lunes, 15 de abril de 2013

Justicia Poética II



Esa misma noche empezó todo. Las malas noticias, los sucesos inesperados, mi malestar, mi tortura. Tumbada en la cama, escuchando el ulular del viento, me sentía observada. Notaba otra presencia. Tenía la sensación de estar siendo vigilada. Y efectivamente, descubrí que así era. Al saber que habían escapado tres presos de la cárcel del condado de Marx, las piezas encajaron. Y cuando Dick me rodeó el cuello con sus gigantescas manos; ni siquiera me sorprendí. Y creo que eso me salvó la vida. Mi reacción le pilló desprevenido. Quizá esperaba que gritara, que opusiera resistencia. Pero yo ni siquiera me moví. Y mi reacción le provocó tal sorpresa que fue incapaz de reaccionar. Bajó la guardia, me zafé de su abrazo mortal y aproveché la confusión para darle en la cabeza con el objeto más cercano. Es gracioso, ¿sabe? Ni siquiera recuerdo con qué le di. Tan sólo tengo grabado el sonido de un ¡dong! apagado, como una campanada mal dada, y cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, lo vi tirado en el suelo cuan anciano decrépito y tomé la mejor decisión de mi vida: esta vez no sería yo la torturada. Dick iba a tomar de su propia medicina.

Lo até a una silla y esperé pacientemente a que abriera los ojos. ¡Ah, tardó tanto en despertarse! Durante la espera creí desfallecer de impaciencia. No podía estarme quieta. Paseaba de un lado a otro de la habitación escuchando como los ecos de mis tacones llenaban hasta el último rincón de la casa, y estaba a punto de tomarle el pulso, pensando que la justicia poética no estaba hecha para mí, cuando comenzó a moverse, a abrir los ojos. ¡La sorpresa que tuvo al verse atado e inmovilizado! Su mirada lo decía todo.

Estaba amordazado (no quería oír nada de lo que quisiera decirme) y luchaba cómicamente por liberarse de tamaña tortura realizando una suerte de aspavientos que, de seguro, eran una buena retahíla de insultos hacia mí. Por mi parte, preferí proceder con mis planes lentamente: primero le quemé con cigarrillos. ¡Cómo botaba! Era gracioso, tremendamente gracioso. Espero que con eso recordara la de veces que he lucido ampollas por su culpa, la de lágrimas derramadas por las quemaduras de sus mecheros. Después le azoté. Fabriqué un látigo casero con un cinturón y funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! Sus chasquidos eran música celestial. Pronto su espalda quedó transformada en un sangriento mapa.

No puedo decirte todo lo que le hice paso por paso porque el éxtasis ha borrado casi todo. Solo puedo afirmar que estuve una semana moliéndolo a golpes. Eso era lo que se merecía; su justo castigo. Y lo más gracioso era que no sabía de qué forma acabar con su vida. Por un lado, no quería estropear el apartamento. Y tampoco me parecía inteligente armar jaleo. Los pocos vecinos que tenía estaban a una distancia más que prudencial, pero nunca sabes la de casualidades que pueden pasar. Tras mucho pensar, el plan que me pareció más factible fue el de cortarle las venas y ver cómo se desangraba. Erauna muerte lenta y silenciosa. La clase de justicia poética que se merecía.

Puse telas por todo el suelo (las manchas de sangre son difíciles de quitar), cogí un cuchillo y lentamente le fui trazando una línea vertical por el brazo observando, con sumo placer, cómo el pánico iba cobrando forma en su rostro. Ahora iba a saber cómo me sentí yo durante todos los años que me maltrató. Lo iba a saber con todas las de la ley.

Una vez terminados los cortes, me senté frente a él y observé, relajada,  cómo su vida se extinguía, cómo le invadía el miedo al comprender la resolución de mi mirada.
El resto de mi historia ya la conoce, señor Leigman. Me detuvieron y me trajeron a este antro de locos, donde llevo años con unos tratamientos que, a pesar de su nulo resultado, no varían; sin ver a mi hija (que al parecer lloró amargamente en el funeral de su querido padre, toma noticia) y con sus sesiones semanales de terapia que sacan continuamente la misma mierda que, por cierto, cada vez huele peor.
 Supongo que algún día me permitirán pisar la calle, digo yo, aunque tampoco me importa no poder pisarla nunca más. Qué más me da.
-¿Por qué sigues disfrazando la realidad, Jane? –preguntó Leigman con asombrosa tranquilidad-. ¿Por qué no aceptas que simplemente le mataste porque sí? Nunca te hizo nada, nunca despreció a tu hija, ni siquiera tienes las cicatrices que me nombraste. Mira, tu brazo está limpio, ¿por qué mientes?

Jane soltó una carcajada, una suerte de grito histérico que resonó por toda la estancia y heló la sangre de los presentes

-No lo entendería –dijo–. Ninguno de ustedes lo entendería. Mi misión es acabar con todos los hombres del mundo. Mi destino es acabar con vuestro sino. ¡Vigile sus espaldas, señor Leigman! ¡Vigílelas bien! ¡Un día puedo escapar!

Leigman sacudió la cabeza. Nada se podía hacer con las personas como ella, salvo retenerlas y controlarlas. Que ella se escapara sería un gran desastre. Alguien como Jane suelto por las calles se convertiría en un peligro. Era extremadamente inteligente. Sería muy difícil volverla a pillar.

Salió de la estancia tirando sus apuntes en la papelera más cercana. De nada servían. Los casos perdidos eran sólo eso, fracasos sin solución.

Esa noche, tumbado sobre la cama de su tercer piso en la calle Wellington y retenido por los brazos de Morfeo, Leigman soñó con ventanas abiertas y sintió, casi físicamente, como un viento refrescaba su asqueada mente.

Ese mismo viento hacía ondear las cortinas de la celda de alta seguridad en la que Jane debía encontrarse, pues ahora estaba vacía, y todo el rastro de presencia humana era un mensaje, apenas reconocible, escrito en una de sus esquinas, que agoreramente rezaba: justicia poética.

4 comentarios:

  1. Es curioso, nunca se me había ocurrido cortar las venas longitudinalmente...
    Besos y salud

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  2. Pues... mmm, tal vez no debería decir esto, pero es el método más efectivo cuando te quieres suicidar. Si no las cortas a lo largo, las cosen y te salvan.

    Besos

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  3. Buen relato, amiga...letras intrigantes...Besos para ti.

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