viernes, 19 de junio de 2015

Suicidios S.A.

-Puf, llevas años dándole vueltas a la misma mierda, y la mierda, aunque seca, hiede.
-¿Y qué? Me gusta revolcarme en la mierda. Al menos me da un motivo por el que seguir aquí.
-¿Y no puedes buscar otro motivo menos autodestructivo?
-¿Acaso tengo algún motivo que no sea la autodestrucción?

Se quedó callado. Sabía que dijera lo que dijese ella estaba con el que no, y no podría cambiarlo. Se preguntó por enésima vez si sería capaz, si al fin cometería el acto más deleznable: el suicidio.
La miró detenidamente.

-¿Has pensado lo del psicólogo? -se atrevió a preguntar por fin.
-Ya estamos. Siempre me ha parecido muy triste tener que pagar a alguien para que te escuche. Tener que pagarle una pasta, por cierto. Y que encima te diagnostique cualquier mamarrachada que te hinche de pastillas. Y termines siendo una masa amorfa, obesa mórbida, que se pasa los días mirando al techo de la habitación con expresión bovina esperando que llegue la pizza que acaba de encargar.
-Eres una exagerada. Los psicólogos estudian muchos años de carrera y están ahi para darte las herramientas que te faltan cuando no puedes seguir adelante.
-¿Un psicólogo va a hacer amigos por mí?
-No.
-¿Va a devolverme los años que he perdido haciendo el tonto?
-No.
-¿Va a encontrarme trabajo?
-Tampoco. Pero...
-Ni peros ni hostias, ¿va a resucitar a mi madre?¿Va a evitarme estos días soporíferos en los que un día sigue a otro y a otro y a otro y son todos tan iguales que ya no sé ni quién soy?¿Va a hacer algo de eso, eh?
-No, claro que no, pero te va a ayudar a encauzar...
-A encauzar mis cojones, a eso me va a ayudar. Un psicólogo no me va a servir de nada. Para estar peor, si acaso.
-Ya, porque tú lo digas. Venga, no seas cabezona. Déjate ayudar.

Puf. Déjate ayudar. Pedro era uno de los pocos amigos que aun conservaba. Uno de los pocos que había aguantado sus idas y venidas. Sus cambios de humor. Sus neuras obsesivo-compulsivas. A pesar de cada uno de sus desprecios, de sus intentos de echarlo en un auto-boicot bochornoso, él seguía ahi. No perdía la esperanza de ayudarla. Y eso la conmovía. Pero llegados a este punto Pedro no podía hacer nada. Ni Pedro ni nadie. Era un caso perdido. Y si seguía dando tumbos por ahi era porque no tenía el coraje suficiente para llevar a cabo el acto definitivo. Ella lo sabía. Pedro también. No entendía porque seguía insistiéndole.

-Mira, Pedro. Voy a colgarte el teléfono. Esta conversación ya no va a ninguna parte.
-Espera, espera...

Pipipi. Pipipi. Pipipi.

Miércoles. Ni lunes ni viernes. Día intermedio de la semana. Ni odiado ni querido. Simplemente estaba ahi. Como ella. En el fondo le habría dado igual que fuera lunes o sábado. Sin trabajo, sin amistades reseñables con las que quedar, los días se sucedían en una hilera continua de horas, minutos y segundos, todos y cada uno de ellos idénticos al anterior. A veces el tiempo resonaba en su cabeza. Tic. Tic. Tic. Hacía ecos en el vacío de su cerebro, en la vacuidad de su vida. Tac. Tac. Tac.
Gotas de lluvia. No. Sus lágrimas. Lágrimas calladas, que recorrían sus mejillas por dentro, sin llegar nunca a asomar por las comisuras de sus ojos. Tac. Tac. Tac. Y así un día. Y otro. Y otro.
Bajó a la calle. No tenía muchos motivos para bajar, salvo abandonar la jaula que llamaba casa. El día era soleado, pero lo mismo habría dado nublado que nevoso. Era, como siempre, otro día más.
Y haría lo mismo que todos los días: café, periódico, ofertas de trabajo. Vuelta por el barrio, a ver si liberaba endorfinas. Y a casa otra vez.
Ya en las escaleras, metió los dedos en la ranura de su buzón, más por costumbre que por motivo. Todavía no era finales de mes. Las facturas tardarían unos días en llegar. Pero esta vez había algo distinto. Notó, sorprendida, que sus dedos tocaban una tarjeta de cartón duro, lo suficientemente grande para notarla sin abrir el buzón, pero tan pequeña que no podía sacarla sin utilizar la llave.
Hastiada, sacó el llavero. Quién habrá sido el gilipollas que ha abierto a los de publicidad. Clic, clac, boca abierta. Una tarjeta se deslizó hasta el borde y casi cae al suelo de no ser por sus reflejos.
Era negra. De letras rojas. Y en ella solo rezaba: a la única atención de la sra Zurita, rogamos que tenga a bien revisar hoy su e-mail, prestando especial atención a la carpeta correo no deseado. Gracias.
Ella se apellidaba así. Claro, que averigüar el apellido de una persona tampoco era tan difícil. De hecho estaba puesto en la tarjeta del buzón. Lo curioso era que la derivaba a su mail. A su mail personal. Y no tenía ni contacto, ni nombre, ni nada.
Movida por la curiosidad, subió rápidamente las escaleras y encendió el ordenador. Miró su cuenta y ahi estaba, en la bandeja de entrada, un nuevo mensaje con el título “a la única atención de la sra Zurita”.
Lo abrió y leyó el mensaje, que rezaba así:
Desde la empresa Suicidios S.A., tenemos el placer de comunicarle que ha sido seleccionada para nuestro más reciente experimento. Si desea saber más, acuda esta tarde, de 17 a 20 horas, a nuestra dirección: C/San Juan de la Cruz, sin número.
Rogamos que no le comunique a nadie la existencia de este mensaje, el cual se borrará automáticamente dentro de una hora.


Atónita, cerró el correo. Sucidios S.A., qué nombre más extraño. Y no hablaba de una oferta de trabajo, ni tan siquiera de una cita o de un profesional. Hablaba de un experimento. Para más inri, pedía absoluta discrección.
Sin saber bien si tomárselo en serio o no, decidió que esperaría a ver si efectivamente se borraba el mensaje antes de decidirse. Demasiado nerviosa para comer y sin saber bien qué hacer para matar el tiempo, abrió un juego. Pero en su mente giraba una y otra vez la imagen de esa tarjeta negra que estaba en su buzón. Y el nombre de la empresa. Suicidios S.A.... Suicidios S.A....

El mensaje se había borrado solo. Después de estar toda la tarde dándole vueltas, ahora, a las siete, se encontraba frente al edificio. Era una imponente mole de piedra con una pequeña puerta de madera justo en el medio. Había un timbre, pero ningún cartel que indicara que ahi había un negocio. Sintió una vaga inquietud. ¿Qué albergaría tras sus muros?¿Qué es lo que le esperaba al otro lado de la puerta?¿Se oirían sus gritos y se quedara alli encerrada?
Esta última pregunta hizo que su miedo pudiera con su curiosidad. Presa de un impulso inexplicable, cogió un taxi y volvió a su casa. Una cosa era morir. Otra morir torturada. Sintiéndose vigilada, no pudo pegar ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente, tenía un nuevo mail en su bandeja.
Asunto: a la atención de la sra Zurita.
Tema: la oferta sigue en pie. Preséntese cualquier tarde.
C/San Juan de la Cruz, sin número. Horario comercial: de 17.00 a 20.00 horas.

Pensó en contárselo a Pedro, pero si se trataba de un fregado serio eso solo lo pondría en peligro. ¿La policía, tal vez? Intentó encontrar la tarjeta que había encontrado en el buzón, pero no estaba. Juraría que la había dejado encima de la mesa, pero ahi no estaba. Ella era muy desordenada, pero no tanto. Recordaba perfectamente haberla dejado ahi. Haber estado dándole vueltas entre sus dedos hasta comprobar que se borraba el mail.
Este mail, como el otro, se borró a la hora. Ya no tenía nada que denunciar a la policía. ¿Qué iba a decirles, que le daba miedo el edificio de piedra?¿Que había sacado esa dirección de una tarjeta y unos mails inexistentes? Sonaría a depresiva en plena crisis histérica. La excusa perfecta para internarla en alguno de esos sitios de paredes blancas y barbitúricos a tutiplén.

No. No podía contar con nadie. Y tampoco podía vivir tranquila sin solucionar ese tema. Decidió que esa tarde visitaría ese maldito lugar. Pero llevaría un cuchillo oculto en el pantalón. Si iban a jugar, prefería jugar con ventaja.

Siete de la tarde. De nuevo frente a la mole de piedra. Tras dar dos vueltas a la manzana no había visto movimiento alguno, ni entradas ni salidas. Lo que sí que sintió fue que la observaban a través de las minúsculas ventanas que recorrían el edificio. Paranoías tuyas -pensó. Pero ese pensamiento no la tranquilizó.

Sin mucha seguridad, picó el timbre.
-¿Sí? -la rapidez de la respuesta hizo que saltara del susto.- ¿Quién llama?
-Eh... Sí... Uh... Soy Sofía, Sofía Zurita. Ejem. De... Dejaron una tarjeta en mi buzón.
-¡Ah, sí, la sra Zurita!¡La estábamos esperando! De un paso a la derecha, por favor. Verá sobre su cabeza una cámara de seguridad. Por política de empresa comprobamos la identidad de nuestros clientes antes de dejarles pasar.

¿Clientes...? Todo eso sonaba cada vez más raro. Levantó la cabeza, aturdida, y se vio cara a cara con un pequeño objetivo. La luz roja le indicó que la cámara estaba activa. Zzzzhhhhh.
-Puede pasar.

Con paso vacilante, empujó la puerta y se introdujo en la inquietante oscuridad que la esperaba en el interior. En cuanto se cerró la puerta tras de sí sintió que su destino estaba sellado. Se volvió para intentar abrir la puerta pero ésta no cedía. Comenzó a golpearla, jadeando. De repente, una luz blanca lo iluminó todo. Pudo ver que estaba en una aséptica sala de espera. Apoyado contra la pared había un sofá blanco de dos plazas y, frente a él, una mesa de cristal con varias revistas.

De pie, junto al sofá, había un hombre de mediana edad. Lucía bata blanca y una sonrisa arrebatadora. Sin saber por qué, Sofía se sintió inmediatamente confortada. Se acercó a ella con la mano extendida.
-Siento que se haya asustado. Me llamo Mark y soy el encargado de atender su caso. Sé que la forma de contacto no ha sido la más adecuada, así como tampoco lo ha sido la entrada. Pero es nuestra política: privacidad absoluta. Déjeme explicarle por qué la hemos traído hasta aquí. Después de esta entrevista tendrá usted varios días para deliverar. Si, pasados esos días, usted decide cesar la actividad comercial con nosotros, no volverá a tener noticias nuestras. ¿Está interesada?

Sofía asintió, fascinada. Aunque no sabía de qué iba todo eso, sentía que debía quedarse. Que le iba a interesar.

-Bien. Vayamos directos al grano. Suicidios S.A., es una empresa dedicada al suicidio asistido. Ayudamos a morir a la gente que o bien no puede o bien no tiene el valor suficiente para hacerlo por sí mismo. Utilizamos técnicas indoloras, venenos, normalmente, mediante los cuales el paciente no siente nada. Si usted decide morir con nosotros, le garantizamos que será como quedarse dormida.

Sofía se quedó boquiabierta. ¿Candidatos al suicidio asistido?¿Cómo podía ser eso, si las leyes eran muy claras con eso?
-¿Esto es una cámara oculta? -preguntó, sin poder controlarse. -Porque le advierto desde ya que no tiene gracia.
-Nada de eso, Sra Zurita. Somos una empresa seria. Y ésta es una propuesta seria. No hay cámaras ocultas, ni trampa ni cartón. Llevamos tiempo siguiendo su caso. Sabemos que es una depresiva sin diagnósticar, que lleva tiempo deseando morir sin atreverse. Usted no tiene familia, ni trabajo, ni alicientes. A usted solo le falta el último impulso, la última migaja de valor antes de lanzarse. Y eso es lo que le estamos ofreciendo: morir en nuestras instalaciones, sin equivocaciones, sin dolores, sin problema alguno. Morir en paz, tal como usted desea.

-Pero como...
-¿Cómo lo sabemos? Eso no le interesa. Simplemente lo sabemos y punto. Así que solo queda saber si usted sigue interesada. De ser así, le enseñaremos el resto de instalaciones: nuestras consultas del descanso, el doctor que se encargará de su caso particular, incluso qué haremos para que sus amigos no puedan probar que se suicidó.

Blanca como el papel, Sofía notó cómo se le cerraba la garganta -Quiero salir de aquí -Espetó.
-¿Está usted segura?¿No quiere ver el resto de las instalaciones? Esta es una oportunidad única. Si usted la rechaza, ya no volveremos a intentar contactar. No más tarjetas, no más direcciones. No estamos nunca más de un mes en el mismo sitio. Ya no tendrá la opción de morir como usted desea.

-¿Pretende usted que crea que esto es real?¡Venga ya! Esto es una patraña. Una forma que ha ideado Pedro para hacerme caer en la trampa y llevarme a terapia.
-Sígame. -sin esperar respuesta, el hombre de la bata blanca se metió por el primer pasillo de la derecha. Dubitativa, Sofía terminó por seguirlo.- Observe -pulsó un interruptor y se vio una sala con una persona tumbada -Esta es una de nuestras salas de descanso. Ese hombre que usted ve ahi tumbado acaba de recibir la inyección que le hará morir. ¿Ve usted el electrocardiograma que hay a su lado? Poco a poco van a bajar las pulsaciones hasta que finalmente... En fin, ya sabe. -Pulsó otro botón.

Pi. Pi. Pi. (Los siniestros ecos rebotaron por toda la sala). Pi.... Pi..... Pi....
-¿Ve? Esto no es ninguna broma. El resto depende de usted.

Sin saber bien qué decir, Sofía se dejó caer en el suelo, sin apartar la vista del hombre que permanecía tumbado, sereno, con los ojos cerrados.

Piiiiiiiiiiiiiii.

El hombre apagó el botón. Impertérrito, se quedó ahi, quieto, esperando que Sofía decidiera por sí misma.

-Usted no se llama Mark, ¿verdad?
El hombre echó la cabeza atrás y soltó una carcajada. -¡Vaya! -exclamó- ¡Creo que es la reacción más rara que he visto nunca en este sitio!¿Por qué me pregunta eso?
-Solo respóndame.
-Por supuesto que no. Trabajamos al margen de la ley. Nada de sitios fijos. Nada de nombres reales. ¿Acaso importa tanto cómo me llamo realmente? Digamos que soy el tipo que necesita. Si es que finalmente decide hacer lo que lleva tanto tiempo deseando hacer, claro.
-Puf, está bien. Esto es demasiado en poco tiempo. Hagamos una cosa. Presénteme a aquel que va a hacer que muera con dignidad y sin dolor. Quiero que me expliquen cómo será exactamente mi muerte y, después de eso, veremos qué decido.
-Me parece una petición razonable. Yo seré quien lleve su muerte. Esto, a parte de una ayuda para gente como usted, es un negocio. Así que la forma de morir depende del precio que pueda usted pagar. Por supuesto, todas las muertes son indoloras. Pero las más baratas digamos que son más detectables. Es decir, es más fácil que terminen descubriendo la toxina que le inyectamos.
-Está bien. ¿Y cuál es la tarifa?
-Trabajamos con venenos. Siempre con venenos. El precio mínimo son 1000 euros. El máximo 3000. Si se decide por los 3000, será prácticamente indetectable.
-Pero no me ofrecen un 100% de seguridad...
-No, solo un 99%.
-¿Y qué veneno utilizarían si pagara los 3000?
-Eso es secreto profesional. No podemos decir qué productos utilizamos.
-¿Política de empresa?
-Política de empresa.
-¿Por qué?
-Porque pueden intentar buscar el producto por su cuenta. Lo cual podría llevar a una investigación profunda que pusiera a nuestra empresa en peligro. Además de ser peligroso para usted, puesto que si calcula mal la dosis puede tener una muerte atroz.
-Ya. ¿Y si no tengo los 3000 euros?
-Tendrá que conformarse con algo más barato.

No tenía mucho más que decir. Sofía sopesó lentamente sus posibilidades. Sí que tenía 3000 euros. Y sospechaba que ellos ya lo sabían antes de contactar. De hecho, un euro más y se saldría de su presupuesto.

-¿Cómo sería el pago?
-Fraccionado. Una salida tan grande de dinero llamaría la atención. Es por eso que tardaríamos un mes en hacer nuestro acuerdo efectivo.
-¿Un mes?
-Bueno, si usted saca 3000 euros de golpe va a llamar mucho la atención. Pero si saca unos 100 euros al día durante un mes, ya no es tan llamativo, ¿no cree? Hay gente muy caprichosa por la vida. Y los depresivos podéis tener cambios muy bruscos de humor.

Pensativa se dirigió a la salida de la sala. En algún momento
Mark había apagado el sonido y la pantalla, lo cual era de agradecer.

-¿Cuánto tiempo me dan para decidirme?
-Una semana.
-¿Y cómo podré comunicarles mi decisión definitiva?
-Mañana tendrá usted un papel en el buzón. Será una tabla. En ella tendrá las diferentes tarifas, así como el tiempo que tardará en hacer efecto (los venenos más suaves pueden necesitar varios días) y el tanto por ciento de riesgo que existe de ser descubierto el suicidio. A partir de ahi usted podrá empezar a sacar el dinero de su cuenta. No se preocupe. Nosotros detectaremos el movimiento de su cuenta sin que usted necesite hacer ningún esfuerzo adicional. El último día del mes, recibirá un mail con un número. Será la matrícula del coche que la estará esperando en la puerta de su casa. La trasladaremos al edificio que en ese momento tengamos en uso y terminaremos nuestro acuerdo.

Sin nada más que añadir, Sofía siguió el único camino hasta la sala de espera que vio al principio. Esta vez la puerta de salida se abrió sin dificultad. Reflexiva, salió preguntándose cómo es que estaba envuelta en tan extraña situación.

Al tercer día, comenzó a sacar el dinero. La tarifa de 3000 era la más interesante. 99% de fiabilidad.
Era el 5 de febrero. El 7 de marzo Pedro, extrañado porque Sofía no le cogía el teléfono, se presentó en su casa. Tocó la puerta varias veces pero nadie le abrió. Intentó avisar a la policía pero nadie le hizo caso.
El 10 de marzo por fin dejaron que pusiera la denuncia de desaparición. El día 30 de marzo un vecino llamó a los bomberos: salía un extraño olor del piso de Sofía.
La encontraron medio descompuesta en el baño de la casa. La hipótesis oficial fue que resbaló en el baño y se rompió el cuello.
Pero Pedro nunca la creyó. El día que fue a recoger sus cosas, en un cajón de la cómoda, encontró una extraña tarjeta: Suicidios S.A. y a día de hoy todavía se pregunta qué significa esa tarjeta. Al parecer, nada ha conseguido hacer que pierda la esperanza de averiguarlo.

2 comentarios:

  1. La verdad es que yo nunca he estado en la consulta de ningún loquero, ni mayor -Siquiatra- ni menor -sicólogo- pero todo lo que dice de que no lo va a conseguir ningún loquero, es verdad, lo tiene que hacer uno mismo.
    A mi la fórmula que mas me seduce de las que he pensado, es la manguera en el tubo de escape y metida en el interior del coche por el maletero en el coche, con el motor encendido y un buen champagne brut, o un buen tinto, pan de pueblo y mis quesos favoritos, no me he podido decidir, por uno u otro, y como de momento lo estoy pasando de puta madre, que se suicide Rita la cantaora...jajaja
    Besos y salud

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  2. Bueno, la diferencia entre psiquiatra/psicólogo es que un buen psicólogo intentará buscar la raiz del problema y solucionarlo, mientras que un psiquiatra se dedicará a paliar lo físico (¿que estás depresivo por x problema? Antidepresivos y apañado). También es verdad que un psicólogo necesita a un psiquiatra si quiere apoyar la terapia con medicación, porque no tienen permiso para hacer recetas.

    Dicho esto, en cuanto al suicidio, no sabría decir una fórmula que resulte seductora. Saltar desde la azotea de algún mega-edificio está bien, lo de la maguera que comentas también... Pero realmente la pregunta del millón es, ¿cuál es el sistema que hace que parezca un accidente?
    De ahi este relato, con una empresa dedicada a provocar "accidentes".

    Besos, Genin

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