lunes, 11 de marzo de 2013

El niño


Armand se despertó asustado. La luz estaba encendida y la televisión soltaba la retahíla habitual de incoherentes anuncios. Un día más se había quedado dormido en el salón, viendo la tele. Miró el reloj: las cuatro de la madrugada. Calculaba que había dormido unas tres horas. Se sentía fresco y renovado. Sabía que no se sentiría cansado hasta las siete o las ocho, cuando ya tuviera que irse a trabajar. Llevaba años así. Se estiró y se puso el chándal. Después de años de insomnio una noche, harto ya de la mierda que emitía la televisión, decidió salir a dar una vuelta. Descubrió un parque cerca de su casa, el parque Castillo Palomar, y se dio cuenta que le relajaba darse una vueltecita por allí.

Al principio le dio respeto. Había muchos mendigos durmiendo entre los matorrales, a tramos estaba muy oscuro y tenía miedo de que alguien le atracara. Sin embargo, el relax que le producía fue ganando al miedo que le daba y hasta ahora no había sufrido ningún percance. Ese extraño paseíto nocturno se había transformado en algo habitual y, si no lo hacía, lo echaba de menos. Bajó las escaleras tarareando en voz baja torció en la esquina del bar Torete (que ya estaba cerrado), cruzó un par de calles y ahí estaba, su amado parque con sus farolas, sus pinos, y sus dos caminos asfaltados.

Entró y tomó el camino de siempre, el que iba por arriba y luego daba la vuelta por debajo y te dejaba justo en la puerta donde entraste, pero Armand nunca hacía ese recorrido. Ése era el fácil.

Armand seguía recto hasta que el asfalto terminaba y se convertía en un camino de tierra habitualmente embarrado por culpa de los aspersores. Luego bajaba a través del césped hasta lo que parecía la imitación de un teatro romano con sus bancos de piedra y sus pasillos con grandes escalones para bajar, así como un mini-escenario al final del todo, coronando el centro, con forma de aleta de tiburón. Normalmente bajaba esos escalones de piedra uno a uno y con sumo cuidado, rezando para no tropezarse en la oscuridad y aparecer desnucado a la mañana siguiente, torcía a la derecha y se sentaba en un banco de madera, frente a unos columpios que en ocasiones chirriaban levemente a causa de la suave brisa nocturna. Solía quedarse una media hora, sentado, mirando los columpios y los toboganes, simplemente disfrutando de la naturaleza. Luego retrocedía hasta el teatro y tomaba otro pequeño sendero de tierra que le llevaba hasta otra salida, que estaba justo frente a un inmenso hotel con un concesionario de coches al lado. De ahí salía a la avenida y un cuarto de hora después volvía a su casa, relajado y feliz.

Pero esa noche, al llegar al banco encontró algo extraño. Esa noche no estaba solo: había un niño en el columpio. Se frotó los ojos un par de veces, preguntándose si podía ser verdad, pero no desapareció. Estaba en el columpio, solo, mirándose los pies mientras se balanceaba suavemente. Incluso oía el chirrido de las cadenas, como confirmando la visión.
Dio un par de pasos más. No era normal que un niño estuviera ahí solo a esas horas. 

-¡Eh! –le gritó- ¿Te has perdido? El niño giró la cabeza y salió corriendo. Armand le siguió. 
 
-¡No quiero hacerte daño, solo quiero ayudarte! –le gritó. Pero no le sirvió de nada. El niño siguió corriendo como alma que lleva el diablo. Finalmente trepó a un árbol y se quedó sentado en una de las ramas altas, mirándole con temor.

-¡Vete! -gritó- ¡Déjame solo!

-No voy a hacerte daño –contestó Armand-. Solo quiero saber si te pasa algo. ¿Estás bien?

El niño se le quedó mirando con desconfianza. Al final debió decidir que Armand no le parecía una figura especialmente amenazadora, bajó del árbol y extendió la mano con solemnidad.

-Me llamó Julián y vivo aquí –le dijo-. No me he escapado, ni estoy perdido, ni tengo problemas. Pero no podía dormir y me aburría.

Armand le estrechó la mano. Le parecía una situación muy extraña. Pensó fugazmente en llamar a la policía, pero con la crisis muchas familias se habían visto abocadas a la calle. Además el niño tenía buen aspecto. Estaba limpio y aseado, parecía en su peso ideal y no se le veía ningún moretón ni nada que evidenciara que lo maltratasen. Sin saber bien qué decir, se le quedó mirando como un bobo hasta que el niño rompió el silencio.

-Y usted, ¿qué hace aquí a estas horas? –le preguntó-.  No parece un mendigo.

-No podía dormir y bajé a dar un paseo –contestó, encogiéndose de hombros- ¿Quieres volver al columpio? A mí me gusta sentarme en ese banco que está justo en frente.

El niño sonrió, asintió y le agarró la mano con su diminuta manita. Armand se sobresaltó un poco al notar la extrema frialdad de la mano del niño, pero no le dio más importancia. Caminaron despacio hasta los columpios y Julián se subió en el que estaba. 

-Me gusta este sitio porque es tranquilo –le dijo-. Me siento en paz. Y a ti, ¿por qué te gusta? –le preguntó el niño, clavando sus límpidos ojos azules en los marrón claro de Armand.

-No sé -le contestó. Y era verdad. Jamás se había planteado por qué iba hasta allí y solo hasta allí. Había columpios y bancos por todos los sitios del parque. Ahora que se paraba a pensarlo, era realmente extraño. – Supongo que porque me gusta –le respondió con simpleza-. Me atrae de alguna manera especial. Pero no tengo una razón específica.

El niño sonrió y Armand se quedó un poco aturdido. Aunque el crío aparentaba unos seis años, esa sonrisa le pareció de una persona más adulta, como si el cerebro de un cuarentón se hubiera quedado encerrado en el cuerpo de aquel chiquillo. Desechó la idea. Se estaba volviendo un paranoico.
Siguieron en silencio la media hora que estuvo allí, Julián balanceándose y Armand mirándole perplejo. Habría seguido allí más rato, solo por comprobar hacia dónde se iba el niño, pero tenía que irse a trabajar y necesitaba una ducha y un café. Se despidió con algo de pesar pero, justo antes de irse, se le ocurrió algo.

-¿Cómo dijiste que te llamabas? –le preguntó.

- Julián –le contestó el niño –Me llamo Julián.

-¿Y de apellido? –En aquel momento le parecía importante saberlo, no sabía por qué.

-Artiga. Julián Artiga.

-Encantado, señor Artiga –le dijo, para intentar hacerle sonreír un poco–. Suelo venir aquí casi todas las noches a la misma hora. Si vuelves a estar despierto y aburrido, ya sabes.
-Vale –le contestó el niño mientras le decía adiós con la manita. 

Cuando ya había recorrido medio camino de vuelta, Armand se volvió hacia los columpios. Se quedó atónito: el lugar estaba desierto.

Armand siguió yendo al parque todas las noches, pero no volvió a ver al niño hasta que, ocho días después, se lo encontró exactamente igual que el primer día, sentado en el mismo columpio.

-Hola Armand –le saludó -, ¿cómo estás?

-Bien, ¿y tú? Ya hacía días que no te veía.

Julián se encogió de hombros, una especie de ya ves. Armand se fijó que llevaba un moretón en un lado de la cara.

¿Y eso?- le preguntó, señalándolo- ¿Qué te ha pasado?

-Me caí. Estaba en uno de los muros de ahí arriba –Señaló con la manita a la parte de arriba del parque, donde las murallas de un viejo castillo asomaban amenazadoras –Y me tropecé. Me di un buen golpe. Pero ya estoy bien.

-¿Fuiste al médico? –le preguntó, ligeramente alarmado. Caerse desde tanta altura no era precisamente moco de pavo.

-Sí sí, mis papás llamaron corriendo a una ambulancia –le respondió el chico –.Me miró un doctor y me mandaron de nuevo a casa.

Armand se relajó un poco, pero no del todo. Algo no le cuadraba. Ese niño tenía un aura extraña. Y ese moratón no auguraba nada bueno. Se le quedó mirando, impotente por no saber cómo actuar. El crío tampoco parecía muy por la labor de iniciar conversación alguna. Volvieron a quedarse en silencio hasta que Armand se fue. Y nuevamente, cuando se volvió a mirar los columpios, volvió a encontrarlos vacíos.

La siguiente noche que vio al niño, el moratón había empeorado. Le cubría media cara y tenía sangre seca en el pelo. Esta vez no anduvo con rodeos.

-Julián –le dijo-, te voy a llevar a un hospital. Tienen que mirarte eso, ¿me entiendes? Tienes una herida muy fea.

-No voy a ir a ningún hospital –le respondió con firmeza -. Allí no pueden hacerme nada.

-No digas tonterías. Te mirarán los médicos, te curarán y volverás a estar sano y fuerte en poco tiempo. Venga, no me obligues a cogerte en brazos.

El niño se le quedó mirando fijamente y Armand retrocedió dos pasos, asustado. Los ojos de Julián se habían vuelto rojos de repente y sonreía de una forma muy extraña.

-¿De verdad piensas que podrás cogerme y sacarme de aquí? –le preguntó amenazadoramente- ¿Por qué no lo intentas?

Armand comenzó a temblar. Estaba asustado, muy asustado. No sabía qué hacer. Le entraron tentaciones de dar media vuelta y salir corriendo. Julián avanzó un paso hacía él y él retrocedió otro. No quería acercarse a ese niño. No le parecía una persona “normal”.

-¿Ya no me das la mano? –le preguntó con sorna- ¿Ya no tienes deseos de cogerme en brazos? ¡Qué lástima! –exclamó- No te iba a hacer daño, ¿sabías? Solo te habrías quemado la mano. Pero tú solo. Sin que yo hiciera nada. ¿A que no sabes por qué?

-¿P-p-p-por qué? –le preguntó Armand. Había retrocedido varios pasos más sin darse cuenta. El moretón que el chico llevaba en la cabeza había cambiado. Ahora era una herida abierta por la que se le veía la masa gris de su cerebro latiendo. Su sonrisa estaba sangrienta y desfigurada, su voz enronquecida.

-Porque estoy muerto –le contestó-. Morí aquí. Y soy el dueño de este lugar. Solo quise… darte la bienvenida.

Armand se quedó paralizado. No podía moverse. Ese cerebro suyo latiendo uniformemente era hipnótico. La sonrisa sangrienta. La cara desfigurada. El lacio pelo rubio colgando del lado derecho, sucio de tierra.

-Y ahora, si no quieres morir, ¡corre!

Armand salió de su parálisis y echó a correr. Volvió la cabeza un par de veces. La primera vio al niño ahí parado, bajo una farola, con su espeluznante sonrisa, un ojo más salido que el otro, diciéndole adiós con la mano. La segunda vez, el sitio estaba vacío.

Frenó de golpe, esperando encontrarse al niño frente a él, pero no había nadie. Estaba solo. En ese momento oyó un disparo y volvió a correr. Salió sin resuello del parque y llegó a casa medio ahogado. Le dolía el pecho y la barriga, las piernas le ardían. Creyó que moriría de un infarto.
Una ducha y un par de cafés después, se sentía un poco mejor. Evaluó lo sucedido. Me he vuelto loco, se dijo, la falta de sueño finalmente ha terminado con las pocas neuronas sanas que me quedaban. Estoy tarumba, eso es lo que ha pasado. Pensó si debía ir a un psiquiatra y ya estaba encendiendo el portátil para encontrar alguno con buena fama en su ciudad cuando se le ocurrió algo.

Abrió el buscador. Julián Artiga, tecleó. Vio un montón de resultados positivos de toda clase de gente y decidió afinar un poco la búsqueda. Julián Artiga, parque Castillo Palomar. El primer enlace que vio tenía la foto del niño que había estado viendo esos días y lo abrió, la mano temblándole levemente.

ANIVERSARIO DEL TRÁGICO ACCIDENTE DEL PARQUE CASTILLO PALOMAR
Hoy se cumplen 100 años de la muerte del niño Julián Artiga. Al parecer, en un descuido de sus padres, se coló en las ruinas del antiguo castillo que allí se asentaba y cayó desde una altura de tres pisos, muriendo en el acto.
Los destrozados padres denunciaron al dueño del terreno, Paul Mc Gauss, exigiéndole que cercara eso para que no volviera a pasar. Al parecer, Mc Gauss, fuertemente afectado por el incidente, llegó a un acuerdo extrajudicial por el cual no solo les concedía una más que generosa indemnización, sino que se comprometía a derribar los restos del castillo y limpiar el terreno para evitar que algo así volviera a suceder.
Un año después, con el terreno ya limpio y atormentado por los remordimientos, Mc Gauss decidió construir un parque.
-No puedo devolverle la vida al pobre Julián –contó un afectado Mc Gauss a la prensa -, pero si conseguir que otros niños recuerden este sitio como una fuente de felicidad y no de peligro y drama.
99 años después, el parque Castillo Palomar sigue siendo una gran fuente de entretenimiento para los niños del barrio y una placa conmemorativa recuerda la tremenda desgracia que allí aconteció.

Armand miró la placa con unos ojos como platos. Estaba en el suelo del escenario con aleta de tiburón. Era como si Julián le hubiera estado atrayendo hasta allí a propósito. Pero, ¿por qué?
Estuvo varios meses preguntándoselo. Se convirtió en su tormento y obsesión. Intentó volver al parque varias veces y tuvo que volverse, aterrorizado. Seguía recordando la sonrisa sanguinolenta y el cerebro. Ese maldito cerebro latiendo entre los bordes blancuzcos de su cráneo destrozado. Tenía continuas pesadillas y ya no lograba dormir ni tan siquiera dos horas seguidas. Estaba física y mentalmente destrozado.

Un buen día, al regresar del trabajo, encontró una hoja de periódico pulcramente doblada metida en su buzón. Estuvo a punto de tirarla hasta que vio que tenía una frase en el borde exterior: de tu amigo Julián, rezaba, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Con manos temblorosas, desdobló la hoja. 


INCIDENTE EN EL CASTILLO PALOMAR
El jueves, sobre las cinco de la madrugada, ocurrió un desgraciado incidente en el interior del parque Castillo Palomar. Algunos mendigos llamaron alarmados a la policía, gritando que había disparos. Cuando los agentes se personaron en la zona se encontraron con S.G, una chica española de 22 años, muerta con tres balazos en el pecho y a un conocido camello de la zona, T. F, también español, malherido unos metros más allá.
Al parecer ambos quedaron allí para realizar una compra-venta de droga y S.G, poseída por el mono, a ver que no tenía dinero suficiente intentó atracar a T.F, quien al ver que no tenía escapatoria, respondió a los disparos.
T.F, malherido, trato de arrastrarse lejos del cadáver de S.G, con intención de huir, pero se desmayó a los pocos metros.
T.F se encuentra ingresado muy grave en el hospital. Si se recupera, será detenido y puesto a disposición judicial.

Al pie de la página, con la misma menuda letra que habían usado en el borde exterior,  ponía: duerme tranquilo. Solo te he protegido. Soy el dueño, pero no puedo evitar estas cosas.
Armand subió a su casa, con la hoja en la mano. La miro dos veces, la colocó en una fuente de cristal y la quemó en la fregadera. Tiró los restos por la ventana, echó la fuente directamente a la basura y se desmayó.

Lo encontraron vagando por las calles una semana después, medio desnudo, sucio y maloliente. Le examinaron en el hospital, donde dijeron que estaba en perfectas condiciones físicas y fue remitido a psiquiátrica. 

Actualmente se encuentra ingresado en el Sanatorio Virgen del Pilar donde, según los trabajadores, lo único inteligible que dice es: yo nunca conocí a Julián.

4 comentarios:

  1. Menudo relato, es mas negro que un saco de carbón...
    Lo de los sesos palpitantes me dio repelús...jajaja
    Besos y salud

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  2. Bueno,la idea es escribir bien y causar miedo, con eso me conformo.
    Besos, Genín

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  3. qué terror, y es que los niños a veces dan miedo eh? yo tengo pesadillas con ellas, eso si, no tan terribles como esto , Enhorabuena

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  4. Muchísimas gracias, me alegra conseguir entretener a la gente :)
    Un saludo

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