viernes, 21 de agosto de 2015

Más birras


No sé si ya habré puesto alguna que otra vez a este maravilloso grupo aragonés en este blog, pero para los amantes del rockabilly es una escucha obligada.

En todo caso, no pongo esta canción por hacer apología del rockabilly, sino porque a veces me sigue asustando ese péndulo que me hace sentir que nuestros derechos y libertades retroceden una y otra vez a otros tiempos, en los que se nos concedían pero no se nos permitían disfrutarlos (ley mordaza, cof cof).

Algunos trozos de letra no son aplicables, pero sí la mayor parte (en especial la parte del trabajo) y, aunque tiene un tono divertido, a mí me deja un poso de amargura.

En fin, aqui dejo la canción y la letra.






Yo tengo una pregunta para hacerle al ministerio:
si no quiero hacer la mili me meten al cautiverio.
Pregunté al señor ministro: "Por qué, por qué"
y me dijo:
"calle drogadicto, y dejer de joder"
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

A mi amigo Celestino le han pillado una navaja
con sacacorchos y abrelatas p'al bocata y la naranja.
El sargento Romerales lo pudo capturar
y dijo:
"Con este arma secreta te ví a empapelar"
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

No me dan trabajo por mucho que lo pida,
he llevado mi protesta a las naciones unidas.
Al llegar mi turno un viejo carcamal
me dijo:
"bgbgbgbgbgbgbbgggbbgbgbgbb"
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

Así que chico, te juro, me siento una rata
de tener que soportar tanta basura con corbata.
Algún día yo seré el presidente y ya verás.
(vaya, un pico, un botijo, y hala, a currar)
A veces me pregunto qué es lo que voy a hacer,
beber no cura pero ayuda a enloquecer.

lunes, 17 de agosto de 2015

Constitución

Uno de los temas obligados de estudio para los sufridos opositores y, en definitiva, un papel con el que limpiarnos el culo. Ése es el resumen de nuestra loada Carta Magna. Apenas la empiezas a estudiar, te das cuenta de la cantidad de palabras rimbombantes que contiene, palabras que te llenan la boca con solo decirlas pero que están más vacías que tu cuenta corriente a fin de mes.

Es más o menos como el nombre que dan hoy día a las cosas, que hasta para ser dependienta expiden certificados. Solo que además, nada más empezarla y situándola en su contexto sociopolítico, no tardas en darte cuenta de que, al redactarla, todos tenían el palo de Franco todavía candente en el trasero y pretendían dar la razón a todos y a nadie.

El resultado es un documento que contiene nuestros derechos y libertades, que regula al Rey, a las Cortes Generales, al gobierno, a las diversas administraciones... Y que habla en un tono general de todo, intenta ser más papista que el papa, contentar a todo cristo (literalmente, y sino miráis el artículo 16) y corre a refugiarse en las leyes en cuanto el lobo le puede morder el culo.

Total, que nuestra Carta Magna termina cediendo casi todo su poder en las leyes que, como siempre, se las ingeniaran para que el currito tenga la razón con matices. Y esos matices terminarán jodiéndole el juicio y haciéndoselo perder. En definitiva, tenemos un bonito rollo de papel de 169 artículos para limpiarnos toda la mierda que tenemos pegada al culo y punto final.

Claro, que bien pensado, nos vamos a quedar con el culo más limpio que lavándolo con jabón. La constitución: esa gran excreción.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Blacky

 ¿Qué coño es Blacky? Os preguntaréis los pocos que asoméis el morro por aqui. ¿Es una marca de cereales?¿Un nuevo perfume?¿Una forma de cocinar?
Pues no. Es mi perra. Y le dedico un post porque ha sido un cambio importante en mi vida. Y aunque no sé bien cómo voy a estructurar su historia, lo voy a intentar. Así que bueno, vamos a ver qué sale, ¿no?

En mi familia siempre hemos tenido perro. Hasta que hará unos once años murió el que teníamos y lo pasamos tan mal que no quisimos coger otro. Y así pasaron los años hasta que mi padre, un buen día, dijo: me apetece volver a tener perro. Uno pequeño, para sacarlo y disfrutarlo, que me haga compañía y me lo pueda llevar conmigo a pasear.

Así que ni corta ni perezosa, mi hermana vio una camada abandonada y decidió ir a por un perro. Y así apareció blacky en mi vida.

El caso es que nos la dieron por pequeña. Pero cada vez que iba al veterinario me decía una cosa distinta. Primero de 10 a 15 kilos. Luego de 15 a 20. Después de 20 a 25. Así que me mentalicé en 30 y dejé de preguntar.

El caso es que fue creciendo rápidamente. Y no era solo que iba a pasarse de tamaño, era que empezaron a decir que tenía pinta de perro peligroso. Pero para entonces ya teníamos muy claro que de casa no iba a salir. Así que la puse a mi nombre, si acaso resultaba que tenía que sacarme la temida licencia ppp, y seguimos criándola.

Conforme iba creciendo, resultó que no solo iba a ser más grande lo que esperábamos y tenía pinta de perro "peligroso", sino que además era activa. Muy activa. Hiperactiva. Con tres meses aconsejan que un perro no ande mucho porque se cansan rápido. Pero Blacky aguantaba horas y horas andando sin cansarse, dormía dos o tres horas y ya tenía ganas otra vez de moverse.

Con cuatro meses había mordido un sofá, las patas de la mesa y el mantel que colgaba por los bordes de la mesa. Con cinco había mordido también los sillones, una almohada, se había tragado una grapa (por suerte no fue nada), un peluche, había destrozado todos los juguetes, todas las macetas y varias prendas de ropa.

Con cinco subió de nivel. Mordió paredes y marcos de puertas. Pero no eran arañazos de nada, sino agujeros como mi puño.

Y con cinco meses o seis, llegó el temido momento de ir al veterinario a hacerle los papeles definitivos. Así que allá que fuimos.

Me tocó una tía mayor, rubia y borde, muy borde, que manifestó varias veces estar a favor de la ley de perros peligrosos. Tras diez minutos de reloj (y yo sin saber qué cara poner, intentando estarme quieta y no demostrar el acojone que llevaba) dictaminó que no era peligrosa. Así que me libré no solo de pagar la licencia y tener que pasar los test, sino de condenar al perro a una vida de correa permanente y bozal.

A partir de ahi asumí que tenía una perra que necesitaba ejercicio. Mucho ejercicio. Toneladas de ejercicio. Y que se aburría fácilmente. Así que empecé a enseñarle trucos, a hacer juegos de olfato, de búsqueda, de agility. Siguió creciendo y creciendo y demandando más ejercicio, y yo tuve que adaptarme y responder a lo que el perro me pedía.