cómo. Le estaba agarrando fuertemente el brazo y tiraba de ella hacia una puerta abierta, situada a la izquierda del puesto y medio disimulada por una fuente. Mapi intentó resistirse, pero la chica tiraba con tal fuerza de ella que comenzaba a hacerle daño. Finalmente, pensando que era una batalla perdida, cedió y se dirigió con paso lento hacia la puerta.

Allí dentro hacía frío y estaba oscuro. Una solitaria bombilla repleta de polvo iluminaba el largo pasillo. La chica caminó hasta el final de éste y se perdió en una de las puertas de la izquierda. Mapi la siguió, posó la mano en el pomo de la puerta y repentinamente un fuerte brazo le aprisionó el cuello. Notó como le colocaban un pañuelo tapándole la nariz y la boca. Trató de liberarse en vano y finalmente cayó inconsciente, cuan muñeca de trapo, frente a esa chica fallecida que nocesaba de gritarle, desesperada: -¡Huye Mapi!¡Huye mientras puedas!

Despertó y notó un ligero dolor en la espalda. Soltó un sordo quejido y abrió poco a poco los ojos. El mundo estaba del revés. Se agitó y el ligero dolor se transformó en una sinfonía de sufrimiento. Intentó quedarse quieta y vio, atónita, como el hombre que protagonizaba todas sus pesadillas estaba ahí, parado frente a ella. El mismo delantal ensangrentado, el pecho firme y plano, la barbilla con el hoyuelo y unos fríos ojos que la escrutaban desde la oscuridad reinante. Dio una luz y Mapi lo reconoció al instante: era el carnicero. Ese simpático chico que regentaba el puesto desde hacía un año y le vendía esas deliciosas carnes empanadas. Y las albóndigas. Y las hamburguesas. Sintió que se iba a desmayar y luchó contra ello. Si tenía alguna oportunidad de salir viva de allí, iba a necesitar estar cien por cien consciente de todo lo que ocurriera a partir de ahora, por duro que fuera.

Sabía perfectamente qué estaba pasando: estaba colgada de uno de esos ganchos de carnicero. Esos que veía en sus continuas pesadillas. El de la alucinación de su cocina. No quiso girar la cabeza pero estaba segura que los cuerpos que tenía a los lados eran exactamente los mismos. Ahora la comprensión iluminaba su mente. No eran alucinaciones: eran premoniciones. Y las pesadillas no eran manifestaciones inconscientes ni peticiones de ayuda, sino advertencias. Lamentó no haber hecho caso a la tarotista. Si hubiera huído, habría evitado esto. Lo que no entendía era por qué ella era la elegida. Ella y solo ella.

-Bienvenida a mi refugio –Le saludó. Su voz era grave y viril-. Te preguntarás que estás haciendo aquí. Vas a ser la protagonista de mi siguiente obra –Sonrió y la ausencia de sentimientos que traslució la dejó helada. 

Ya no albergaba dudas. Si no lograba escapar, no saldría viva de allí-. Pero primero será mejor que te explique todo. 

Verás –Se acercó a ella y le tapó la boca con cinta aislante-, desde que trabajo en este negocio, mi obsesión siempre ha sido conseguir el producto perfecto. La ambrosía. Una carne tan barata y sabrosa que nadie se resista a comérsela. Experimenté durante años con todo tipo de animales. Incluso los crié y maté yo mismo. Sin embargo, no conseguí un sabor significativo –Se paró y sacudió meditabundo la cabeza, como tratando de olvidar un litro de tragos amargos tomados a pequeños y torturantes sorbos-. Y entonces llegó ella. Tan menuda. Tan bella. Tan brutal. Olía tan bien… -El rostro se le iluminó con el recuerdo. Parecía un niño abriendo los regalos de navidad y Mapi no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la columna vertebral – Fue en diciembre. La asesiné. La despiecé y la hice asada. Su sabor era exquisito –chasqueó con deleite la lengua-. Probé a dárselo a algunos clientes a modo de test y regresaron en seguida pidiendo más. La calidad vende –Volvió a mostrar esa sonrisa carente de vida-. Pero yo sabía que faltaba algo. Un no sé qué. Conseguí una chica y un chico. Pronto descubrí que los chicos no sirven –Negó con la cabeza, tal que si lo lamentara de verdad –; y es una pena. Son un mercado potencial. Podría haber contratado un montón de aprendices que dejaran súbitamente el negocio al terminar los estudios –se encogió de hombros-. Mala suerte. Pero las chicas… las chicas sois una explosión de sabor. Vuestra carne es tierna, dulce, cálida. Entre los veinte y los treinta años tenéis la edad propicia para el consumo humano. Solo tuve que afinar el proceso –Soltó una carcajada-. Me volví loco tratando de encontrar el mejor método, ¿sábes? –dijo, riéndose–. Hasta que lo descubrí. Solo tengo que degollaros, dejar que vuestra última gota de sangre se derrame y vuestros cuerpos queden tiernos y vacíos, listos para mi arte. Es una lástima que vuestra sangre no sirva para morcillas -se quejó-, pero no se puede tener todo en esta vida, ¿verdad? –Volvió a sonreírle mostrando esa mirada vacua y Mapi volvió a estremecerse -¿A que te gustaron las albóndigas y las hamburguesas que te vendí? –Esta vez comenzó a reírse a mandíbula batiente –Y ahora, te saborearán a ti. Lástima que tú no podrás saborearte.

Apenas sintió el cuchillo cuando le sajó al yugular. La agonía no duró mucho. Tres días después, el carnicero tenía una oferta especial: si comprabas tres kilos de carne te regalaban uno.

A las cinco de la tarde de ese día, tuvo que cerrar. Se quedó sin existencias. Sin embargo, ya había echado el ojo a una nueva clienta. Se llamaba Sophie y estaba en la edad justa. Ah, iba a estar tan sabrosa…

2 comentarios:

  1. ¡Que rica debía de estar la hamburguesa de Mapi!
    Pero no podré probarla, para este momento Mapi debe de estar corriendo por las alcantarillas de la ciudad...jajaja
    Jo tia, me has dejado que no voy a comer carne en bastante tiempo...
    Besos y salud

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  2. Hala, hala, en cuanto monte una parrillada y te llegue el olorcito ya verás como te apuntas :P
    Besos

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