viernes, 1 de marzo de 2013

El monje

El hombre caminaba en medio de la nada. Llevaba una especie de sotana con capucha y parecía recien salido de la edad media. Iba descalzo y mirar como iba dejando sus huellas sobre la nieve le daba casi más frío que el que ya estaba sufriendo por sí misma.

No era la primera vez que lo veía y se preguntaba que haría por allí. Nunca antes lo había visto y eso que donde vivía se conocían entre todos. No tenía conocimiento de que nadie nuevo se hubiera mudado, el dueño del hostal le había confirmado que no tenía ningún algún alquilado y ella siempre lo perdía a la entrada del pueblo. Era como si quisiera que lo viera pero no que supiera quién era, y semejante actitud la exasperaba.

Al parecer también tenía la extraña cualidad de cruzarse solo con ella. Ninguno de los vecinos que salían a dar el paseo matutino más o menos a la misma hora lo habían visto. Eso estaba convirtiendo al pintoresco personaje ya no en el enigma del año, sino en el misterio del siglo. A menudo Marieta se sorprendía pensando en él mientras hacía sus tareas diarias. El tipo se estaba convirtiendo prácticamente en una obsesión.

De él solo sabía lo que veía, que siempre iba así, descalzo, hasta la puerta del cementerio sin importar el frío o calor que hiciese. Luego daba una vuelta entre las tumbas, se paraba en unas pocas -vete tú a saber por qué- y salía.

Y conforme salía se le perdía el rastro. Ni siquiera lograba encontrar una mísera huella, y eso que los últimos días había estado nevando. Simplemente se esfumaba.

Marieta se ajustó la bufanda y decidió volver a seguirlo una vez más. No se atrevía a hablarle porque le daba un poco de miedo. Parecía anciano pero robusto y la capucha le ocultaba el rostro por completo. A veces se emparanoiaba y le daba por pensar que estaba loca por seguirlo, que algún día aparecería violada, estrangulada y desnuda en medio de alguno de los campos. Pero aun así la curiosidad le terminaba ganando la batalla.

Quería saber quién era el hombre de la capucha. Quería saber por qué siempre se lo cruzaba ella y solo ella. Por qué parecía provocarla para que fuera tras sus pasos. Por qué llevaban ya un mes jugando a esa especie de juego del gato y el ratón.

Lo siguió una vez más. De nuevo hasta la puerta del cementerio. Pero esta vez el hombre no entró. Se volvió y la encaró. Se bajó la capucha. Su rostro era anciano y enjuto. Llevaba una barba nívea de tres días y sus profundos ojos azules parecían estar por encima de lo humano y lo divino.

Le hizo señas con la mano para que se acercara y, aunque Marieta no quería, sus piernas tomaron vida propia y la fueron acercando, poco a poco, hasta él.

Ahi, parada frente a la puerta del cementerio, cayó de repente en la cuenta de que no tenía frío. Le extrañó pero no le dio más importancia. Tal vez las temperaturas ya estaban empezando a subir. Además, el hombre que tenía frente a ella le absorbía toda la atención. No podía apartar la mirada de sus intensos ojos azul tormenta.

- Hola Marieta - La saludó - Te estaba esperando.


- ¿A mí? ¿Por qué? - Le preguntó Marieta, extrañada.- ¿Nos conocemos de algo? - Y por un loco instante creyó que el hombre le respondería un escueto y sacaría un machete con el que le abriría una segunda boca en la garganta, antes de lanzarse como un loco a chupar toda la sangre que estuviera manando del tajo, que seguro no sería poca. Inconscientemente, trató de retroceder un par de pasos, pero sus piernas se obstinaron de dejarla ahi clavada, a un palmo de distancia del pintoresco personaje.


- Claro que nos conocemos. Pero dudo que tú me recuerdes. - El hombre le sonreía con ternura y eso la relajó. No lograba ubicarlo, pero ya no estaba tan a la defensiva como antes. Ahora le resultaba difícil imaginaro con un machete en las manos.


- ¿Y de qué nos conocemos? - Le preguntó. Porque a pesar de intentar recordarlo con todas sus fuerzas, no lograba especificar el lugar donde podría haberse cruzado con ese monje -cada vez estaba más segura de que era eso, un monje - y como era que éste la recordaba.

- Porque de mí saliste y a mí vas a volver -Le dijo el hombre. Y Marieta notó como un escalofrío le recorría la columna vertebral. De repente el hombre le resultó siniestro. Intentó huir pero sus piernas se negaron a responderle. Justo cuando estaba esperando que el hombre la atacara de algún modo se dio la vuelta.  - Sígueme - Le dijo. Y se internó en el cementerio.

Sin poder evitarlo, Marieta obedeció.

A mitad de una de las manzanas del campo santo, pudo ver a un gran grupo de gente. Al acercarse se dio cuenta de que los conocía y se preguntó que habría pasado. Parecía una misa funeraria, pero ella no recordaba que nadie hubiera muerto. A pesar de que nunca había sido creyente, se santigüó y se acercó corriendo.

Frente a ella vio un ataúd y una lápida. Se fijó en la lápida.

MARIETA GARCÍA UMBRAL
01/12/1958 - 01/03/2013
Descanse en paz.

Un grito desgarrador se le atascó en la garganta. Retrocedió dos pasos, tropezó y cayó entre los brazos del monje.

- ¿Me recuerdas ahora? -Le dijo - Soy la muerte. Y debo llevarte de vuelta conmigo.

Marieta asintió llorando. Tenía que cruzar, pero le dolía tanto...

Y así, abrazaba a ese hombre que tan delicadamente le había guiado, desaparecieron los dos en medio de quienes la estaban despidiendo.

A lo mejor si se te ocurre preguntar a los asistentes más sensibles, tal vez atinen a decirte que, en cierto momento, notaron un extraño escalofrío. Ese que se dice que se siente cuando la muerte ha pasado rozándote.





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