miércoles, 27 de abril de 2016

Soledad

Tal vez uno de mis mayores miedos y una de las cosas que más había asumido a largo plazo: la soledad.
Es bastante sencillo. A mis casi 30 años no tengo (ni espero tener) pareja, ni visos de un futuro más allá de matarme a estudiar para aprobar unas endebles oposiciones.

La verdad es que siempre pensé que sería una vieja solitaria (si es que pasaba de los 30 años, ya que estaba convencida de que iba a morirme antes de cumplirlos y ahora, sorprendentemente, los veo más y más cerca cada vez) por la sencilla razón de que no espero tener hijos y me llevo casi 20 años con mis hermanos.

Pero olvidé la primera regla de la vida: darte por el culo en cuanto te descuidas.
La soledad ha llegado mucho antes de lo que esperaba. Y es duro darse cuenta del golpe que supone ser consciente de que importas tres cojones y medio no solo al mundo en sí (lógico y normal) sino a tus familiares más cercanos.

2016 está siendo un año de pérdidas y duras asunciones. Asunciones que cuesta mucho tragar. Pero no queda otra que abrir la garganta cual horizonte e intentar que pase todo rápido.

Ataques de ansiedad con unos ataques de ira tales que me peleo con farolas contra las que salgo claramente perdiendo. Manos y nudillos morados y gente pensando que me he liado a hostias con alguien que me caía mal. Medicaciones que me dejan medio grogui un rato y luego me recuerdan la increíble oscuridad en la que vivo, ese abismo tan, pero tan tan tan profundo que jamás tiene fin. El increíble deseo de querer saborear hasta la última gota de dolor y a la vez evadirme y no despertar, no saber, no mirar. Flotar eternamente en la negrura de un sueño en el que la placidez de la ignorancia y la apatía me acunan.

Soy una constante contradicción con una intuición sorprendete. Porque sí, a casi medio año se cumple lo que puse en mi primer post del año actual: 2016 va a ser, con toda probabilidad, uno de los peores años de mi vida.