domingo, 14 de abril de 2013

Justicia Poética I



Por suerte, nunca pegó a mi hija. Tampoco se lo hubiera consentido, desde luego que no. Sin embargo, me odiaba con toda su alma. Y ese odio se extendía a su hija. Jamás le vi meciéndola entre sus brazos, ni pasando tiempo junto a ella. Era un adorno más, como la mesita de noche, las sillas, los platos o la televisión. Algo que hacía ruido, consumía su dinero en accesorios absurdos y debía ser atendido las veinticuatro horas del día… por su madre, claro, la culpable de todo. Él se limitaba a hacerle carantoñas y muecas cuando alguno de sus amigos venía a pasar la tarde. Se limitaba a fingir un afecto que nunca sintió.

Estuve así mucho tiempo, muchos años. Soportaba palizas que deberían ser pasadas en cama, pero esos lujos no estaban hechos para mí: mi deber era atender la casa, a nuestra hija, poner cara amable a las visitas que loaban a mi marido como si fuera el mejor hombre del mundo y servirle en todos los aspectos de su vida. Era algo así como su asistenta, una sirvienta especial, pues el anillo que lucía en el dedo indicaba pertenencia. Era mi dueño. Podía hacer conmigo lo que quisiera. Podía organizar mi aspecto y mi vida según le pareciera.

Así fue pasando el tiempo, paliza tras paliza, hasta que una tarde me sentí vieja, cansada, harta de la vida, de mi situación. Nos encontrábamos en un centro comercial. Ni siquiera recuerdo por qué estábamos allí. Sólo recuerdo que de repente un ojo crítico se despertó y me vi ahi, en medio de la gente, desentonando. Sentí una suerte de cosquilleo, rabia quizá, y la necesidad de un cambio llenó mis venas de una furia incontenible. Pensé que para lograr librarme de él debía provocarlo, conseguir que se enfureciera en público. Maldigo la hora en que se me ocurrió. La imagen más nítida que tengo es la de la mano de Nell, que se separó de la mía en un tirón y fue reemplazada por los gritos de Dick. Toda mi visión se limitaba a su cara desencajada, a sentir su agrio aliento en mi rostro, a notar como sus puños laceraban mi carne una y otra vez. Perdí la consciencia. Cuando desperté estaba en la camilla de un hospital, con un brazo y una pierna escayolados, la cara hinchada, el cuerpo amoratado. Según me contaron, Dick tuvo que ser reducido por seis policías. Aún así les costó. Mi hija fue atendida por los médicos. La llevaron a la guardería del hospital y no me dejaron verla hasta unos días después. Creyeron que, si la pobre niña me veía en ese estado, se habría llevado un susto monumental.

Cuando me dieron la baja, mi madre movió hilos (he de reconocer que tenía muy buenas influencias) y en menos de un año estaba legalmente divorciada. Todo lo que antaño fue de Dick pasó a engrosar mi cuenta corriente. Las cosas mejoraron. Los dolores crónicos que sufría desde no sé cuánto tiempo fueron disminuyendo. Hasta que llegó un día en el que se esfumaron sin más. Y me sentí como una mujer fresca y renovada. 

Nell fue creciendo, se transformó en una hermosa jovencita que despertaba la admiración de todo el mundo no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia. Fue entonces cuando descubrí que los recuerdos rezumaban a través de las paredes de mi hogar. Eran un lastre que aun arrastraba. Intenté controlarlos como pude, pero eran demasiado fuertes. Me provocaban un dolor mental difícil de describir. Hasta que, finalmente, y con todo el dolor de mi corazón, opté por la única solución que se me ocurría: decidí cambiar de hogar.

Comencé a mirar pequeños apartamentos situados en las afueras. Nunca me gustó el ruido infernal de la ciudad, su polución, la forma con la que obliga a los sufridos ciudadanos a acatar sus normas destruyendo su felicidad y devorando su libertad. Tuve suerte. Mucha suerte. Demasiada. Al segundo día de búsqueda encontré el lugar perfecto, una pequeña casita en Lars que me apasionó nada más verla. Sus blancas paredes, sus hermosas vistas y su silencio llenaban mi alma de algo indescriptible, incorruptible.



Al poco de entrar lo primero que hice, sin preguntar siquiera,  fue sacar un cheque ante la atónita mirada del vendedor, que aún se quedó más sorprendido cuando, al aceptarlo, mi reacción fue la de lanzarme a su cuello y darle un largo y apretado abrazo. Creo que la felicidad me había emborrachado y a pesar de que Nell todavía estaba en el extranjero a causa de un intercambio en su centro de estudios, decidí trasladarme ipso facto.

Hice las maletas, puse el cartel de “se vende” en mi antiguo hogar y en un suspiro me planté allí.
Apenas había una nevera, una mesa con dos sillas y una cama. Reinaba una austeridad demente que me encantaba. Era mi sitio, el lugar que durante tanto tiempo anhelé.
Sin embargo, poco habría de durar mi alegría.



2 comentarios:

  1. Pobrecita, por lo visto le espera mas amargura...
    Besos y salud

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  2. Quién sabe, la vida da muchas vueltas.

    Besos, Genin

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