miércoles, 24 de abril de 2013

La apuesta



Sucedió a mis trece años. Estaba bebiendo junto a Efraín, Javier y Laura en el Parque del respeto. Estábamos bastante bebidos cuando fijamos la mirada en la gran figura gris del edificio Expo Empresariales. Por aquel entonces, el lugar estaba prácticamente en ruinas. Todas sus ventanas estaban rotas y tapadas con tablones clavados, la fachada estaba desconchada y completamente cubierta de grafitis y la única entrada al edificio estaba cerrada por una gruesa cadena roñosa cerrada por un enorme candado oxidado.

El edificio Expo se había convertido en sombra de lo que fue, fiel reflejo de la crisis que vivíamos en aquel momento. Lúgubre, decrépito y oscuro daba, en general, si no miedo, si bastante respeto.

-Apuesto a que no os atrevéis ninguno de los tres a dormir la mona ahí dentro –soltó Efraín como si tal cosa.

-Ya, qué listo, nos picas y tú te libras, ¿no? –respondí, con una pícara sonrisa en los labios.

-¡Bah! Si entramos varios juntos, la apuesta no vale. A esos sitios se entra solo –remató Javier, que ya tenía la cara muy roja y sudaba profusamente.

-¿No estaréis hablando en serio con eso de entrar ahí? Lleva años abandonado y está cerrado con una cadena más gruesa que mi muñeca. A saber cómo estará por dentro, ¿es que queréis mataros? –dije, al ver que la cosa empezaba a tornarse seria.

-Eres una miedica –saltó al instante Laura- Lo que pasa es que te da miedo pasar la noche ahí dentro y buscas esa excusa.

-No, solo digo que…

-¡Buuuuuh!¡Gallina!¡Co co co co cooo cooo! -exclamaron los tres, al unísono, al tiempo que andaban a mi alrededor como pollos sin cabeza.

-… Está bien, está bien, me uno a la apuesta, ¿cómo pensáis decidir quién entra?

-¿Y si lo echamos a suertes? –resolvió Javi–. Lanzamos una moneda y el que acierte, se salva.

Aceptamos todos. Varios lanzamientos después estábamos los cuatro frente a la gruesa cadena, Javi y Efraín con sendas piedras gigantescas en la mano. Estaba temblando de frío y nerviosismo, cagándome en mi mala suerte y rezando entre dientes para que no lograran romper la cadena.
Vanas esperanzas. Se nota que Dios sabía que no soy muy creyente. La cadena cedió al segundo golpe. Estaba tan oxidada que casi se deshacía en las manos. La puerta se entreabrió suavemente, lanzando un breve chirrido de protesta, y un aire viciado nos azotó la cara.

-Ya sabes –dijo Efraín-. Hasta las siete de la mañana, ¡gallina!

Me adentré en la reinante oscuridad escuchando a mis amigos cacareando como gallinas cluecas. Y, si tengo algo claro, es que me arrepentiré toda la vida de haber cedido a la presión de grupo.
El suelo, embaldosado y polvoriento, tenía varias baldosas rotas que cedían a mis pasos. No sé por qué tenía un mechero en el bolsillo y lo utilicé para iluminar el sitio. Lo primero que me llamó poderosamente la atención es que el interior estaba intacto. No había grafitis, ni muebles rotos. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo, pero hasta las lámparas conservaban las bombillas que les fueron puestas en su momento. 

A través de unos tablones vi filtrarse los tenues rayos de luna y decidí intentar quitarlos. Estaban podridos y me clavé unas cuantas astillas en las palmas, pero logré dejar libre una ventana. El fresco aire nocturno refrescó mis sudorosas mejillas y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Tendría que haberme cogido una cazadora, pensé.

2 comentarios:

  1. Pero esos escalofríos de mieditis no se quitan con una cazadora...jajaja
    Besos y salud

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  2. Jo, pobrecica, que ya no tiene suministro de alcohol y hace frío :P

    Besos

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