miércoles, 13 de marzo de 2013

El gourmet perfecto

Antes de dejar que os metáis de lleno en este nuevo texto, os comento que este relato lo voy a colgar en varias partes. Considero que un post demasiado largo da pereza casi hasta mirarlo y creo que mi post anterior ha sido demasiado largo. Personalmente, prefiero dividir mis escritos en varias partes con la intención de hacerlo más a ameno. Por supuesto, en estos temas, la última palabra la tenéis vosotros. Un saludo y gracias.



- Ayúdanos –susurró una voz femenina-. Por favor, Mapi, ayúdanos.

Mapi miró a su alrededor. Estaba muy oscuro, tenía frío y no sabía cómo había llegado hasta allí. Extendió los brazos a los lados, rozó con la punta de los dedos la pared izquierda y se pegó a ella.

- Ayúdanos –la voz ahora sollozaba-. Sácanos de aquí, por favor, por favor

La voz provenía del fondo y decidió avanzar usando como guía la pared. Iba arrastrando lentamente los pies, por si encontraba un escalón, pero el suelo estaba liso. Finalmente chocó contra algo que le pareció una puerta y buscó al tentón el pomo.

 
La puerta se abrió de golpe y salió una peluda mano que intentó arrastrar a Mapi dentro de esa sala. Aterrorizada, gritó y se echó a correr.

- ¡Huye, huye antes de que te mate, Mapi! 

Oía los tenues ecos de sus pasos rebotando contra las paredes. Finalmente resbaló en un charco y cayó cuan larga era. Palpó con cuidado el suelo. El líquido sobre el que había caído era viscoso y denso. Se levantó, asqueada. Comenzaba a ver algo mejor aunque seguía estando muy oscuro. El dueño de la mano no parecía haberla seguido y suspiró aliviada.

Volvió a buscar al tentón la pared y decidió retroceder. Debía salir de allí y avisar a las autoridades. La chica de esa sala estaba secuestrada y corría peligro, Mapi estaba convencida.

Comenzó a notar más claridad. Poco a poco comenzó a discernir mejor su entorno y se miró la mano. Ahogó un grito. Estaba cubierta de sangre a medio coagular. Su ropa también estaba repleta de sangre seca. Tuvo varias arcadas y las  controló como pudo. Miró nerviosa a sus espaldas, pero el camino seguía vacío. Se apresuró, caminando con pasos cortos y rápidos hacia la claridad del final del pasillo, pero cuando ya casi podía rozar la puerta de salida con la punta de los dedos, algo le tocó el hombro.
Mapi gritó aterrorizada. Otra cosa le tocó la cabeza, y otra su pie. Estaban cayendo cosas del techo. Miró al suelo y empalideció: estaba cubierto te extremidades amputadas. Manos, pies, brazos, piernas, incluso cabezas caían por doquier.

Un alarido de auténtico pavor escapó de sus cuerdas vocales. En ese momento, la misma mano peluda de antes le sujetó con firmeza el brazo y la obligó a volverse.

No quiero verlo, no quiero verlo, no quiero verlo pensó Mapi, desesperada. 


Fijó la mirada en el tórax del hombre que estaba frente a ella. Llevaba un delantal cubierto de sangre y fijó la mirada en él. No podía, no quería verle la cara. Sin embargo, el hombre extendió la otra mano, colocó un calloso dedo en su barbilla y le levantó el rostro poco a poco.

Ahora veía la parte media del tórax. Ahora el pecho plano. Ahora la nuez de Adán. Y ahora…
Mapi despertó de golpe, empapada en sudor. Se frotó los ojos, todavía medio dormida y los notó humedecidos. Había estado llorando mientras dormía. Se preguntó de dónde saldría un sueño tan perverso y decidió que prefería no saberlo. A saber qué cosas inconscientes guardaba para crear semejante esperpento.

Cuando notó que las piernas le habían dejado de temblar, se levantó y se puso una taza de cola-cao bien caliente. Eso la reconfortó, trago a trago fue soltando los últimos flecos del sueño y comenzó a sentirse un poco mejor.



 
Llevaba mucho tiempo sufriendo ese tipo de pesadillas y ya no sabía qué hacer para evitarlas. Ni siquiera los médicos, psicólogos y psiquiatras le habían podido dar un motivo o una posible solución. Recordó a esa tarotista que le había dicho que se avecinaba un gran peligro y suspiró. Pensaba que era una timadora del tres al cuarto, de esas que colocan sus consultorías y teléfonos casi en cada esquina, pero empezaba a plantearse seriamente el hacerle una visita.
Fue hacía el pasillo, metió la mano en el jarrón donde guardaba las tarjetas de contacto que le daban y sacó la de la adivina. Le dio varias vueltas entre los dedos, la mirada perdida, preguntándose por qué la guardaría.

Se encogió de hombros. La voy a llamar, se dijo, no creo que pierda nada por intentarlo. Se echó la tarjeta al bolsillo y se olvidó del tema.

2 comentarios:

  1. Yo creo que tienes razón en dividir un relato largo en varias veces, lo malo es recordarse de la entrada anterior, depende de la memoria de cada cual, supongo, pero un relato largo a veces, o mejor dicho, la mas de las veces la gente no suele estar dispuesta a darle el tiempo que necesita la lectura.
    Besos y salud

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  2. Se colgarán en varias partes, entoneces. Llevo idea de poner a cada uno que divida la etiqueta con el nombre del relato y cuando esté entero colocar un enlace directo a esas entradas en los recuadritos de la derecha -tengo una idea aproximada de cómo hacerlo, la cosa es que funcione, jeje-.

    Gracias por tu visita y tu consejo, Genín.
    Besos

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