sábado, 10 de octubre de 2015

50 cosas sobre mi

Bueno, hace poco vi que muchos bloggers se están apuntando al 50 cosas sobre mí. Supongo que yo llego cuando ya se ha pasado de moda. La verdad, dudo mucho que os interese, así que si os queréis pasar el post por el forro, tenéis mi permiso.

Empezamos.

1)Me preocupa terriblemente lo que piensan los demás. Eso me ha incapacitado para ser yo misma en muchas ocasiones.

2) Cuando discuto o tengo algún tipo de problema puedo pasarme días y días dándole vueltas. Me cuesta mucho olvidar esas cosas y me termino sintiendo bastante mal.

3) Empecé a escribir de forma más o menos asidua con 13 años, tras ser victima del acoso psicológico de la mayoría de mis compañeros de instituto. Esto amargó mi adolescencia y provocó que pasara años con tendencias suicidas(aunque nunca llevé a cabo ninguna intentona).

4) Siempre me ha gustado mucho el terror, tanto en libros como en películas. Rara vez me asusto.

5) Me gusta mucho cocinar pero solo cuando no estoy obligada a hacerlo.

6) No suelo comer mucha carne y no soy fan del pescado. He tenido anemia en muchas ocasiones y, aunque ahora llevo muchos años bien, no sé hasta qué punto puede estar relacionado.

7) Sufro a menudo problemas de estrés. Esto ha terminado ocasionándome problemas de salud, como llagas en los labios y sarpullidos varios por el cuerpo. Actualmente ya me he habituado a esto.

8) No me gusta el bacalao. No importa cómo lo cocinen, no lo soporto.

9) Creo que nadie puede imaginarse lo desordenada que puedo llegar a ser. El caso es que creo que soy peor cuando ordeno que cuando desordeno. Al menos, cuando está desordenado, sí que encuentro las cosas a la primera.

10) Me gusta el ánime, especialmente el de humor y el yuri, aunque ahora apenas lo veo.

11) Soy incapaz de estar viendo una película o serie sin hacer nada más. Tengo que estar haciendo otras cosas, aunque sea hacer chistes a su costa. Por más que lo intento, no consigo estar concentrada solo en eso más de un cuarto de hora. Y aunque suene paradójico, esto me resulta frustrante.

12) No tengo apenas amigos. Tampoco creo que los haga.

13) Nunca he sido de salir de fiesta. Puedo estar una o dos noches dándolo todo sin acordarme del reloj, pero suelo preferir planes más tranquilos.

14) A pesar de haberme pasado bebiendo en alguna ocasión, nunca he tenido resaca.

15) No me gusta el champán. Me suele sentar mal e incluso intento evitar los brindis.

16) No me gusta la casquería. Me repugna incluso su olor.

17) Una vez, comí un pedazo pequeño de chistorra y me dio un cólico que me duró tres días. Ya no he vuelto a comer ni chistorra, ni sobrasada, ni nada que me recuerde remotamente al chorizo. Le cogí asco.

18) Soy muy perfeccionista. No me importa repetir algo 20 veces si así estoy segura de que va a salir mejor. Esto se extiende a la cocina. Me da igual estar 10 días seguidos cocinando lo mismo si pienso que cada vez me sale mejor.

19) Soy muy obsesa de mi intimidad. Entre mis costumbres está el quemar los papeles que contengan contraseñas o datos de mis direcciones de mail, mis cuentas en diversos sitios, etc.

20) Soy muy tímida. Me cuesta hablar con gente nueva.

21) Aunque no lo aparente, me gusta el deporte. Salgo a andar todos los días un mínimo de tres horas.

22) Bebo mucha cocacola. Más de la que me gustaría confesar. Tuve que reducir su consumo porque me provocó problemas de estómago y empecé a tener dolores reflejos en el pecho.

23) Me encanta el queso. A más fuerte, mejor.

24) Me gusta la mayonesa casera, rara vez la compro. No se me suele cortar nunca, pero el día que se me corta, no importa si la intento hacer 10 veces seguidas, que las 10 se me cortará.

25) Adoro la pizza. Tanto es así que he llegado a hacer masa casera de forma artesanal.

26) Aunque soy fan incondicional de Stephen King, no me gustan los libros que ha escrito estos últimos años.

27) Una vez me dormí en el cine... Viendo una película de terror.

28) Odio limpiar. Pero de una forma que no os podéis hacer ni idea. Si pudiera, no volvería a tocar una bayeta en mi vida.

29) Dentro de la limpieza, lo que más odio es la plancha. Hace años que no plancho nada de nada. Lo tiendo corriendo y rezo a superman para que no se arrugue demasiado. Siento decir que superman no escucha mis plegarias.

30) Tengo unos altavoces que tienen ya más de 13 años. Están muy cascados pero siguen funcionando, que no es poco.

31) Al igual que de Stephen King, soy fan incondicional de Mónica Naranjo, aunque tampoco estoy muy de acuerdo con sus últimas decisiones.

32) No suelo hablar nunca de política porque me termino cabreando. Además, considero firmemente que solo sirve para perder amigos por discusiones absurdas.

33) Me considero una total y completa ignorante. Cuanto más cosas leo y con cuanta más gente hablo, más cosas siento que ignoro.

34) Mi máxima de vida es un cuadro de Goya en el que se autoretrata ya mayor y muy cascado y al que rotuló: aún aprendo.

35) De todos mis amigos, soy la que menos estudios tiene a día de hoy.

36) Soy muy noctámbula. Desde que tengo memoria, prefiero la noche al día, aunque intento corregirlo para aprovechar mejor el tiempo.

37) A veces soy como una olla a presión. Guardo todo hasta que me da un ataque de ira. Aunque rara vez lo pago con los demás, es mejor no tocarme las narices con tonterías cuando estoy en ese estado.

38) Me gusta mucho la naturaleza. Alejarme un poco de todo y de todos y respirar tranquila en algún sitio donde sea muy difícil cruzarme con gente, coches o ruidos.

39) Cada día me harta más vivir en el piso en el que vivo actualmente, tanto por ruidos como por otros temas. Aunque es mío, preferiría estar de alquiler y no tener ningún tipo de rollo comunitario (cosas que, a menos que me toque la lotería, no veo especialmente fácil).

40) Una vez, yendo a Pamplona en autobús, nos desalojaron al lado de la estación por un aviso de bomba. Era pequeña y me llevé un buen susto.

41) Pasé mi infancia a caballo entre Navarra y Zaragoza, ya que tengo familia allí. A día de hoy apenas la visito.

42) Suelo viajar una o dos veces al año a Madrid. No sé hasta cuando mantendré esta costumbre.

43) Una vez llegué a acumular unos 15 o 20 picotazos de mosquito entre los dos pies. Fueron los peores quince días de mi vida. No podía dormir más de tres horas seguidas por el picor tan horroroso y al final opté por levantarme cada tres horas y sumergir los pies en agua con amoniaco.

44) Soy medio-sonámbula y empeora cuando voy cansada. No me levanto de la cama, pero puedo contestar mal, devolver llamadas de teléfono (aunque nunca he llegado a responder a una, simplemente “hago una perdida”), abrir y cerrar la ventana...
De pequeña llegué a pasar la noche sentada en la cama con los ojos abiertos. Tenía que dar mucho yuyu.

45) No sé si va ligado a lo anterior, pero en epocas de mucho estrés hay veces que me despierto a las tres horas (más o menos) de haberme ido a dormir, asustada, desorientada y con algún tipo de pensamiento que me hace sentir en peligro. La última vez que me pasó, sin saber por qué, mi impulso fue ir a apagar unas velas que tenía encendidas en el pasillo y volver a la cama.

46) De pequeña tenía un miedo horroroso a la oscuridad. Era culpa de la vecina de arriba, que estaba loca y se pasaba las noches arrastrando botellas de butano, cascando nueces, golpeando las persianas...

47) Ponía nombres a mis juguetes y muñecos. Cada uno tenía una personalidad distinta y actuaba con los demás según esa personalidad (qué tiempos aquellos).

48) No soy nada coqueta. Me da igual maquillarme o vestirme de una forma un otra. No es raro que vaya varios días seguidos vestida igual. Incluso aunque lave cada día la ropa, si al día siguiente está seca, me la pongo sin problema.

49) Una de las peores experiencias en cuanto a salud se refiere fue el “pie vibrador”. Se me quedó “enganchado” un músculo de dentro del pie (el mecanismo es el mismo que hace que tengamos a veces tics en los párpados). Habría sido gracioso de no ser porque me duró una semana entera y empeoraba por la noche. Ni siquiera con la neumonía lo pasé tan mal.

50) Muchos de los relatos que escribo parten de sueños rarísimos que suelo tener. En esos sueños casi siempre estoy encerrada y/o huyendo de algo.

Y ahi queda. Espero que no os hayáis quedados dormidos a la mitad.

martes, 6 de octubre de 2015

Cosas de casa

Tener perro no son todo obligaciones y destrozos, también tiene momentos buenos.
Este es muy breve y lo voy a poner porque, qué coño, me he reído a gusto y como es mi blog pongo lo que quiero.

La otra noche llegué tarde a casa y cuando pasé por el cuarto de mi padre vi la cuna de la perra ahi encima. Y le pregunté que qué pintaba ahi la cuna (obvio).
"Que le di un cacho de pan a la perra".
"Ah, ¿y eso que tiene que ver?"
"Pues que se fue a mi cama a comérselo e hice lo que haces tú, coger su cuna, dejarla en el cuarto de estar, ponerle ahi el pan y decirle que se lo comiera ahi".
"¿Y no te hizo caso?"
"Bueno... me puse a ver la tele y cuando me di cuenta ni estaba la perra ni estaba la cuna. Fui directo a mi cuarto pensando que me habría enguarrado todo...."
"¿Y?"
"Pues que la jodida había subido su cuna a mi cama, se había tumbado en la cuna y ahi estaba, toda feliz, comiéndose el pan"
".....¡JAJAJAJAJAJAJAJA!"

Qué cosas he de ver.

lunes, 5 de octubre de 2015

Despedido por pedorro

Se trata de Richard Clem, de N.Jersey, que ha sido despedido a sus 70 años, tras 10 años al servicio de la compañía en la que trabajaba. ¿La causa? Que tras someterse a una operación de by-pass gástrico le ha quedado una secuela un poco nefasta a la hora de recibir a clientes: problemas gástricos y flatulencias que, según sus compañeros de trabajo y las visitas, dejaban una peste inaguantable por toda la planta.

La mujer del afectado ha decidido denunciar a la compañía exigiendo una indemnización millonaria por despido improcedente.

Personalmente, si tuviera que decidir qué hacer en este caso, lo tendría muy difícil. Dejemos el tema de las leyes a parte (que no tengo ni idea de las españolas como para saberme las norteamericanas siendo el país de las demandas absurdas) y me paro a analizarlo.

Según la noticia esto es una consecuencia de un by-pass que el señor se realizó por padecer obesidad. Así que por un lado está el tema de la obesidad, que obviando tendencias genéticas, enfermedades y demás "causas", considero que es una enfermedad que genera el propio enfermo: es decir, el señor Richard vio que se estaba engordando peligrosamente y no tomó cartas en el asunto o, cuando las quiso tomar, ya tenía un grado tal que no podía hacerlo sin ayuda.

Aqui se podrían abrir otros debates, como la adicción que provocan ciertas comidas haciendo que los obesos se comporten como auténticos yonkis en busca de su dosis o cómo nos van colando azúcar en casi todos los alimentos preparados que consumimos. Vamos, que podría decirse que esto es como las tabacaleras: ¿culpa del que fuma, culpa del que crea y fomenta la adicción o culpa de los gobiernos, haciendo caso omiso a la peligrosidad en pro de los pingües beneficios?

El caso es que, si eres el operado y haces tu trabajo "bien", es una putada que te despidan por algo que, supuestamente no puedes evitar.

Claro que, pongámonos del lado de la empresa. Imaginemos que soy un vendedor de coches y tengo este problema. ¿Van a quedarse los clientes en mi concesionario si huele a mierda pura y dura? Evidentemente no. El vendedor será todo lo buen vendedor que quiera, pero el cliente se guía por el olor y decide que va a vomitar si está un segundo más en esa sala. Es más, siendo una empresa de productos cárnicos (eso indica la fuente de la noticia) la cosa se agrava. Venga,que levante la mano el que se atreva a comprarle comida a un señor cuyo puesto huele que apesta. ¿Uno, ninguno? Ya me lo imaginaba.


Creo que al final optaría por un termino medio. El señor ya tiene una edad para ir pensando en la jubilación (claro que los yankis no tienen sistema de seguridad social y a saber si este pobre diablo tiene las espaldas cubiertas con algún seguro privado) y condenaría a la empresa a pagar una indemnización que ni arruinara a la empresa ni dejara al tipo en paños menores.

Ah, y le pagaría unas vacaciones de 15 días de soledad a su sufrida esposa, que seguro que agradece el aire puro.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Indignada

O más bien más cabreada que una mona. Ese sería el resumen de mi estado hoy. Me explicaré.
Como ya puse en otra entrada, hace un tiempo decidimos volver a tener perro. Y nos hicimos con Blacky, que a día de hoy tiene un año y tres meses. Hasta ahi todo bien.
El problema viene cuando hace tres meses vienen unos nuevos vecinos a vivir y entraron al piso protestando porque había pelos de perro en la escalera.

Sin contarme un pelo le contesté que la perra tenía un año, que nunca había ocultado que la tenía y que además, cuando compraron el piso, la tuvieron que oir (más tarde, haciendo memoria, estoy prácticamente segura de que hasta me crucé con ellos bajando las escaleras, pero bueno, eso lo dejaremos en duda, por si acaso).

La cosa quedó ahi y ya no había tenido más noticias hasta hoy, en el que uno de los nuevos vecinos se ha quejado de que la perra le ladra cada vez que sube y baja las escaleras y que, por favor, la controle.

No le ha sabido muy bueno que le contestara que, si no vive de continuo, sube y baja continuamente y además lo hace hablando, la perra va a ladrar porque no lo considera "de casa".

No me cabrea el hecho de que se queje de que le ladre, sino que me parece una intentona más para atacarme por el perro.

El caso es que supongo que el susodicho no habrá caído en la cuenta de que he soportado fin de semana sí y fin de semana no obras ilegales en su casa, con mazazos y taladros durante tres y cuatro horas seguidas, el subir constante de gente que ni sé quién es ni espero saberlo y el hecho de cruzarme tres días seguidos con distintos tíos por las escaleras y descubrir, alarmada, que tienen llaves de abajo.

Como mi perra solo ladra de día y cuando entran en casa se calla, me imagino que no tendré ningún tipo de problema legal. Pero me parece que voy a terminar a malas con estos nuevos vecinos y su concepto de "convivencia".

En fin. Habrá que lidiar con lo que venga.

viernes, 21 de agosto de 2015

Más birras


No sé si ya habré puesto alguna que otra vez a este maravilloso grupo aragonés en este blog, pero para los amantes del rockabilly es una escucha obligada.

En todo caso, no pongo esta canción por hacer apología del rockabilly, sino porque a veces me sigue asustando ese péndulo que me hace sentir que nuestros derechos y libertades retroceden una y otra vez a otros tiempos, en los que se nos concedían pero no se nos permitían disfrutarlos (ley mordaza, cof cof).

Algunos trozos de letra no son aplicables, pero sí la mayor parte (en especial la parte del trabajo) y, aunque tiene un tono divertido, a mí me deja un poso de amargura.

En fin, aqui dejo la canción y la letra.






Yo tengo una pregunta para hacerle al ministerio:
si no quiero hacer la mili me meten al cautiverio.
Pregunté al señor ministro: "Por qué, por qué"
y me dijo:
"calle drogadicto, y dejer de joder"
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

A mi amigo Celestino le han pillado una navaja
con sacacorchos y abrelatas p'al bocata y la naranja.
El sargento Romerales lo pudo capturar
y dijo:
"Con este arma secreta te ví a empapelar"
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

No me dan trabajo por mucho que lo pida,
he llevado mi protesta a las naciones unidas.
Al llegar mi turno un viejo carcamal
me dijo:
"bgbgbgbgbgbgbbgggbbgbgbgbb"
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

Así que chico, te juro, me siento una rata
de tener que soportar tanta basura con corbata.
Algún día yo seré el presidente y ya verás.
(vaya, un pico, un botijo, y hala, a currar)
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

lunes, 17 de agosto de 2015

Constitución

Uno de los temas obligados de estudio para los sufridos opositores y, en definitiva, un papel con el que limpiarnos el culo. Ése es el resumen de nuestra loada Carta Magna. Apenas la empiezas a estudiar, te das cuenta de la cantidad de palabras rimbombantes que contiene, palabras que te llenan la boca con solo decirlas pero que están más vacías que tu cuenta corriente a fin de mes.

Es más o menos como el nombre que dan hoy día a las cosas, que hasta para ser dependienta expiden certificados. Solo que además, nada más empezarla y situándola en su contexto sociopolítico, no tardas en darte cuenta de que, al redactarla, todos tenían el palo de Franco todavía candente en el trasero y pretendían dar la razón a todos y a nadie.

El resultado es un documento que contiene nuestros derechos y libertades, que regula al Rey, a las Cortes Generales, al gobierno, a las diversas administraciones... Y que habla en un tono general de todo, intenta ser más papista que el papa, contentar a todo cristo (literalmente, y sino miráis el artículo 16) y corre a refugiarse en las leyes en cuanto el lobo le puede morder el culo.

Total, que nuestra Carta Magna termina cediendo casi todo su poder en las leyes que, como siempre, se las ingeniaran para que el currito tenga la razón con matices. Y esos matices terminarán jodiéndole el juicio y haciéndoselo perder. En definitiva, tenemos un bonito rollo de papel de 169 artículos para limpiarnos toda la mierda que tenemos pegada al culo y punto final.

Claro, que bien pensado, nos vamos a quedar con el culo más limpio que lavándolo con jabón. La constitución: esa gran excreción.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Blacky

 ¿Qué coño es Blacky? Os preguntaréis los pocos que asoméis el morro por aqui. ¿Es una marca de cereales?¿Un nuevo perfume?¿Una forma de cocinar?
Pues no. Es mi perra. Y le dedico un post porque ha sido un cambio importante en mi vida. Y aunque no sé bien cómo voy a estructurar su historia, lo voy a intentar. Así que bueno, vamos a ver qué sale, ¿no?

En mi familia siempre hemos tenido perro. Hasta que hará unos once años murió el que teníamos y lo pasamos tan mal que no quisimos coger otro. Y así pasaron los años hasta que mi padre, un buen día, dijo: me apetece volver a tener perro. Uno pequeño, para sacarlo y disfrutarlo, que me haga compañía y me lo pueda llevar conmigo a pasear.

Así que ni corta ni perezosa, mi hermana vio una camada abandonada y decidió ir a por un perro. Y así apareció blacky en mi vida.

El caso es que nos la dieron por pequeña. Pero cada vez que iba al veterinario me decía una cosa distinta. Primero de 10 a 15 kilos. Luego de 15 a 20. Después de 20 a 25. Así que me mentalicé en 30 y dejé de preguntar.

El caso es que fue creciendo rápidamente. Y no era solo que iba a pasarse de tamaño, era que empezaron a decir que tenía pinta de perro peligroso. Pero para entonces ya teníamos muy claro que de casa no iba a salir. Así que la puse a mi nombre, si acaso resultaba que tenía que sacarme la temida licencia ppp, y seguimos criándola.

Conforme iba creciendo, resultó que no solo iba a ser más grande lo que esperábamos y tenía pinta de perro "peligroso", sino que además era activa. Muy activa. Hiperactiva. Con tres meses aconsejan que un perro no ande mucho porque se cansan rápido. Pero Blacky aguantaba horas y horas andando sin cansarse, dormía dos o tres horas y ya tenía ganas otra vez de moverse.

Con cuatro meses había mordido un sofá, las patas de la mesa y el mantel que colgaba por los bordes de la mesa. Con cinco había mordido también los sillones, una almohada, se había tragado una grapa (por suerte no fue nada), un peluche, había destrozado todos los juguetes, todas las macetas y varias prendas de ropa.

Con cinco subió de nivel. Mordió paredes y marcos de puertas. Pero no eran arañazos de nada, sino agujeros como mi puño.

Y con cinco meses o seis, llegó el temido momento de ir al veterinario a hacerle los papeles definitivos. Así que allá que fuimos.

Me tocó una tía mayor, rubia y borde, muy borde, que manifestó varias veces estar a favor de la ley de perros peligrosos. Tras diez minutos de reloj (y yo sin saber qué cara poner, intentando estarme quieta y no demostrar el acojone que llevaba) dictaminó que no era peligrosa. Así que me libré no solo de pagar la licencia y tener que pasar los test, sino de condenar al perro a una vida de correa permanente y bozal.

A partir de ahi asumí que tenía una perra que necesitaba ejercicio. Mucho ejercicio. Toneladas de ejercicio. Y que se aburría fácilmente. Así que empecé a enseñarle trucos, a hacer juegos de olfato, de búsqueda, de agility. Siguió creciendo y creciendo y demandando más ejercicio, y yo tuve que adaptarme y responder a lo que el perro me pedía.

viernes, 19 de junio de 2015

Suicidios S.A.

-Puf, llevas años dándole vueltas a la misma mierda, y la mierda, aunque seca, hiede.
-¿Y qué? Me gusta revolcarme en la mierda. Al menos me da un motivo por el que seguir aquí.
-¿Y no puedes buscar otro motivo menos autodestructivo?
-¿Acaso tengo algún motivo que no sea la autodestrucción?

Se quedó callado. Sabía que dijera lo que dijese ella estaba con el que no, y no podría cambiarlo. Se preguntó por enésima vez si sería capaz, si al fin cometería el acto más deleznable: el suicidio.
La miró detenidamente.

-¿Has pensado lo del psicólogo? -se atrevió a preguntar por fin.
-Ya estamos. Siempre me ha parecido muy triste tener que pagar a alguien para que te escuche. Tener que pagarle una pasta, por cierto. Y que encima te diagnostique cualquier mamarrachada que te hinche de pastillas. Y termines siendo una masa amorfa, obesa mórbida, que se pasa los días mirando al techo de la habitación con expresión bovina esperando que llegue la pizza que acaba de encargar.
-Eres una exagerada. Los psicólogos estudian muchos años de carrera y están ahi para darte las herramientas que te faltan cuando no puedes seguir adelante.
-¿Un psicólogo va a hacer amigos por mí?
-No.
-¿Va a devolverme los años que he perdido haciendo el tonto?
-No.
-¿Va a encontrarme trabajo?
-Tampoco. Pero...
-Ni peros ni hostias, ¿va a resucitar a mi madre?¿Va a evitarme estos días soporíferos en los que un día sigue a otro y a otro y a otro y son todos tan iguales que ya no sé ni quién soy?¿Va a hacer algo de eso, eh?
-No, claro que no, pero te va a ayudar a encauzar...
-A encauzar mis cojones, a eso me va a ayudar. Un psicólogo no me va a servir de nada. Para estar peor, si acaso.
-Ya, porque tú lo digas. Venga, no seas cabezona. Déjate ayudar.

Puf. Déjate ayudar. Pedro era uno de los pocos amigos que aun conservaba. Uno de los pocos que había aguantado sus idas y venidas. Sus cambios de humor. Sus neuras obsesivo-compulsivas. A pesar de cada uno de sus desprecios, de sus intentos de echarlo en un auto-boicot bochornoso, él seguía ahi. No perdía la esperanza de ayudarla. Y eso la conmovía. Pero llegados a este punto Pedro no podía hacer nada. Ni Pedro ni nadie. Era un caso perdido. Y si seguía dando tumbos por ahi era porque no tenía el coraje suficiente para llevar a cabo el acto definitivo. Ella lo sabía. Pedro también. No entendía porque seguía insistiéndole.

-Mira, Pedro. Voy a colgarte el teléfono. Esta conversación ya no va a ninguna parte.
-Espera, espera...

Pipipi. Pipipi. Pipipi.

Miércoles. Ni lunes ni viernes. Día intermedio de la semana. Ni odiado ni querido. Simplemente estaba ahi. Como ella. En el fondo le habría dado igual que fuera lunes o sábado. Sin trabajo, sin amistades reseñables con las que quedar, los días se sucedían en una hilera continua de horas, minutos y segundos, todos y cada uno de ellos idénticos al anterior. A veces el tiempo resonaba en su cabeza. Tic. Tic. Tic. Hacía ecos en el vacío de su cerebro, en la vacuidad de su vida. Tac. Tac. Tac.
Gotas de lluvia. No. Sus lágrimas. Lágrimas calladas, que recorrían sus mejillas por dentro, sin llegar nunca a asomar por las comisuras de sus ojos. Tac. Tac. Tac. Y así un día. Y otro. Y otro.
Bajó a la calle. No tenía muchos motivos para bajar, salvo abandonar la jaula que llamaba casa. El día era soleado, pero lo mismo habría dado nublado que nevoso. Era, como siempre, otro día más.
Y haría lo mismo que todos los días: café, periódico, ofertas de trabajo. Vuelta por el barrio, a ver si liberaba endorfinas. Y a casa otra vez.
Ya en las escaleras, metió los dedos en la ranura de su buzón, más por costumbre que por motivo. Todavía no era finales de mes. Las facturas tardarían unos días en llegar. Pero esta vez había algo distinto. Notó, sorprendida, que sus dedos tocaban una tarjeta de cartón duro, lo suficientemente grande para notarla sin abrir el buzón, pero tan pequeña que no podía sacarla sin utilizar la llave.
Hastiada, sacó el llavero. Quién habrá sido el gilipollas que ha abierto a los de publicidad. Clic, clac, boca abierta. Una tarjeta se deslizó hasta el borde y casi cae al suelo de no ser por sus reflejos.
Era negra. De letras rojas. Y en ella solo rezaba: a la única atención de la sra Zurita, rogamos que tenga a bien revisar hoy su e-mail, prestando especial atención a la carpeta correo no deseado. Gracias.
Ella se apellidaba así. Claro, que averigüar el apellido de una persona tampoco era tan difícil. De hecho estaba puesto en la tarjeta del buzón. Lo curioso era que la derivaba a su mail. A su mail personal. Y no tenía ni contacto, ni nombre, ni nada.
Movida por la curiosidad, subió rápidamente las escaleras y encendió el ordenador. Miró su cuenta y ahi estaba, en la bandeja de entrada, un nuevo mensaje con el título “a la única atención de la sra Zurita”.
Lo abrió y leyó el mensaje, que rezaba así:
Desde la empresa Suicidios S.A., tenemos el placer de comunicarle que ha sido seleccionada para nuestro más reciente experimento. Si desea saber más, acuda esta tarde, de 17 a 20 horas, a nuestra dirección: C/San Juan de la Cruz, sin número.
Rogamos que no le comunique a nadie la existencia de este mensaje, el cual se borrará automáticamente dentro de una hora.


Atónita, cerró el correo. Sucidios S.A., qué nombre más extraño. Y no hablaba de una oferta de trabajo, ni tan siquiera de una cita o de un profesional. Hablaba de un experimento. Para más inri, pedía absoluta discrección.
Sin saber bien si tomárselo en serio o no, decidió que esperaría a ver si efectivamente se borraba el mensaje antes de decidirse. Demasiado nerviosa para comer y sin saber bien qué hacer para matar el tiempo, abrió un juego. Pero en su mente giraba una y otra vez la imagen de esa tarjeta negra que estaba en su buzón. Y el nombre de la empresa. Suicidios S.A.... Suicidios S.A....

El mensaje se había borrado solo. Después de estar toda la tarde dándole vueltas, ahora, a las siete, se encontraba frente al edificio. Era una imponente mole de piedra con una pequeña puerta de madera justo en el medio. Había un timbre, pero ningún cartel que indicara que ahi había un negocio. Sintió una vaga inquietud. ¿Qué albergaría tras sus muros?¿Qué es lo que le esperaba al otro lado de la puerta?¿Se oirían sus gritos y se quedara alli encerrada?
Esta última pregunta hizo que su miedo pudiera con su curiosidad. Presa de un impulso inexplicable, cogió un taxi y volvió a su casa. Una cosa era morir. Otra morir torturada. Sintiéndose vigilada, no pudo pegar ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente, tenía un nuevo mail en su bandeja.
Asunto: a la atención de la sra Zurita.
Tema: la oferta sigue en pie. Preséntese cualquier tarde.
C/San Juan de la Cruz, sin número. Horario comercial: de 17.00 a 20.00 horas.

Pensó en contárselo a Pedro, pero si se trataba de un fregado serio eso solo lo pondría en peligro. ¿La policía, tal vez? Intentó encontrar la tarjeta que había encontrado en el buzón, pero no estaba. Juraría que la había dejado encima de la mesa, pero ahi no estaba. Ella era muy desordenada, pero no tanto. Recordaba perfectamente haberla dejado ahi. Haber estado dándole vueltas entre sus dedos hasta comprobar que se borraba el mail.
Este mail, como el otro, se borró a la hora. Ya no tenía nada que denunciar a la policía. ¿Qué iba a decirles, que le daba miedo el edificio de piedra?¿Que había sacado esa dirección de una tarjeta y unos mails inexistentes? Sonaría a depresiva en plena crisis histérica. La excusa perfecta para internarla en alguno de esos sitios de paredes blancas y barbitúricos a tutiplén.

No. No podía contar con nadie. Y tampoco podía vivir tranquila sin solucionar ese tema. Decidió que esa tarde visitaría ese maldito lugar. Pero llevaría un cuchillo oculto en el pantalón. Si iban a jugar, prefería jugar con ventaja.

Siete de la tarde. De nuevo frente a la mole de piedra. Tras dar dos vueltas a la manzana no había visto movimiento alguno, ni entradas ni salidas. Lo que sí que sintió fue que la observaban a través de las minúsculas ventanas que recorrían el edificio. Paranoías tuyas -pensó. Pero ese pensamiento no la tranquilizó.

Sin mucha seguridad, picó el timbre.
-¿Sí? -la rapidez de la respuesta hizo que saltara del susto.- ¿Quién llama?
-Eh... Sí... Uh... Soy Sofía, Sofía Zurita. Ejem. De... Dejaron una tarjeta en mi buzón.
-¡Ah, sí, la sra Zurita!¡La estábamos esperando! De un paso a la derecha, por favor. Verá sobre su cabeza una cámara de seguridad. Por política de empresa comprobamos la identidad de nuestros clientes antes de dejarles pasar.

¿Clientes...? Todo eso sonaba cada vez más raro. Levantó la cabeza, aturdida, y se vio cara a cara con un pequeño objetivo. La luz roja le indicó que la cámara estaba activa. Zzzzhhhhh.
-Puede pasar.

Con paso vacilante, empujó la puerta y se introdujo en la inquietante oscuridad que la esperaba en el interior. En cuanto se cerró la puerta tras de sí sintió que su destino estaba sellado. Se volvió para intentar abrir la puerta pero ésta no cedía. Comenzó a golpearla, jadeando. De repente, una luz blanca lo iluminó todo. Pudo ver que estaba en una aséptica sala de espera. Apoyado contra la pared había un sofá blanco de dos plazas y, frente a él, una mesa de cristal con varias revistas.

De pie, junto al sofá, había un hombre de mediana edad. Lucía bata blanca y una sonrisa arrebatadora. Sin saber por qué, Sofía se sintió inmediatamente confortada. Se acercó a ella con la mano extendida.
-Siento que se haya asustado. Me llamo Mark y soy el encargado de atender su caso. Sé que la forma de contacto no ha sido la más adecuada, así como tampoco lo ha sido la entrada. Pero es nuestra política: privacidad absoluta. Déjeme explicarle por qué la hemos traído hasta aquí. Después de esta entrevista tendrá usted varios días para deliverar. Si, pasados esos días, usted decide cesar la actividad comercial con nosotros, no volverá a tener noticias nuestras. ¿Está interesada?

Sofía asintió, fascinada. Aunque no sabía de qué iba todo eso, sentía que debía quedarse. Que le iba a interesar.

-Bien. Vayamos directos al grano. Suicidios S.A., es una empresa dedicada al suicidio asistido. Ayudamos a morir a la gente que o bien no puede o bien no tiene el valor suficiente para hacerlo por sí mismo. Utilizamos técnicas indoloras, venenos, normalmente, mediante los cuales el paciente no siente nada. Si usted decide morir con nosotros, le garantizamos que será como quedarse dormida.

Sofía se quedó boquiabierta. ¿Candidatos al suicidio asistido?¿Cómo podía ser eso, si las leyes eran muy claras con eso?
-¿Esto es una cámara oculta? -preguntó, sin poder controlarse. -Porque le advierto desde ya que no tiene gracia.
-Nada de eso, Sra Zurita. Somos una empresa seria. Y ésta es una propuesta seria. No hay cámaras ocultas, ni trampa ni cartón. Llevamos tiempo siguiendo su caso. Sabemos que es una depresiva sin diagnósticar, que lleva tiempo deseando morir sin atreverse. Usted no tiene familia, ni trabajo, ni alicientes. A usted solo le falta el último impulso, la última migaja de valor antes de lanzarse. Y eso es lo que le estamos ofreciendo: morir en nuestras instalaciones, sin equivocaciones, sin dolores, sin problema alguno. Morir en paz, tal como usted desea.

-Pero como...
-¿Cómo lo sabemos? Eso no le interesa. Simplemente lo sabemos y punto. Así que solo queda saber si usted sigue interesada. De ser así, le enseñaremos el resto de instalaciones: nuestras consultas del descanso, el doctor que se encargará de su caso particular, incluso qué haremos para que sus amigos no puedan probar que se suicidó.

Blanca como el papel, Sofía notó cómo se le cerraba la garganta -Quiero salir de aquí -Espetó.
-¿Está usted segura?¿No quiere ver el resto de las instalaciones? Esta es una oportunidad única. Si usted la rechaza, ya no volveremos a intentar contactar. No más tarjetas, no más direcciones. No estamos nunca más de un mes en el mismo sitio. Ya no tendrá la opción de morir como usted desea.

-¿Pretende usted que crea que esto es real?¡Venga ya! Esto es una patraña. Una forma que ha ideado Pedro para hacerme caer en la trampa y llevarme a terapia.
-Sígame. -sin esperar respuesta, el hombre de la bata blanca se metió por el primer pasillo de la derecha. Dubitativa, Sofía terminó por seguirlo.- Observe -pulsó un interruptor y se vio una sala con una persona tumbada -Esta es una de nuestras salas de descanso. Ese hombre que usted ve ahi tumbado acaba de recibir la inyección que le hará morir. ¿Ve usted el electrocardiograma que hay a su lado? Poco a poco van a bajar las pulsaciones hasta que finalmente... En fin, ya sabe. -Pulsó otro botón.

Pi. Pi. Pi. (Los siniestros ecos rebotaron por toda la sala). Pi.... Pi..... Pi....
-¿Ve? Esto no es ninguna broma. El resto depende de usted.

Sin saber bien qué decir, Sofía se dejó caer en el suelo, sin apartar la vista del hombre que permanecía tumbado, sereno, con los ojos cerrados.

Piiiiiiiiiiiiiii.

El hombre apagó el botón. Impertérrito, se quedó ahi, quieto, esperando que Sofía decidiera por sí misma.

-Usted no se llama Mark, ¿verdad?
El hombre echó la cabeza atrás y soltó una carcajada. -¡Vaya! -exclamó- ¡Creo que es la reacción más rara que he visto nunca en este sitio!¿Por qué me pregunta eso?
-Solo respóndame.
-Por supuesto que no. Trabajamos al margen de la ley. Nada de sitios fijos. Nada de nombres reales. ¿Acaso importa tanto cómo me llamo realmente? Digamos que soy el tipo que necesita. Si es que finalmente decide hacer lo que lleva tanto tiempo deseando hacer, claro.
-Puf, está bien. Esto es demasiado en poco tiempo. Hagamos una cosa. Presénteme a aquel que va a hacer que muera con dignidad y sin dolor. Quiero que me expliquen cómo será exactamente mi muerte y, después de eso, veremos qué decido.
-Me parece una petición razonable. Yo seré quien lleve su muerte. Esto, a parte de una ayuda para gente como usted, es un negocio. Así que la forma de morir depende del precio que pueda usted pagar. Por supuesto, todas las muertes son indoloras. Pero las más baratas digamos que son más detectables. Es decir, es más fácil que terminen descubriendo la toxina que le inyectamos.
-Está bien. ¿Y cuál es la tarifa?
-Trabajamos con venenos. Siempre con venenos. El precio mínimo son 1000 euros. El máximo 3000. Si se decide por los 3000, será prácticamente indetectable.
-Pero no me ofrecen un 100% de seguridad...
-No, solo un 99%.
-¿Y qué veneno utilizarían si pagara los 3000?
-Eso es secreto profesional. No podemos decir qué productos utilizamos.
-¿Política de empresa?
-Política de empresa.
-¿Por qué?
-Porque pueden intentar buscar el producto por su cuenta. Lo cual podría llevar a una investigación profunda que pusiera a nuestra empresa en peligro. Además de ser peligroso para usted, puesto que si calcula mal la dosis puede tener una muerte atroz.
-Ya. ¿Y si no tengo los 3000 euros?
-Tendrá que conformarse con algo más barato.

No tenía mucho más que decir. Sofía sopesó lentamente sus posibilidades. Sí que tenía 3000 euros. Y sospechaba que ellos ya lo sabían antes de contactar. De hecho, un euro más y se saldría de su presupuesto.

-¿Cómo sería el pago?
-Fraccionado. Una salida tan grande de dinero llamaría la atención. Es por eso que tardaríamos un mes en hacer nuestro acuerdo efectivo.
-¿Un mes?
-Bueno, si usted saca 3000 euros de golpe va a llamar mucho la atención. Pero si saca unos 100 euros al día durante un mes, ya no es tan llamativo, ¿no cree? Hay gente muy caprichosa por la vida. Y los depresivos podéis tener cambios muy bruscos de humor.

Pensativa se dirigió a la salida de la sala. En algún momento
Mark había apagado el sonido y la pantalla, lo cual era de agradecer.

-¿Cuánto tiempo me dan para decidirme?
-Una semana.
-¿Y cómo podré comunicarles mi decisión definitiva?
-Mañana tendrá usted un papel en el buzón. Será una tabla. En ella tendrá las diferentes tarifas, así como el tiempo que tardará en hacer efecto (los venenos más suaves pueden necesitar varios días) y el tanto por ciento de riesgo que existe de ser descubierto el suicidio. A partir de ahi usted podrá empezar a sacar el dinero de su cuenta. No se preocupe. Nosotros detectaremos el movimiento de su cuenta sin que usted necesite hacer ningún esfuerzo adicional. El último día del mes, recibirá un mail con un número. Será la matrícula del coche que la estará esperando en la puerta de su casa. La trasladaremos al edificio que en ese momento tengamos en uso y terminaremos nuestro acuerdo.

Sin nada más que añadir, Sofía siguió el único camino hasta la sala de espera que vio al principio. Esta vez la puerta de salida se abrió sin dificultad. Reflexiva, salió preguntándose cómo es que estaba envuelta en tan extraña situación.

Al tercer día, comenzó a sacar el dinero. La tarifa de 3000 era la más interesante. 99% de fiabilidad.
Era el 5 de febrero. El 7 de marzo Pedro, extrañado porque Sofía no le cogía el teléfono, se presentó en su casa. Tocó la puerta varias veces pero nadie le abrió. Intentó avisar a la policía pero nadie le hizo caso.
El 10 de marzo por fin dejaron que pusiera la denuncia de desaparición. El día 30 de marzo un vecino llamó a los bomberos: salía un extraño olor del piso de Sofía.
La encontraron medio descompuesta en el baño de la casa. La hipótesis oficial fue que resbaló en el baño y se rompió el cuello.
Pero Pedro nunca la creyó. El día que fue a recoger sus cosas, en un cajón de la cómoda, encontró una extraña tarjeta: Suicidios S.A. y a día de hoy todavía se pregunta qué significa esa tarjeta. Al parecer, nada ha conseguido hacer que pierda la esperanza de averiguarlo.

domingo, 14 de junio de 2015

Poesía inventada

Esta opresión que me cercena el pecho.
Esta mano aplastando el corazón.
Ganas de nada, tristeza indefinida.
Planes de un suicidio sin cuajar.
Una bici acumulando polvo.
Desidia. Hastío.
Aburrimiento perpetuo.
Treinta años y nada que hacer.
Ausencia de metas.
Inexistencia social.
Conversaciones superfluas. Frustración.
Auto-odio, autocompasión.
Falta de amigos.
Capas de malestar sin nombre.
Adiós indefinido. Hola por confesar.

jueves, 11 de junio de 2015

Casi casi...

Un poco más y me pego un año con el blog de secano. En realidad es que no tengo nada que contar. Nada reseñable. No escribo desde hace meses. A días tengo ganas, pero normalmente gana la desidia. Reconozcamos que siempre he sido, en boca de mis profes de instituto, "inteligente pero vaga".

También tengo una serie de problemas emocionales irresolutos, necesito aprender a autocontrolar ciertas emociones y a adquirir la tan nombrada y loada "inteligencia emocional", cosa que, me parece, no tengo.

También influye el hecho de que actualmente tengo perro. Un perro que iba a ser pequeño y ahora pesa 30 kilos. Que iba a ser para mi padre y ahora es mío. Que esperaba me pidiera deporte para "auto-obligarme" a ponerme un poco en forma y que ha salido hiperactivo. Puede que algún día hable más en profundidad de ella (porque es hembra). O puede que, como suele pasar, gane mi vagancia absoluta.

Podría entonar un bonito mea culpa, poner aqui un millón de disculpas por prácticamente abandonar el blog, pero realmente no tengo excusas ni disculpas. Simplemente no me apetecía. Sigue sin apetecerme mucho, lo cual no significa que de aqui a una semana siga sin apetecerme. Tampoco soy una tía especialmente constante en la mayoría de los sectores de mi vida.

Y poco más que añadir. Al menos por el momento. Un breve saludo, un corto rayo de luz en medio de la oscuridad de este sitio, un "sigo viva", por lo menos. Supongo que lo debía.

Sin nada más que añadir me despido hasta próximo post. Quien sabe. Puede que sea dentro de una semana. O tal vez dentro de un año. Pero, ¡qué coño! La intriga también es divertida.