sábado, 13 de abril de 2013

Justicia Poética

-En una tarde de agosto nos dimos el sí quiero –dijo Jane con una sonrisa–. Dick era maravilloso. Lo amé siempre y lo sigo amando. Lo amaré hasta mi muerte, supongo, pero Nell era demasiado importante como para apostar y arriesgar.

Mientras comentaba esto jugueteaba nerviosa con un mechero que giraba y volvía a girar como perdida en el blanco de su dibujo, expresando una inquietud que no reflejaban sus palabras.

-Y bien señora Bord, ¿por qué no apostó? -Preguntó su oyente, con las cejas arqueadas.
-¿Y por qué debo contárselo? –replicó enfurecida-. ¿Quién es usted para tratar de escarbar en mi vida?
-No soy nadie, y no quiero que me cuente aquello que no desea contar. Debe contar lo que usted quiera, no lo que yo pida –contestó el menudo hombre de gafas; y de nuevo demostró saber perfectamente lo que hacía porque a Jane, tras unos segundos de indecisión, se le desató la lengua y comenzó a contar su pasado. Aquella vida que dejó y que le había convertido en la persona que ahora era.
-Bueno, siempre fui una mujer extrovertida, ¿sabe? Siempre logré acercarme a quien quise, ser amada por quien deseé, rodearme de quien me dio la gana. Era y soy una mujer de gran éxito social. Solía moverme (y me muevo, de hecho) por los ambientes más selectos de la ciudad, pero también me gusta descender a las cloacas: Quién sabe donde estará la persona más importante de tu vida. Quién sabe lo que debes y lo que no debes aprender.

Un día, en una fiesta de las muchas que mi madre organizaba, me lo presentaron. Era un hombre alto, atractivo, de cautivadora sonrisa, mirada traviesa y verbo fácil. Me gustaba, sobretodo, por su cultura, su liberalismo moderado. 

Parecía alguien salido directamente del cielo, una especie de divinidad mezclada accidentalmente entre mortales. 

Todo fue muy rápido, eso es lo que creo. Incluso me atrevería a afirmar que fue un flechazo. Conectamos casi al instante. Estoy firmemente convencida de que, si esa misma tarde me hubiera pedido matrimonio, le habría dado el “sí, quiero” prácticamente al instante. Sin embargo, nuestra sensatez nos llevó a escoger el camino diplomático. Ese socialmente aceptado que indica que lo mejor es ir paso a paso: comenzamos a quedar en diversos sitios, coqueteando, demostrando poco a poco nuestra mutua atracción; poco después iniciamos algo más formal; unos meses más tarde se lo presenté a mi familia; finalmente, me propuso matrimonio y, seis meses después, en cuanto estuvo disponible la iglesia, nos casamos. 

La boda se produjo un hermoso día de agosto. ¡No se puede imaginar el calor que hacía! La iglesia parecía un horno. Irónicamente, ahora, desde la distancia, pienso que emulaba el infierno en el que mi vida se transformó después. Me parece que es la mejor metáfora que puedo usar, dadas las circunstancias. 


Al principio era un hombre cariñoso y amable. Nada más abrir la boca, él me traía corriendo aquello que le había pedido. También era extremadamente divertido. Los ataques de risa que me provocaba se hicieron legendarios. Más de un vecino escucho mis locas carcajadas provocadas por sus ocurrencias. Estaba deliciosamente loco, y me encantaba. Pero luego se transformó en alguien huraño, introvertido, mudo. Se transformó en un absoluto desconocido. Me prohibió hablar con hombres. Los celos le consumían día a día y llegó a tal punto que intento retirarme totalmente de la vida social y encerrarme en la casa como si fuera una jaula de cristal. Evidentemente, no lo consiguió. ¡Ja! ¡Buena soy yo! Y, sin embargo, acepté las palizas de buen grado. Me las merecía. Era un justo castigo.



Mire, ¿ve esta cicatriz del codo? Fue por freírle demasiado la carne. ¿Y esta marca de aquí, la de la barbilla? Me golpeó contra el borde de la piscina por estar en biquini, aun siendo el patio interior de casa.

 - ¿Y por qué no lo dejo? –espetó el hombre, que ahora se encontraba repantigado en el sofá-. ¿Por qué no se marchó sin más? Tenía posibles. Y su familia la habría apoyado.
-Porque le amaba. Y ya sabe que hay amores que matan.
Justo cuando las cosas empezaron a ser insostenibles y comencé a barajar seriamente la posibilidad de abandonarle, llegó Nell. Mi pequeña y dulce Nell. Pensé que sería un lapso de unión. Nada más lejos de la realidad. Le dolió que fuera niña. Le dolió no tener un varón al que aleccionar. Y las palizas empeoraron.

2 comentarios:

  1. Claro, con los delitos que cometía ella, como no le iba a zurrar la badana, es que...jajaja
    Este relato promete...
    Besos y salud

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  2. Ya seguiré colgando las continuaciones.

    Gracias por estar siempre ahi, Genin.

    Besos

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